Capítulo Primero Los Muelles #3
Resulta ocioso intentar describir la sensación a quienes jamás han arrastrado su misma condena orgánica.
No es placer; jamás experimentó placer en la bebida.
Es una puerta. Un solo trago, y la jaqueca atroz que llevaba un mes taladrándole las sienes se disipa como un inquilino al que se le ha entregado la orden de desalojo; el frío glacial cede; el corazón acobardado en el pecho da su primer latido vigoroso; y el interior entero del cráneo se ilumina súbitamente, como una casa a oscuras cuando se descorre un cortinaje de seda.
Fue una sensación gloriosa. Fue la más alta traición.
Supo, en el instante mismo de tragar, con aquella espantosa doble visión que había sido la maldición de su genio poético, que todo estaba perdido; que Richmond quedaba cancelada en el pasado; que una mujer en una casa de postigos verdes en Grace Street jamás recibiría una carta suya el diecisiete de octubre, ni en ninguna otra fecha venidera.
—Ahí tiene —dijo Dorsey con voz melosa—. ¿Verdad que le devuelve la vida?
Edgar contempló la taza. La cinta blanca reposaba contra su pecho, un jirón arrugado e inútil, y por primera vez experimentó vergüenza de ella, como de un juguete infantil descubierto en el bolsillo de un adulto.
—Sólo este sorbo —musitó.
—Sólo este sorbo, por supuesto —asintió Dorsey; e hizo una seña con la cabeza, y al otro lado de la estancia, tras la estufa, Billy hundió un cucharón en el fondo de una olla de cobre.
La segunda taza tenía un regusto amargo bajo su dulzor y un tinte pardo más espeso.
Lo advirtió. Lo registró con meridiana claridad en aquella porción lúcida y helada de su entendimiento, la parte analítica que asiste impasible al hombro de un náufrago y levanta acta notarial de la agonía.
Opio, dictaminó aquella voz interior. Conoces ese sabor amargo.
Lo probaste para apaciguar la tos de sangre de Virginia; lo tomaste el invierno en que la niña yacía agonizante; lo apuraste aquella noche aciaga en Providence.
Esto no es coñac. Suelta la taza. Y sin embargo, la apuró hasta las heces; pues la estufa irradiaba calor, Dorsey tenía un semblante bondadoso, y el primer trago ya había quemado los andamios morales que sostenían al segundo.
Intentó ponerse de pie, acaso un cuarto de hora más tarde, para buscar el camino hacia los trenes.
El piso del sótano de ostras se alzó bajo sus botas en un vaivén suave y ondulante.
La linterna verde osciló al final de su cadena y regresó a su sitio.
En algún campanario lejano un reloj desgranó las campanadas, y él intentó contar los toques sin lograr que sumaran ninguna cifra coherente; y balbuceó, con una ligereza que helaba el alma:
—Me parece, caballero… que he sido… que me encuentro un poco…
—Completamente natural —atajó Dorsey, sujetándolo con firmeza por el codo—. Enteramente comprensible. Se encuentra fatigado por la travesía. El distinguido caballero está extenuado, Billy. Tómalo del otro brazo.
—El bastón, señor Poe —susurró otra voz pegada a su oreja; era Billy, y hablaba con una cortesía intachable—. No querrá usted extraviar su bastón de paseo.
Lo tenía asido. La empuñadura de marfil descansaba en su puño, la malaca suave y fría como un fémur; y un último centinela en su conciencia se aferró a aquel dato físico.
El bastón. El bastón le pertenece a Carter.
Debo devolvérselo a John. Era el último deber moral que su memoria alcanzaba a registrar, y pendía de la menguante lumbre de su razón como una levita colgada de un clavo torcido.
Dorsey dijo algo alusivo a la cartera: que un caballero de su categoría no debía arriesgarse a portar semejante caudal en un distrito tan violento, que estaría infinitamente más seguro bajo la custodia de la casa, que él, Dorsey, extendería un recibo detallado de puño y letra.
Edgar no alcanzó a escuchar el final de la frase.
Sintió que una mano enguantada se deslizaba con delicadeza en el interior de su abrigo, rebasando la cinta blanca deshecha, como la mano de un médico que ausculta las palpitaciones del corazón.
Pensó con absoluta lucidez: No me la van a devolver jamás; y con aquel último pensamiento, se precipitó al fondo de un pozo blanco de luz gélida, rebasando la escalera del sótano, rebasando el murmullo de la congregación clandestina bajo las tablas, hundiéndose para siempre en una habitación sin nombre.
[ E.A.P. // EL VALDEMAR ]
No le importará a usted que me niegue en redondo a detallarle el sábado y el domingo.
Incluso un cadáver tiene derecho a guardarse un par de pudores para sí mismo.
Conservo el eco distante de campanas repicando, la impresión física de una mano mojada apoyada en mi frente y la voz desafinada de un hombre que canturreaba los versos de “Lorena”.
Conservo la memoria difusa de que alguien me interrogó sobre mi nombre verdadero, de que lo balbuceé en la penumbra, y de que la respuesta fue anotada en un libro mayor; y de que un nombre, una vez asentado en semejante registro, pasa a ser propiedad exclusiva del libro.
Prosiga la marcha, lector. El corral de los comicios se abre abajo. Tenga cuidado al descender los peldaños.