La Sombra en Gunner’s Hall Capítulo Tercero La Partida del Pocahontas
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Capítulo Tercero La Partida del Pocahontas

ACTO I: EL ANCLA

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Punto de embarque: Rockett’s Landing, el muelle del río James situado en la falda oriental de Richmond, Virginia.

La embarcación: El vapor de ruedas laterales Pocahontas, que cubría la travesía regular del río James y la bahía de Chesapeake entre Richmond, Norfolk y Baltimore.

Hora de zarpe: Aproximadamente a las 4:00 AM del jueves 27 de septiembre de 1849.

Pertenencias registradas: Un baúl pequeño con manuscritos, volúmenes impresos y mudas de ropa; una cartera de tafilete marroquí que contenía los fondos y el padrón de suscriptores para The Stylus; el bastón de malaca con estoque oculto del doctor John F.

Carter (tomado por error en la Taberna del Cisne).

El derrotero: Descendiendo por el río James rebasando Bermuda Hundred, Jamestown Island y Newport News; escala breve en Norfolk y Old Point Comfort (al pie de las murallas de Fortress Monroe, donde Poe había servido veinte años atrás como el sargento mayor Edgar A.

Perry del Primer Regimiento de Artillería de los Estados Unidos); remontando posteriormente toda la longitud de la bahía de Chesapeake hacia el muelle de Light Street en Baltimore.

Coordenada terminal: Viernes por la tarde, 28 de septiembre de 1849, Baltimore. Más allá de la planchada de desembarque del Pocahontas, ningún testigo contemporáneo fidedigno volvió a ver con vida a Edgar Allan Poe hasta la tarde del miércoles 3 de octubre, a las puertas de Gunner’s Hall.

Fuera del registro: Lo acaecido a bordo del vapor durante aquellas treinta y seis horas de navegación fluvial y marítima. Todo lo que sigue bajo la línea es ficción.

[ E.A.P. // AL LECTOR ]

He aquí el confín de su mapa, amigo mío. Trazado con la prolija tinta de un agrimensor: un muelle de madera al pie de una colina, un vapor de ruedas con dos chimeneas esbeltas y una fecha al pie de un recibo de flete.

Advierta con cuánta suficiencia pergeñan sus relatos los historiadores hasta el momento en que se retira la planchada, y con qué timidez enmudecen sus voces una vez que las paletas comienzan a batir el agua.

Durante treinta y seis horas navegué suspendido sobre aquella marea, entre la última ciudad que reconoció mi semblante y la urbe que me despojó de él; y en la totalidad de sus bibliotecas no hallará usted una sola línea que certifique si dormí, si lloré o si me limité a contemplar el vuelo de las gaviotas.

No se deje engañar por el sosiego aparente de este capítulo.

Una nave entre dos puertos es ya tierra de nadie.

Observe con lupa a los pasajeros sobre la cubierta mientras descendemos la corriente: volverá a toparse con cada uno de ellos antes de que la semana expire, aunque no todos vistan los mismos abrigos.

Rockett’s Landing hedía a brea de hulla, pino empapado y al lodo milenario y pesado del río James.

A las tres y media de la madrugada, la niebla pesaba con tal densidad sobre los embarcaderos que el río mismo resultaba invisible; se adivinaba su presencia únicamente por el hálito helado que ascendía de entre los pilotes carcomidos y por el chapoteo sordo y acompasado de la marea contra los cascos de las barcazas.

A lo largo de los adoquines irregulares del muelle, ardían teas de pino resinoso en canastillas de hierro, con las llamas aplastadas por la brisa fluvial, arrastrando largas cintas de humo negro que se disolvían al instante en la cerrazón.

El coche de alquiler procedente de Broad Street frenó en seco al pie de la rampa de los almacenes. El cochero descendió con su capote de hule encerado brillando bajo la luz de las antorchas y desató el baúl de cuero negro del pescante trasero.

—El Pocahontas, caballero —anunció el hombre, señalando con el pulgar hacia una mole colosal y descolorida que emergía al final del muelle como una casona encalada a la deriva en una nube.

Dos chimeneas gemelas se alzaban por encima de la cubierta superior, y de la delantera brotaba un escape rítmico y sordo de vapor blanco, semejante al resuello de un caballo fatigado—.

Zarpa al dar las cuatro en punto. Cuidado con los maderos, señor; están resbaladizos por el rocío.

Edgar descendió del carruaje. Las rodillas se le agarrotaban por el traqueteo de la bajada de la colina, y cuando las suelas de sus botas golpearon las losas húmedas, una sacudida seca le recorrió el espinazo hasta la base del cráneo.

Pagó al conductor de su bolsillo menudo, recontando la plata dos veces al resplandor de la canastilla de pez para que los dedos no delataran su temblor, y entregó el baúl a un mozo negro que se lo echó al hombro como si fuera una caja de puros vacía.

—A la bodega de proa, si es tan amable —indicó Edgar—. Y tenga cuidado con las esquinas; hay volúmenes encuadernados en su interior.

