Capítulo Tercero Gunners Hall #3
Releyó la nota con rapidez. Acaso sonaba un poco demasiado seca, un tanto precavida: responde al apelativo de; pero era la misiva de un artesano honrado, redactada a toda prisa por un muchacho que no estaba completamente seguro del prodigio que acababa de desenterrar en la cuneta, y que no pretendía ser tomado por tonto por un beodo anónimo.
La dobló. Se la entregó a un rapazuelo junto con una moneda de cobre, observó cómo el chiquillo salpicaba lodo calle arriba por Lombard Street bajo el temporal, y regresó presuroso junto al banco de madera.
Edgar no se había movido un milímetro. Clavaba la vista al frente, hipnotizado por el chorro continuo que caía del alero de lona, en cuyo vórtice líquido nadaban mil imágenes fantasmales: unos postigos verdes en Richmond, un chal de lana azul en una tumba de Fordham, un lazo blanco de seda atado al cuello de un cántaro de aguardiente.
—Se han llevado mi levita —susurró Edgar.
Su voz era un hilo finísimo y cristalino, como si hablara desde el fondo de una sima—.
Se han quedado con mi nombre. Me han despojado de mi dinero y de mi bastón.
Desearía recuperar el bastón… Le pertenece al doctor Carter.
—Tomó aire en un estertor acuoso—. Díganselo a John.
Díganle que fueron los toneleros quienes me asesinaron.
—No hable, caballero, se lo suplico. Ya vienen en camino por usted.
—Llegarán demasiado tarde.
Walker miró hacia la calzada, pero la calle era una muralla ciega de agua plomiza.
El portalón de la taberna se abrió de par en par a sus espaldas, expulsando una ráfaga de calor y vaho alcohólico.
Un hombre corpulento y barbado, tocado con una chistera de seda lustrosa, salió bajo el toldo de lona llevando una llave de hierro colgada al cuello de una cinta y un atado de libros censales bajo el brazo: era el juez magistrado del Cuarto Distrito, un prohombre sumamente respetado en la parroquia, que llevaba sentado ante la urna desde el amanecer y se retiraba, al fin, a cenar a su hogar.
—¡Señor Reynolds, caballero! —le gritó un escribiente desde el interior de la taberna—. ¡Las llaves de la urna, señor!
El magistrado volvió la cabeza hacia el banco de madera; miró de reojo, con las pupilas indiferentes y hastiadas de un funcionario que ha visto desfilar diez mil rostros en doce horas y los ha dejado pasar a todos al olvido; tocó el ala de su chistera en un saludo distraído hacia Walker; y bajó los peldaños perdiéndose en el temporal.
El nombre se le clavó a Edgar Allan Poe en el cerebro como una esquirla de hierro caliente.
Había permanecido desplomado sobre el banco, un saco informe de andrajos mojados coronado por un sombrero de paja.
Ahora su cabeza dio un tirón hacia arriba; las pupilas de su rostro cadavérico se dilataron monstrousamente, colmándose de una luz que no era la fiebre, ni el opio, ni el aguardiente: una llamarada semejante a la del vigía que divisa un navío entre la niebla y no alcanza a descifrar si es la nave que vendrá a rescatarlo o el leviatán de proa que habrá de despedazarlo contra las rocas.
Su mano diestra salió disparada hacia adelante y se cerró sobre la muñeca de Walker con una fuerza salvaje que arrancó un grito de dolor al cajista.
Divisaba, acaso, un mar polar de leche tibia y una garganta negra abriéndose en la banquisa del fin del mundo.
Divisaba al magistrado en el umbral de Gunner’s Hall con la llave de hierro balanceándose sobre el pecho.
Divisaba ambas visiones superpuestas; y era incapaz de discernir por cuál de los dos estaba clamando en la noche, ni cuál de los dos acudiría a su llamado.
Su cabeza cayó bruscamente hacia atrás contra las tablas de pino; sus ojos rodaron hacia el cielo gris y lloroso; y de sus pulmones destrozados brotó un alarido titánico que rasgó el clamor de la jornada electoral, quebrado, inmenso y desesperado, invocando al único nombre que le iba quedando en toda la creación:
—¡Reynolds! ¡Reynolds! ¡Oh, Reynolds!
[ E.A.P. // EL VALDEMAR ]
Escuchó usted al dependiente llamarlo por su nombre, ¿verdad? El señor Reynolds. Henry R. Reynolds, honorable magistrado electoral del Cuarto Distrito, con la llave de la urna colgada al pecho y su cena caliente aguardándolo en la colina.
Qué explicación tan pulcra. Qué admirablemente insignificante.
Si es usted una persona con sentido común, cerrará el expediente en este preciso instante y se dará por satisfecho: invoqué al juez de los comicios porque lo acababa de ver cruzar el umbral, y no hay más misterio en ello que en el ladrido de un perro callejero ante el paso del cartero.
Sólo responda a esto: ¿por qué la calle entera olió a salmuera polar en cuanto aquel hombre volvió la cabeza?
¿Y por qué, cuando clavé la vista en el aguacero tras su hombro, no quedaba rastro alguno de adoquines, ni carretas, ni tabernas, sino una muralla inmensa de vapor blanco elevándose sobre un océano jamás navegado?
Pase la hoja, lector. No hemos terminado de ajustar cuentas con ese nombre.