Capítulo Segundo El Corral #2
La cinta blanca fue la segunda prenda en caer.
Ocurrió la noche del lunes, cuando Billy descendió por la escalera con una linterna y un fajo de estacas de madera, reparando en ella como quien descubre una piedra brillante en el fango de una acequia.
Asomaba en el ojal de la solapa de Edgar: un lazo arrugado de satén níveo.
Billy lo aprisionó entre el pulgar y el índice, leyó las letras doradas bordadas moviendo los labios y soltó una carcajada húmeda y cavernosa.
—Hijos de la Templanza —anunció el matarife—. ¿Escuchó eso, señor Dorsey? Hijos de la Templanza. ¿Qué es esto, una escuela dominical para señoritas?
—Es un juramento sagrado —dijo Edgar, intentando recuperar su antigua altivez aristocrática, que brotó de su garganta delgada y quebradiza—. De abstinencia absoluta. Lo presté en Richmond, bajo palabra de honor, ante testigos honorables.
—En tal caso, ha aprendido la lección de maravilla —se burló Billy, y ató la cinta blanca con parsimonia, formando un moño ceremonioso en torno al cuello del cántaro de aguardiente.
Allí permaneció durante el resto de su cautiverio. Quedó plantada en el centro de la arcilla amarilla, una pequeña bandera blanca clavada sobre un campo pardo, y Edgar la contemplaba como un reo juzgado por alta traición contempla su propio estandarte mancillado en el muro del tribunal.
El bastón fue la tercera pérdida, y fue la pérdida que jamás lograría perdonarse.
Había desenvainado la hoja el lunes por la noche, en un arrebato desesperado de su antiguo rango de sargento mayor.
No lo había calculado. Permanecía sentado contra la pared con la frente apoyada en las rodillas cuando la trampilla se abrió y Billy descendió los peldaños; y algo en su interior que había marchado en filas bajo la severidad de West Point se puso en pie de golpe, en medio del resplandor de la linterna, con el sabueso de marfil firmemente apretado en el puño.
El acero brotó de la vaina de malaca con un susurro largo, sordo y metálico: dieciocho pulgadas de acero toledano azulado; y lo empuñó con ambas manos temblorosas, gritando: ¡Atrás, caballero!
, con una voz de mando que retumbó en las vigas de roble.
Billy se frenó en el tercer peldaño, y durante un instante —un único y fugaz instante— Edgar vio cruzar por el semblante del carnicero una sombra que se asemejaba mucho al respeto militar.
Luego Billy estalló en risotadas. Rió con tantas ganas que debió sujetarse el delantal de cuero.
—¿Oyeron eso, muchachos? ¡Atrás, caballero! ¡Por Dios bendito, si trae un estoque oculto! ¡Es el bastón de un señorito fino, y el señorito se nos ha puesto de manos!
Bajó los últimos tres peldaños de un solo salto.
Edgar arremetió con una estocada frontal; la punta resbaló contra una costura de cuero grueso del chaleco; sobrevino un relámpago de madera de pacana contra su muñeca diestra, una descarga eléctrica y entumecedora que le subió hasta el codo, y la hoja de acero resonó al caer sobre la arcilla.
Billy recogió el estoque por la hoja, como quien atrapa a una víbora por el pescuezo, leyó las inscripciones grabadas en el metal, calculó su peso y luego, con una suerte de delicadeza profesional, deslizó el acero en el interior de la vara de malaca y se acomodó el bastón entero bajo el brazo.
—Yo le guardo la fusta, mi sargento —dijo Billy con sorna—. Un cristiano podría sacarse un ojo con un trasto como este.
El bastón ascendió por la escalera bajo el brazo del carnicero.
Edgar vio cómo se marchaba: la cabeza de marfil atrapando los destellos de la linterna y el vástago de malaca cabeceando a cada peldaño, idéntico a como cabeceaba en la mano del doctor Carter en la Taberna del Cisne cerca de la medianoche, en una velada tan remota que parecía una fábula narrada sobre la vida de otro hombre.
Comprendió que lo había perdido para siempre y que no le quedaban fuerzas para recuperarlo; y comprendió que el dolor que le desgarraba el pecho no era por la espada, que no dejaba de ser el juguete bélico de un hidalgo, sino por el juramento traicionado ante Carter: el último deber moral de un hombre que alguna vez supo mantener su palabra.
✦ ❖ ✦
El martes se presentó la fiebre en toda su magnitud.
No comenzó como un acceso común. Comenzó como una claridad mental espantosa y quirúrgica.
Yacía tendido a lo largo del muro con el rostro pegado a los ladrillos, observando cómo la grasa de las junturas resbalaba lentamente por las hendiduras; cada gota le parecía gigantesca, preñada con el peso absoluto de una lágrima humana, y alcanzaba a contar uno por uno los granos microscópicos de la arcilla.
