La Sombra en Gunner’s Hall Capítulo Tercero Gunners Hall
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Capítulo Tercero Gunners Hall

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La trampilla se alzó a las siete de la mañana, y una barra de luz gélida cayó por la escalera como un hachazo.

Llovía. Lo escuchó antes de verlo: una lluvia constante, paciente, de garganta plomiza, rugiendo sobre el tejado de la tonelería y anegando las cunetas de Aliceanna Street; y cuando emergió de las entrañas de la tierra apoyado sobre el hombro de Dunphy, con el regusto a lata todavía en la garganta y el diente roto bailando bajo la lengua, la totalidad de Fell’s Point se abrió ante sus ojos en el amanecer empapado: tejado tras tejado, arboladuras de barcos y penachos de humo negro.

Hacía seis días que no contemplaba el cielo.

Permaneció en medio de la calzada con la boca abierta, como un ajusticiado que ha sido desenterrado y asciende a la superficie para descubrir que el mundo prosigue inalterado y que los mortales atienden con indiferencia sus faenas cotidianas.

Eran cerca de cuarenta prisioneros ahora.

Otras bodegas clandestinas habían vomitado a sus muertos.

Aguardaban bajo el aguacero en una columna dispersa y andrajosa, encuadrados por Billy y los matones de camisas rojas, mientras el dependiente Dorsey recorría la fila como un sargento en un pase de revista, cotejando su libro de actas.

A cada hombre se le encajó una papeleta en la mano.

Era una tira de papel impresa, alargada, de las dimensiones de una minuta de taberna; Edgar la examinó largamente antes de comprender que contenía los nombres de los próceres a quienes la ciudad confiaría sus leyes.

Para él no significaban nada. Lo mismo le habrían dado si le hubieran puesto en la mano el manifiesto de carga de un ballenero.

—Tercer Distrito —anunció Dorsey—. Ocho en punto de la mañana. Canten sus nombres al formar.

[ E.A.P. // AL LECTOR ]

Desearía con el alma detallarle el orden cronológico de aquella jornada según fue acaeciendo, pero el día de un moribundo carece de cronología; sólo posee un estribillo. Le entregaré el estribillo.

Una ventanilla en un muro de ladrillos. Un burócrata tras ella, con chistera de copa alta, que jamás levanta la vista del padrón.

Un nombre ajeno, pronunciado por una voz que reconozco vagamente como mía.

Una papeleta que resbala por la ranura de una urna.

El siguiente distrito. Una nueva levita prestada.

Un nuevo nombre ficticio. Una ventanilla.

Existe una crueldad metódica en los engranajes de la democracia que sus detractores jamás han acertado a describir: acepta gustosa cualquier mano que se le tienda en la ranura.

No se molesta en averiguar si la mano está tibia o si pertenece a un cadáver.

Voté aquella jornada, me parece recordar, en cinco ocasiones distintas, sufragando por un gobierno de hombres cuyos apellidos jamás alcancé a retener, en una ciudad donde carecía por completo de derechos cívicos; y el escribano tras el cristal me asentó en cada ocasión como a un ciudadano libre en el pleno ejercicio de sus derechos soberanos.

Usted se siente sumamente orgulloso de su sufragio, lector.

Tenga la bondad de contemplar el cristal.

El Tercer Distrito se hallaba apostado en una plaza de mercado bajo un tinglado de hojalata, abarrotado hasta las columnas de votantes con sombreros de castor empapados.

Las teas de resina humeaban junto a la mesa electoral a pesar de ser de día; una banda de metales desafinaba bajo la lluvia con los instrumentos guarecidos bajo fundas de hule.

Edgar fue empujado hacia la fila, sujeto por los codos a ambos costados, sintiendo una manaza clavada en sus riñones como una horma de hierro; y en la ventanilla, un rostro rubicundo bajo una chistera de copa alta inquirió secamente:

—¿Nombre?

—John Miller —dijo Edgar.

—¿Domicilio?

—Pratt Street.

Las palabras brotaron de su boca como el Padre Nuestro de los labios de un párvulo: maquinalmente, deslizándose por el carril trillado del hábito.

El juez electoral ni siquiera alzó los ojos del libro mayor.

La pluma rascó el papel. Una mano ajena le introdujo la papeleta en la palma, y otra mano, con la mayor naturalidad del mundo, le cerró los dedos y guió su puño hacia la ranura de madera.

En el Segundo Distrito respondió al nombre de Patrick Hanlon, de Bond Street.

En el Quinto Distrito se convirtió en William Teague, de oficio tonelero, lo cual arrancó una carcajada burlona a los esbirros que marchaban a sus espaldas.

Le cambiaron la levita en un callejón inmundo: cambiaron el capote marinero gris por la chaqueta manchada de un maleante; luego esa chaqueta por una blusa de faena; todas apestaban a sudor ajeno, ninguna le pertenecía.