—Pierda cuidado, amo. Estará seco como una iglesia.

Edgar lo siguió a lo largo del muelle. En la mano derecha sostenía la vara que había recogido del paragüero de bronce en el vestíbulo del Cisne, y fue en ese preciso instante, cuando la luz cruda del farol de la planchada cayó de lleno sobre sus nudillos, cuando bajó la vista y descubrió lo que llevaba asido.

Se detuvo en seco sobre las tablas empapadas.

No era su paraguas de algodón. Era una esbelta vara de malaca color miel, ceñida bajo la empuñadura por un anillo de plata deslustrada, coronada por la cabeza finamente esculpida de un lebrel de marfil amarillento: las orejas pegadas al cráneo y el belfo alzado en un gruñido que dejaba al descubierto dos colmillos diminutos y exquisitos.

—Dios todopoderoso —murmuró Edgar para sus adentros.

Los pasajeros pasaban a su lado entre la bruma: arrieros de botas enlodadas, dos comerciantes de tabaco envueltos en mantas de lana hasta las orejas, una mujer con un infante dormido bajo el rebozo.

Edgar se apartó contra un noray y examinó el bastón entre sus manos.

Lo reconoció al instante. Había visto a John Carter jugar con él una docena de veces mientras discutían un diagnóstico, y en una ocasión, después de cenar nueces, Carter había presionado el perno oculto bajo la garganta del lebrel y había extraído dieciocho pulgadas de acero toledano pavonado para exhibir cómo su abuelo lo portaba por los caminos reales tras la Guerra de Independencia.

Debo devolvérselo al cochero, pensó Edgar, volviéndose con presteza hacia la calzada. Estará de regreso en Broad Street antes de que John despierte.

Dio tres pasos hacia la orilla, pero la cerrazón lo envolvió.

La linterna trasera del carruaje se había extinguido ya en la curva fangosa bajo Church Hill.

A sus espaldas, la gran campana de bronce en la cubierta del Pocahontas repicó cuatro toques dobles —las tres y media— y una voz recia gritó a lo largo de la borda: ¡Todos a bordo los que bajen el río! ¡Suelten amarras de proa!

Edgar quedó suspendido entre el muelle y el vapor, con la bruma del río arremolinándose en torno a sus tobillos y el sabueso de marfil helándole la palma de la mano.

Se lo dejaré a Snodgrass en Baltimore, se consoló a sí mismo, y se asombró del alivio culpable con que aceptó la excusa.

O lo llevaré conmigo a Filadelfia y se lo devolveré a John en persona dentro de diez días.

Se reirá de buena gana. Me dirá que a un poeta no se le puede confiar el paraguas de un amigo, y mucho menos su espada.

Subió por la planchada entarimada y puso el pie sobre la cubierta del Pocahontas.

✦ ❖ ✦

El salón principal del vapor era una estancia larga y angosta pintada de blanco y adornada con molduras doradas que habían amarilleado por el humo del tabaco y la humedad del río.

A lo largo del eje central corrían dos mesas de caoba empernadas firmemente al piso; a los costados, tras cortinajes de bayeta verde suspendidos de barras de latón, se disponían los camarotes donde los pasajeros de primera ya roncaban sonoramente.

Del techo pendían tres lámparas de aceite de ballena con cardán que oscilaban levemente al unísono en cuanto las grandes ruedas laterales dieron su primer bocado a las aguas del James.

Un estremecimiento pesado recorrió el casco —tum-chás, tum-chás— y las luces del embarcadero se deslizaron hacia atrás a través de los ventanales arqueados hasta extinguirse en la noche.

Edgar no solicitó camarote. Sabía perfectamente lo que ocurriría si se tendía a oscuras tras una cortina mientras la calentura le martillaba las muñecas: el techo descendería hasta quedar a tres pulgadas de su nariz, tal como ocurría en los ataúdes que había consagrado su juventud a imaginar, y pasaría la noche en vela escuchando el émbolo de las máquinas y contando cada golpe hasta el amanecer.

En su lugar, colgó su sombrero negro de una percha de latón, colocó el bastón del doctor Carter sobre sus rodillas y tomó asiento en el extremo más apartado de la mesa de proa, justo bajo la lámpara central, donde un camarero había dejado un tintero de barro, dos plumas de acero y un secante para uso de los viajantes de comercio.

Del bolsillo del pecho —con sumo cuidado para no desacomodar la abultada cartera de marroquí que reposaba a su lado— extrajo un único pliego de papel crema doblado.

Mojó la pluma. La mano se le mostraba más firme ahora que la embarcación navegaba; había algo en el latido largo y acompasado del balancín superior que respondía al pulso de sus propias sienes y lo apaciguaba, de la misma manera en que un péndulo adosado a la pared termina por acompasar al péndulo contiguo.

Mi queridísima Muddy: —escribió.

Se detuvo, con la pluma suspendida a un cabello de distancia del papel, y contempló las tres palabras.