La Sombra en Gunner’s Hall Capítulo Tercero La Partida del Pocahontas #3
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Capítulo Tercero La Partida del Pocahontas #3

Iba contemplando la orilla. Cada recodo del río era una página vuelta hacia atrás en el libro de su juventud: City Point, donde los barcos de John Allan cargaban tabaco en los años en que a Edgar todavía se le enseñaba a considerarse un heredero patricio; las ruinas bajas y palúdicas de Jamestown, medio sepultadas entre zarzales y juncos; y la vasta y centelleante extensión de Hampton Roads abriéndose como un mar interior donde las fragatas descansaban sobre sus anclas.

A las tres de la tarde, el vapor costeó Old Point Comfort y redujo la marcha de sus paletas frente a los bastiones alargados y graníticos de Fortress Monroe.

Edgar se detuvo junto a la borda de estribor, aferrándose al pasamanos de madera blanca con tal fuerza que los nudillos le palidecieron como hueso mondado.

Allí estaba el foso de agua. Allí la batería baja con su hilera de columbiadas de a treinta y dos libras apuntando en silencio a través de los Rip Raps.

Allí, tras el terraplén, se alzaban las encinas bajo las cuales el sargento mayor Edgar A.

Perry había montado guardia en el invierno del veintiocho: veinte años de edad, en la indigencia más absoluta, desheredado, cumpliendo su alistamiento militar bajo un nombre fingido mientras aguardaba una carta de reconciliación de Richmond que no llegó sino cuando su madre adoptiva yacía ya fría en su ataúd en Shockoe Hill.

—Una plaza inexpugnable, caballero —dijo una voz a su espalda.

Edgar volvió la cabeza. Un caballero de unos treinta y ocho años se había situado junto a él en la borda: un hombre enjuto, pulcramente afeitado, vestido con una levita de montar verde botella de intachable corte virginiano, con guantes de ante y una chistera de castor encajada con geométrica precisión contra el viento.

Bajo el brazo sostenía un ejemplar doblado del Richmond Whig.

—La más formidable de toda la costa —repuso Edgar maquinalmente—. La conocí cuando la argamasa de las casamatas estaba aún fresca.

—¿De veras? —El caballero lo midió con una cortesía distante y calculadora que recordó a Edgar, con desagradable nitidez, a Southall Shelton en la escalera—. ¿Estuvo usted en el servicio de armas, señor Poe?

—Usted conoce mi nombre, caballero.

—Todo el mundo en Richmond conoce su nombre esta semana —dijo el desconocido con voz melosa—.

Tuve el honor de escucharlo en el Exchange el lunes por la noche.

Y, si se me permite señalarlo sin incurrir en impertinencia, tengo el privilegio de mantener cierto trato comercial con los albaceas del difunto señor Shelton. Despachamos negocios en la misma calle.

—Ah —exclamó Edgar. La brisa marina le azotó la mejilla y la calentura tras sus órbitas dio una sacudida punzante—. De modo que es usted un hombre de números.

—Soy un hombre al que le desagrada contemplar cómo se malogra un patrimonio de primer orden —repuso el caballero, mirando no a Edgar, sino hacia las aguas cenicientas frente a los muros del fuerte—.

La testamentaría de una viuda es un fideicomiso delicado, señor Poe.

Es como un navío en un canal angosto. Cuando sube a bordo un nuevo timonel —en particular un timonel cuyas naves anteriores, sin que medie culpa de su parte, han zozobrado contra los escollos—, aquellos que conservamos intereses en la carga solemos sentirnos naturalmente inquietos.

—La carga… —repitió Edgar en un susurro gélido.

—Una metáfora marinera. —El caballero tocó el ala de su chistera con dos dedos enguantados en ante—. Que tenga un venturoso viaje hacia Filadelfia, señor. Cuídese del clima en Baltimore. He oído decir que suele ser sumamente perjudicial para la salud de los forasteros esta semana.

Se alejó con paso pausado hacia el salón de fumar, dejando tras de sí un rastro tenue a humo de tabaco habano flotando en la brisa salobre.

Edgar no volvió la vista para mirarlo. Se quedó contemplando el agua negra que hervía bajo la caja de las paletas, donde la espuma blanca era batida, sumergida y vuelta a batir por el hierro; y durante un segundo fugaz, su propio reflejo pareció mirarlo desde el fondo de una ola: no un solo rostro, sino tres o cuatro rostros superpuestos como las placas defectuosas de un daguerrotipo estropeado, cada uno lívido, cada uno con ojos negros desorbitados, cada uno vistiendo un cuello diferente.

✦ ❖ ✦

La noche cayó prematuramente sobre la bahía de Chesapeake, y con la noche arribó la tormenta.

Era la lluvia que el marinero de las orejas heladas había profetizado: un diluvio gélido, racheado y oblicuo procedente del noreste que convirtió la bahía en una llanura de hierro surcada por olas cortas y encrespadas.

El Pocahontas cabeceaba con violencia, crujiendo de proa a popa como un canasto bajo el pisotón de una bota, mientras las ruedas de paletas se embalaban con un tableteo sordo y enloquecido cada vez que una ola las levantaba en vilo fuera del agua.

Edgar yacía completamente vestido sobre el estrecho sofá de crin en un rincón del salón delantero, con la capa echada sobre el pecho y el bastón del doctor Carter encajado entre su cadera y el zócalo de madera para evitar que los bandazos lo arrojaran al suelo.