19 . Despedida de la costa
22 de abril de 1966
Mateo paseó por última vez por la playa de la Carihuela antes de coger el autobús de regreso a la capital.
Antes de marcharme, paseé una última vez por la Carihuela.
La playa seguía allí.
Pero detrás, las obras crecían.
Los pescadores podían ver el cambio con una claridad que los recién llegados no tenían. Para ellos no se estaba construyendo solamente un edificio. Se estaba sustituyendo una forma de vida.
Pensé en Rogelio.
Quizá había entendido que las líneas de un plano no eran simples líneas.
Separaban a los que tenían papeles de los que tenían memoria.
Y cuando ambas cosas no coincidían, casi siempre ganaba el papel.
El paisaje continuaba su transformación acelerada.
A pocos metros de donde el tío Frasco remendaba sus redes, una cuadrilla de obreros levantaba la estructura de madera de un nuevo chiringuito para turistas.
Un grupo de visitantes escandinavos caminaba por el borde del agua riendo en un idioma incomprensible, ajenos a la tragedia que se había consumado apenas unas semanas atrás a pocos kilómetros montaña arriba.
Se acercó a la terraza del Bizco para estrechar la mano del viejo pescador.
—Se vuelve usted para el norte, ¿verdad? —preguntó Frasco apurando una copita de cazalla.
—El trabajo aquí ha terminado —dijo Mateo—. Las diligencias están en manos del juzgado de Málaga.
—Tenga cuidado en el viaje, señor Rivas. La gente como usted no encaja bien en este tiempo que viene. Aquí ahora solo vale lo que se puede vender por metros cuadrados.
Mateo no respondió. Se limitó a asentir, estrechó la mano callosa del anciano y echó a andar hacia la parada de la carretera nacional con su maleta de piel en la mano.