Capítulo Primero La Taberna del Cisne #3
Carter lo había advertido. Carter, que visitaba cuarenta lechos de enfermos al mes y jamás permitía que sus facciones delataran sus sospechas clínicas, se limitó a decir con suavidad:
—Dame la mano.
—Me han tomado el pulso tres veces en lo que va de semana, John. Voy a terminar creyendo que soy un reloj de pared.
—En tal caso, complacerás al relojero.
Carter arrastró su silla de brazos, aprisionó la muñeca del poeta entre dos dedos anchos y enjutos, y consultó el reloj de bolsillo de plata que reposaba abierto sobre el papel secante.
La habitación enmudeció. La llama del quinqué crepitaba contra el tubo de vidrio.
Edgar observaba el semblante grave del médico, y el médico vigilaba la manecilla del segundero, y ninguno de los dos osó pronunciar lo que el uno contaba y el otro temía que fuera descubierto.
—Extiende ambas manos ante ti. Separa los dedos. No… sostenlos como si sujetaras una hoja de papel de tina que no deseas arrugar.
Edgar las extendió bajo el cono de luz: pálidas, finas, aristocráticas, con la mancha oscura de la tinta grabada en el segundo nudillo.
Lo asaltó un impulso súbito, feroz y absurdo de reír a carcajadas: era el estrado de nuevo, el auditorio reducido a un solo testigo, la mirada del inquisidor.
Mantuvo los brazos extendidos en el aire, completamente inmóviles, y pensó: Míralas, pues. Sáciate mirándolas.
Había un temblor. Apenas el estremecimiento imperceptible de una hoja en una casa dormida, una oscilación fugitiva en las yemas; y Carter, al advertirlo, apoyó el dorso de su propia mano sobre la frente del poeta, reteniéndola allí un instante más de lo estrictamente necesario.
—Tienes algo de calentura —dictaminó el médico.
—Tengo un exceso de Richmond —repuso Edgar con ligereza—. Es el clima natural de una ciudad que lleva tres jornadas enteras aclamándome. Un hombre no puede ser vitoreado sin pagar el tributo de un poco de fiebre.
—Un hombre puede ser vitoreado sin tiritar de frío, Edgar. Me dijiste el lunes que estabas helado en el salón.
—¿Dije semejante cosa? —Sonrió y dejó caer las manos sobre el regazo—. Estaba helado y estaba triunfante. Comprobarás que ambos estados no son incompatibles en absoluto. He estado profundamente helado, enteramente triunfante y en la miseria más absoluta de manera simultánea en numerosas ocasiones.
Carter no sonrió. Se recostó en el respaldo, tomó sus lentes y procedió a limpiarlos con una esquina del chaleco con innecesaria minuciosidad.
—Vas a marcharte a Baltimore esta misma noche con fiebre en la sangre, temblor en los nervios y sin haber pegado un ojo en cuarenta y ocho horas. Si fuera tu médico de cabecera y no simplemente un amigo que admira tus versos, me sentaría sobre la tapa de tu baúl para impedirte el paso.
—Pero eres mi amigo, y por lo tanto no lo harás.
—Edgar se inclinó hacia adelante, y la lumbre de la lámpara encendió el gris avellana de sus pupilas con un brillo que no era del todo fiebre ni del todo esperanza, pero que guardaba un íntimo parentesco con ambas—.
John… te confiaré lo que no le he revelado a ningún alma viva.
En julio estuve en el fondo del pozo. Tú presenciaste el desenlace cuando llegué al Sur.
Lo viste con tus propios ojos. No necesito que nadie me recuerde lo cerca que estuve del borde ni el precio que costó salir.
Pero te juro por la memoria de mi madre que he estado sano desde agosto.
El juramento ha logrado lo que ningún galeno pudo obrar.
Cuando a un hombre se le devuelve una razón para vivir, la carne aprende a obedecer.
—Quisiera creerlo de corazón.
—Créelo, pues. Es la verdad más pura. —Se tocó la pequeña cinta de seda blanca prendida en la solapa izquierda—.
Cuatro semanas enteras. Ni una copa de jerez, ni una gota de sidra.
Los Hijos de la Templanza me otorgaron una insignia, y Elmira me devolvió un destino; entre ambas prendas porto la mejor coraza con que Virginia haya blindado jamás a un poeta.
Edgar alzó de nuevo el vaso de gres y, con una cortesía ceremoniosa y deliberada, brindó a la salud de su amigo con agua cristalina. Esta vez el borde no tintineó contra sus dientes.
—¿Lo ves? Pulso de acero.
—Lo que veo —respondió Carter en voz baja— es a un hombre que ha tomado la firme resolución de no temblar. No es exactamente lo mismo.
Con todo, el médico no insistió, y Edgar le agradeció el silencio en el fondo de su pecho.
—Te restan quince minutos —añadió el doctor en un tono más distendido—, y pienso exprimirlos. Háblame de The Stylus… o mejor aún, dime por qué bebes esa agua con la reverencia con que otros catarían vino de Tokay.
