Capítulo Tercero La Partida del Pocahontas #4
Estaba sumamente enfermo ahora. Ya no podía engañarse a sí mismo contando faroles ni repitiendo juramentos sagrados.
La piel le ardía como grano tostado al fuego, y sin embargo un estremecimiento espasmódico lo sacudía desde la cintura hasta los talones a intervalos regulares de cinco minutos, con tanta furia que los dientes le castañeteaban en la penumbra.
Cada vez que cerraba los párpados, el golpeteo rítmico del balancín —tum-chás, tum-chás— se transfiguraba en palabras: no vocablos en inglés, ni en francés, ni en el latín que había traducido en Stoke Newington, sino sílabas largas, cavernosas e incomprensibles que parecían ser bramadas a través de una bocina marina a través de leguas de niebla helada.
Hacia la medianoche, cuando las lámparas del salón habían sido rebajadas hasta quedar reducidas a débiles puntos azulados y el camarero dormitaba sobre un taburete junto a la alacena, alguien cruzó el salón y se detuvo junto a su sofá.
Edgar abrió los ojos.
Un hombre permanecía de pie en la penumbra entre las mesas, observándolo fijamente.
Vestía una levita de paño negro cepillada hasta que las costuras blanqueaban; su corbatín era inmaculado en el cuello; sus cabellos oscuros caían rizados sobre una frente ancha y pálida.
En la mano izquierda sostenía un sombrero de paja veraniego, aplastado y destrozado, chorreando agua de lluvia que formaba un charco oscuro sobre la alfombra.
Edgar intentó hablar, pero descubrió que la lengua se le había pegado al paladar.
El hombre lo miró con los propios ojos de Edgar: unos ojos gris avellana, dilatados, cavernosos y rebosantes de una piedad fraternal insoportable.
—¿Cuál de nosotros baja a tierra mañana, hermano? —susurró la figura—. ¿Cuál de nosotros toma la bodega electoral, y cuál el hielo del sur, y cuál el puñal del boticario, y cuál el tren hacia el Oeste?
—Apártate de mí —alcanzó a jadear Edgar, cerrando los dedos convulsivamente sobre el sabueso de marfil a su costado—. Eres la calentura. Eres el delirio de julio.
—Soy el miércoles —respondió el hombre del sombrero empapado, y posó dos dedos de hielo sobre la muñeca del poeta.
Edgar dio una sacudida hacia atrás. Su codo chocó contra el zócalo de caoba con un chasquido seco.
El salón estaba completamente desierto. No había charco alguno de agua sobre la alfombra; únicamente la lámpara oscilando con el oleaje, los ronquidos amortiguados tras las cortinas verdes y el batir interminable y plomizo del aguacero contra los cristales.
✦ ❖ ✦
El viernes veintiocho de septiembre, a las tres en punto de la tarde, el Pocahontas remontó las aguas del río Patapsco bajo un aguacero torrencial y amarró sus cabos en el muelle de Light Street en Baltimore.
Se arrojó la planchada. Los changadores invadieron la cubierta.
Edgar Allan Poe se levantó del sofá de crin, se abotonó la levita negra sobre los mil quinientos dólares y la carta sellada dirigida a Maria Clemm, empuñó el bastón de estoque del doctor Carter en la mano diestra y salió a la cubierta abierta.
Ante sus pupilas se extendían los muelles chorreantes, el bosque de mástiles meciéndose en el fango, las embocaduras lodosas de Pratt Street y Lombard Street, y cinco días de oscuridad absoluta.
Al pie de la planchada de desembarque, bajo el alero profundo del tinglado de aduanas sobre las piedras mojadas: * Un dependiente enjuto con levita vuelta del revés aguardaba con un libro de contabilidad de hule bajo el brazo, junto a un carnicero fornido con delantal de cuero.
* Más allá, sobre el muelle, junto a una estiba de baúles marineros embreados, un marino curtido con chaquetón de paño vigilaba el vapor con ojos de hielo invernal.
* Cerca de la parada de carruajes, un caballero vestido con levita de montar verde botella conferenciaba en voz baja con dos sujetos de sombreros gachos.
* Y en el umbral de una tienda de efectos navales al otro lado de la calzada, un hombre de cuarenta años, de frente ancha y pálida y levita oscura, permanecía de pie contemplando el barco como si aguardara a verse descender por la planchada.
La lluvia golpeó a Edgar de lleno en los ojos. Dio un paso hacia adelante y pisó las piedras empapadas de Baltimore.
[ E.A.P. // EL VALDEMAR ]
Deténgase ahí.
Sostenga la página entre el pulgar y el índice, lector, y contemple la base de esa planchada.
Durante un solo latido de reloj —antes de que usted elija hacia cuál de las sombras encamino mis pasos— todavía estoy entero.
El dinero reposa intacto en mi bolsillo.
La cinta blanca luce inmaculada sobre mi solapa.
El bastón permanece seguro en mi diestra, y la epístola a Muddy aún no ha sido desgarrada para alimentar el fuego ajeno.
En sus manuales de historia oficial, di un paso hacia la lluvia y desaparecí de la faz de la tierra durante ciento veinte horas. En este motor de probabilidades, recorrí todos los caminos a la vez.
Ha leído usted ya el primer sendero, si es que no pudo resistir la tentación de asomarse al sótano de los comicios. Ahora prepárese a contemplar el resto del laberinto.