La sombra del progreso (Mateo Rivas 2) 20 . La verdad para Consuelo
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20 . La verdad para Consuelo

Madrid, 24 de abril de 1966

El despacho de la calle Fuencarral olía al polvo acumulado durante dos semanas de ausencia. Mateo subió la persiana de madera, dejando entrar la luz cenicienta de la tarde madrileña, y aguardó la llegada de Consuelo Marín.

La mujer entró puntual a las cuatro en punto. Vestía el mismo abrigo oscuro de paño con el que había atravesado la puerta tres semanas atrás, pero su rostro reflejaba una delgadez más marcada y una fatiga que los ojos fijos no podían ocultar.

Consuelo escuchó sin interrumpirme.

Cuando terminé, me preguntó:

—¿Estaba equivocado?

—No.

Fue lo único que pude decirle con certeza.

Rogelio había visto una irregularidad real.

Había insistido.

Y había pagado un precio demasiado alto.

Consuelo sostuvo el reloj entre las manos.

—Él quería que alguien supiera que tenía razón.

—Ahora lo sabemos.

Entonces me entregó el calco original.

En el reverso había una frase que hasta entonces no había visto:

«Si vuelven a preguntar, no es por la finca. Es por el nombre que está detrás.»

Debajo, una inicial.

M.

Consuelo no sabía qué significaba.

Yo tampoco.

Pero ya no podía ignorarla.

Mateo no usó rodeos leguleyos. Le entregó el sobre con los objetos personales recuperados —el reloj de pulsera y el anillo de sello— y le explicó con voz pausada y respetuosa las conclusiones del sumario instruido en Málaga.

Consuelo escuchó en silencio, con las manos apretadas sobre el bolso. No lloró. Apretó los labios con fuerza, tomó el anillo de plata entre las yemas de los dedos y lo guardó en el bolsillo interior del abrigo como quien custodia un tesoro sagrado.

—Al menos no murió pensando que nos habíamos olvidado de él —dijo en voz baja tras un largo minuto de silencio.

—La Guardia Civil ha asegurado el embargo preventivo de los bienes de la promotora —añadió Mateo—. Con el tiempo, la indemnización por la estafa le será abonada a través del juzgado.

—El dinero no me importa, señor Rivas. Lo único que me importaba era saber que mi hermano no era un mentiroso ni un cobarde. Gracias por devolverme su honor.

Consuelo dejó sobre la mesa los honorarios acordados, se levantó con la misma compostura sobria con que había llegado y abandonó el despacho sin volver la vista atrás.