Y Edgar, que había permanecido tenso como una cuerda de violín durante setenta y dos horas, sintió que el acero se aflojaba en sus costillas.
—Porque es superior a cualquier licor, John —susurró, con aquella cadencia melodiosa y aristocrática que había embargado a la concurrencia de Richmond dos noches atrás—. Agua pura, fría e incontaminada del manantial de Shockoe. No sabe a nada terrenal, y por lo tanto, sabe a la vida misma.
—Confieso —murmuró Carter, arrellanándose en su butaca de crin— que cuando arribaste en julio, con el aspecto de quien ha sido arrastrado por los talones a través de un zarzal espinoso, no creí que fueras a partir con semejante apostura.
Norfolk y Richmond te han devuelto la salud, Edgar.
Pareces diez años más joven que en Filadelfia.
—Diez años —repitió Edgar, clavando sus ojos oscuros en el resplandor ambarino de la mecha—.
Di más bien veinte, John. He dejado el sepulcro a mis espaldas.
La vigilia interminable y desgarradora de Fordham…
aquellos cinco años atroces donde cada acceso de tos brotado de los labios de Sissy era un clavo martillado en mi cerebro vivo…
todo ha terminado. Dios me ha perdonado por haber sobrevivido a su muerte.
Se puso de pie, caminando con aquella apostura erguida, ágil y marcial que jamás había perdido desde sus días de artillero en Fort Moultrie bajo el alias de Edgar A.
Perry. Su levita de paño negro, aunque cepillada hasta que las costuras blanqueaban sobre el tejido, lucía inmaculada; el cuello de la camisa era blanco como harina cernida, almidonado y anudado con la precisión rigurosa de un caballero virginiano.
Sólo junto a la ventana, donde la niebla se aplastaba como lana gris contra los vidrios y Carter no podía escrutar sus facciones, apoyó una mano contra el marco durante un segundo y tomó aire en silencio.
—¿Y Elmira? —inquirió Carter con delicadeza.
Al escuchar el nombre de Sarah Elmira Royster Shelton, la expresión del poeta se dulcificó con una ternura casi juvenil.
—Ha consentido —dijo Edgar, volviéndose hacia la estancia con la voz amortiguada en un susurro íntimo—.
Me despedí de ella hace menos de una hora.
Me dijo que mi frente ardía como un caldero, John, y me aprisionó las manos entre las suyas como si pudiera trasvasar ese calor hacia su propio pecho.
Éramos apenas unos niños cuando nos amamos en Shockoe Hill, antes de que su padre interceptara mis cartas y la entregara a los caudales del señor Shelton.
Hoy Shelton yace en su cripta familiar, los hijos han crecido, y ella ha contemplado mi indigencia y ha vuelto a elegirme.
El diecisiete de octubre, en la iglesia de la colina, seremos unidos en matrimonio.
—¿Y su familia? —El entrecejo de Carter se frunció con inquietud—.
No han mantenido en reserva su disgusto.
Una viuda con cien mil dólares en títulos bancarios y propiedades ribereñas en el río James representa un botín codiciable para un redactor menesteroso llegado de Nueva York.
Te observan con ojos de matarife, Edgar.
Edgar agitó una mano pálida con displicente desdén: el ademán soberbio de un patricio que despide a un lacayo insolente.
—¡Que refunfuñen cuanto quieran sobre sus libros mayores!
¿Qué puede importarme la suspicacia de su hijo?
Es un joven prudente, y los hombres prudentes suelen vigilar celosamente lo que aman.
Cuando Elmira y yo nos hayamos desposado, alcanzaré aquello que me ha sido esquivo desde que John Allan me dio un portazo en las narices: la independencia.
No el dinero para el derroche y la molicie, John, sino el capital necesario para fundar The Stylus.
¡Una revista mensual de arte y literatura emancipada de las camarillas venales de Boston y de los elogios asalariados de Filadelfia!
Editaremos únicamente aquello que resulte bello, profundo y matemáticamente verdadero.
—¿Y las suscripciones?
Edgar introdujo la mano en el bolsillo interior de la levita y extrajo una cartera de tafilete marroquí, gastada por el uso, acariciándola con silenciosa complacencia.
—Llevo mil quinientos dólares en suscripciones y pagarés garantizados, reunidos entre Norfolk y Richmond.
¡Mil quinientos dólares contantes, John!
Es el primer caudal que poseo en mi vida que no procede de una deuda.
Al tocar Filadelfia, la señora Marguerite St. Leon Loud me abonará cien dólares en oro por corregir la puntuación de sus infames poemas.
¡Trabajo de una sola mañana! De allí volaré a Nueva York, a la cabaña de Fordham.
Subiré a la pobre Muddy a una diligencia, empaquetaré nuestros escasos libros y la traeré de regreso a Virginia.
Jamás volveremos a apartarnos de la ribera del James.