Le ofrecieron pan seco al mediodía y fue incapaz de deglutirlo.

Le tendieron un trago de una petaca de latón y lo apuró sin vacilar, pues la fiebre se había desbordado en una marea de temblores tan pavorosa que un trago de cualquier veneno representaba un madero flotante al que asirse en el naufragio; el alcohol ardiente le penetró en las entrañas como un alambre al rojo vivo, la calzada comenzó a oscilar en un vaivén náutico sumamente agradable y los rostros de los peatones se aplanaron hasta convertirse en máscaras de cartón pintado.

Hacia el mediodía, la columna de votantes comenzó a desmoronarse.

Vio caer primero al muchacho alemán. A Karl le habían encajado la levita negra de paño de Edgar, que le quedaba ridículamente angosta en los hombros, y ante la ventanilla del Quinto Distrito balbuceó en su alemán lento y campesino el nombre que le habían ordenado memorizar; el juez de mesa, un sujeto enjuto y fatigado, alzó la vista por primera vez en todo el día, contempló aquel rostro gigantesco, pálido y aterrorizado, y sentenció: “Ese no es John Miller”.

Se produjo un silencio tenso en la fila.

Luego, la cachiporra de pacana de Billy se descargó con un golpe seco sobre la nuca del muchacho, con el ruido sordo de quien cierra un portalón; arrastraron al infeliz fuera de la luz por los talones y nadie en la multitud osó decir una palabra.

La levita fue devuelta a Dorsey. Edgar no volvió a ver al muchacho en la tierra.

El aprendiz Little Ned se escurrió entre el gentío en el Segundo Distrito con tanta presteza que nadie advirtió su fuga hasta el recuento de cabezas.

Era un huérfano prófugo; supo escapar a tiempo.

Edgar formuló un voto secreto por su salvación: fue el último anhelo limpio que albergó su pecho en este mundo.

Y Mathis no logró salir del Cuarto Distrito.

La parálisis del viejo artillero de Churubusco había empeorado bajo el aguacero; el cuello de la petaca le tintineaba contra los dientes rotos.

Marchaba un paso detrás de Edgar, con una mano apoyada en su brazo para sostenerse en pie, murmurando rítmicamente: Izquierda, izquierda, izquierda, el compás marcial de la infantería, la marcha gloriosa de su juventud.

Y al internarse en el callejón angosto frente a Gunner’s Hall, media hora después de que encendieran los faroles de gas en los ventanales, Mathis se frenó en seco en medio del fango, se llevó la palma abierta al corazón y pronunció con meridiana claridad:

—Bueno, mi sargento mayor, creo que esto ha sido todo.

Se sentó en el bordillo de la acera. No volvió a levantarse jamás. Billy le propinó dos puntapiés en las costillas, con desgana profesional; luego se agachó, le tomó la muñeca inerte, esperó tres segundos y la soltó en el barro.

—Déjenlo ahí —zanjó Billy—. El Club no paga entierros de indigentes.

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Gunner’s Hall se alzaba en East Lombard Street, en el número cuarenta y cuatro: una casa pública de tres plantas de ladrillo rojo, provista de un toldo de lona sobre la entrada, un farol de aceite sobre el quicio y, dispuesta bajo el cobertizo para la jornada cívica, una mesa de madera con una mampara de cristal, una urna electoral y tres jueces vestidos de negro.

Aquel era el colegio de Ryan, el centro de votación del Cuarto Distrito: un barrio obrero e irlandés, célebre por su violencia callejera, en la tarde de una jornada de comicios, con la lluvia arreciando desde la bahía y las carretas convirtiendo la calle en una sopa espesa de lodo amarillo.

Allí el dependiente ejecutó la última de sus artes.

Condujo a Edgar a un callejón situado tras la taberna, encajado entre una leñera y un retrete comunal, donde Billy y un rufián de camisa roja procedieron a despojarlo por última vez.

El capote marinero, la blusa de faena, la chaqueta infecta, todo fue arrojado en un rincón.

Le encajaron un sayo informe de bombasí barato y tosco, teñido de negro alguna vez y ahora decolorado en un gris pardo por la mugre ajena, tan estrecho de espaldas que le inmovilizaba los brazos contra el pecho; pantalones de lana barata que terminaban tres pulgadas por encima de sus tobillos; sin chaleco; una camisa de franela sucia, abierta en el cuello, sin corbatín alguno.

Sus propios zapatos se habían extraviado en algún recodo de la jornada; le calzaron un par de botas desvencijadas con los talones aplastados, usadas directamente sobre la piel desnuda, sin medias.

—No tiene ningún caso ponerle sombrero —opinó el de la camisa roja—. Este cristiano ya no da más.

—Ponle uno —ordenó Billy—. Está diluviando. Un votante decente tiene que llevar sombrero.