Escuchaba cómo las pisadas en el piso superior se individualizaban en los pasos concretos de hombres distintos, y aprendió a distinguirlos: el hombre pesado que calzaba botas de suela doble, el hombre ágil de polainas de cuero.
Y luego aquella lucidez mutó en el tormento.
Una abrazadera de hierro se cerró sobre sus sienes.
Era un aro de alambre oxidado; alguien giraba un perno de hierro con una llave; se apretaba más y más.
Las manos le temblaban con tal furia que debió sentarse sobre ellas para disimularlas.
Sudaba a mares bajo la lana raída mientras se congelaba de frío, para volver a sudar de nuevo.
Imploró agua, y cuando le acercaron el cuenco descubrió con pavor que no podía deglutir: la garganta se le cerró sobre el líquido como un puño de hierro, rechazó el recipiente con violencia y el agua helada se derramó sobre sus pantalones.
Dunphy, que no entendía de medicina, le aplicó un trapo empapado sobre la frente y susurró con lástima:
—Es la humedad de la bahía, señor Miller. Se le está metiendo en los pulmones.
—Poe —corrigió Edgar con voz estertórea—. Mi verdadero nombre es Poe.
—Ajá —asintió Dunphy—. Poe. Bueno, es un nombre sonoro. Aférrese a él con uñas y dientes.
Se aferró a él. Era lo único que le iba quedando en el mundo. Y en la mitad interminable de aquella noche del martes, en una penumbra que no tenía más reloj que el resonar de las botas sobre el techo, vio entrar a Virginia.
Estaba sentada al pie de su montón de paja fétida, idéntica a como solía sentarse en Fordham durante el último invierno, en la pequeña cabaña campesina, con el chal azul de lana ceñido hasta la barbilla y sus inmensos ojos oscuros devorándole el rostro afilado.
No pronunció palabra. Mantenía las manos descansando en el regazo, y él vio que aprisionaba entre los dedos algo blanco: una cinta, un jirón de lino…
no alcanzaba a precisarlo. Edgar murmuró: Sissy, y ella le sonrió con aquella sonrisa suya de siempre, la sonrisa de quien absuelve todas las faltas por adelantado.
Tras ella, en el rincón más oscuro, emergió una figura más alta y enjuta, una silueta envuelta en seda negra con la cabeza canosa cubierta por un pañuelo de viuda: era Muddy, a quien le había prometido un techo en una carta que jamás llegó a franquear; y lo contemplaba sin el más mínimo reproche en la mirada, y fue precisamente aquella ausencia de reproche lo que resultó infinitamente insoportable.
—Ya voy en camino —balbuceó en voz alta—. Muddy, voy hacia ti… es sólo que me he retrasado un poco en el camino.
—Sosiéguese, caballero —susurró el viejo artillero desde el rincón opuesto—. Cállese la boca, mi sargento. Le está hablando a la pared pelada.
[ E.A.P. // EL VALDEMAR ]
Sólo estoy dormido. Deseo expresamente que recuerde que se lo advertí.
En el corral subterráneo, en las tinieblas, con el aro de hierro taladrándome las sienes y mis difuntas sentadas al pie de la paja, yo estaba durmiendo; soñaba una pesadilla extraordinariamente vívida; y estaba plenamente convencido de que, en cualquier instante, alguien me sacudiría el hombro y despertaría en la alcoba de Grace Street con los rayos del sol acariciando el edredón.
Resulta curioso comprobarlo: cuando un hombre siente auténtico pánico, alcanza a percibir los bastidores del sueño con nitidez matemática.
Las costuras de la tramoya. El punto exacto donde la pintura barata ha sido aplicada sobre el yeso podrido.
Advertí, en aquella noche atroz, que la mazmorra estaba demasiado bien construida.
Que cada gota de agua caía respetando una métrica calculada.
Que alguien, en algún confín inaccesible, me estaba redactando; y que el autor de la página se encontraba aburrido, aterido de frío y observándome sufrir; y usted, lector, con la yema del pulgar apoyada en el margen del volumen…
sí; le juro que a usted también lo percibí, entre la segunda y la tercera hora de la madrugada, como una vaga fuente de calor proyectada sobre la nuca.
No pase la página tan aprisa. No he terminado de hablar. Yo…
He olvidado el remate del periodo. Era una frase magnífica.
La noche del martes, poco después de que las campanas de la vieja iglesia holandesa dieran las diez toques, la trampilla del techo se alzó por última vez y cuatro hombres descendieron juntos por la escalera.
Dorsey, con el libro mayor. Billy, con la cachiporra.
Otros dos sujetos a quienes jamás había visto: matones de brazos musculosos enfundados en las camisas rojas de las compañías voluntarias de bomberos, que montaron guardia contra la pared en absoluto mutismo.
Una tercera linterna fue bajada al zulo, y el corral subterráneo quedó iluminado como el escenario de un teatro.
—Caballeros —anunció Dorsey con gravedad cívica—. Es la víspera de la gran jornada electoral. Les ruego que presten la máxima atención a sus deberes.