La Sombra en Gunner’s Hall Capítulo Primero La Taberna del Cisne #4
11%

Capítulo Primero La Taberna del Cisne #4

El doctor Carter esbozó una sonrisa melancólica, aunque por debajo de su afecto latía la cautela profesional de un médico que había asistido a Edgar en sus más oscuros colapsos de extenuación nerviosa.

Conocía el mecanismo hipersensible y quebradizo de aquella mente atormentada.

Sabía perfectamente que, para Edgar Allan Poe, una sola copa de oporto no era un desliz social: era una antorcha arrojada en un polvorín.

Sabía también lo que el frío y el insomnio provocaban en unos nervios desgastados hasta el filamento; y sabía que ningún juramento bajo el cielo ofrecía inmunidad contra la fiebre.

—Prométeme una sola cosa, Edgar —dijo Carter, levantándose y posando una mano firme sobre el hombro del poeta.

—Pídela, mi buen doctor.

—Los vagones del ferrocarril entre Baltimore y Filadelfia son célebres por sus corrientes de aire helado, y los andenes están cercados de tabernas y buhoneros.

Si el escalofrío vuelve a prender en ti, no aceptes el trago de ningún desconocido.

Ni un dedal de aguardiente. Ni para templar el cuerpo contra la humedad.

Ni para festejar tu victoria. Si sientes subir la fiebre, tenderás tu cuerpo en la primera cama honesta que encuentres y mandarás llamar a un facultativo.

El semblante de Edgar se tornó solemne. Se llevó la mano diestra al pecho, cubriendo la cinta blanca de la solapa.

—Por mi honor de soldado y de caballero, John. He mirado el fondo del abismo; he olido el azufre. No beberé nada más fuerte que las aguas del James hasta que me encuentre de pie junto a Elmira ante el altar.

Un silbato rasgó la quietud de la callejuela: la señal aguda y estridente del coche de alquiler que aguardaba en la esquina de Broad y Tenth.

—Ha llegado tu carruaje —dijo Carter—. Vamos. La marea no espera a ningún mortal, ni siquiera al autor de El Cuervo.

Salieron al zaguán umbrío de la taberna, revestido de madera vieja.

Afuera, el viento de otoño había comenzado a arreciar, sacudiendo las ramas de los sicómoros hasta hacer que las hojas secas rasparan contra los muros de ladrillo como ratas a la carrera.

Una llovizna fría y menuda había empezado a caer, empañando los faroles del carruaje con halos de oro pálido.

—Toma tu paraguas, Edgar —le indicó Carter, señalando hacia el paragüero de bronce situado junto al pesado portalón de roble—. La cubierta del vapor del James estará anegada.

—Sí… mi paraguas —murmuró Edgar, con el pensamiento volando ya hacia el norte, cruzando la bahía de Chesapeake hacia las imprentas de Filadelfia y la quieta cabaña campestre donde su anciana suegra cosía a la lumbre de un candil.

Alargó la mano hacia el paragüero de bronce.

Sus dedos no se cerraron sobre el puño curvo de su paraguas de algodón, sino sobre el pomo de marfil frío y pulimentado del bastón predilecto del doctor Carter: una vara de malaca, esbelta y flexible como un mimbre, cuyo remate ostentaba la figura esculpida de un sabueso que enseñaba los colmillos.

En el interior del vástago hueco dormía una hoja de estoque de dieciocho pulgadas de acero toledano azulado, accionada por un resorte y afilada como la lanceta de un cirujano.

Edgar se encajó el bastón bajo el brazo, se caló la chistera de paño negro sobre sus rizos oscuros y se volvió para estrechar la mano de su camarada.

—Adiós, John —dijo Edgar, con los ojos brillando en el vano de la puerta—. Cuando vuelvas a verme, seré un hombre casado y el director de una revista independiente y acaudalada.

—Que Dios guarde tus pasos, Edgar —respondió Carter, apretando la mano fina y fría—. Y ten cuidado con el bastón…

La advertencia murió en los labios del médico.

El poeta ya descendía los peldaños de piedra con paso marcial y decidido; su capa oscura flotaba al viento de otoño mientras subía de un salto al interior del coche de alquiler.

La portezuela se cerró de golpe con la resonancia fúnebre de una bóveda de hierro.

El cochero restalló el látigo. Las herraduras sacaron chispas de los adoquines mojados, y el carruaje se hundió en la penumbra en dirección a Rockett’s Landing.

En el zaguán silencioso de la Taberna del Cisne, el doctor Carter regresó sobre sus pasos hacia el consultorio. Su mirada se posó por azar en el paragüero de bronce.

Allí, solitario en un rincón, descansaba el paraguas de algodón negro de Edgar, con las varillas torcidas y la tela desgastada por cinco inviernos en el Norte.

El doctor Carter frunció el ceño; una frialdad repentina e inexplicable le erizó los cabellos de la nuca.

—Se ha llevado mi espada —susurró Carter en el pasillo desierto.

[ E.A.P. // EL VALDEMAR ]

¿Escuchó usted cerrarse la portezuela del carruaje, lector? Aquel fue el chasquido del cerrojo girando sobre el siglo. A mis espaldas quedaba la única ciudad que me amó en la tierra; ante mis ojos se abrían cinco jornadas de aguas negras.

Usted sabe lo que encierra el bastón. Sabe que llevé una espada desenvainable a una ciudad de carniceros. No pretenda declararse inocente de lo que ocurrió después. Ya está usted pasando la página para ver quién fue el primero en desenvainarla.