La sombra del progreso (Mateo Rivas 2) 16 . La caída de Aliaga
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16 . La caída de Aliaga

19 de abril de 1966

La detención de Domingo Aliaga en su despacho de la calle Larios causó un terremoto silencioso en los círculos notariales y judiciales de Málaga.

El veterano letrado no fue conducido a los calabozos comunes, sino que quedó custodiado en las dependencias de la audiencia provincial a la espera de prestar declaración ante el juez de instrucción.

Aliaga comprendió antes que nadie que la documentación empezaba a hablar.

No confesó.

Tampoco negó todos los hechos.

—Yo no maté a ese hombre —dijo.

Era la primera vez que utilizaba una frase tan directa.

—¿Sabe quién lo hizo?

—Sé quién necesitaba que desapareciera el problema.

—¿Quién?

—No confunda a la persona que se beneficia con la persona que ordena.

Era exactamente el problema que llevaba días intentando resolver.

Antes de que se lo llevaran, Aliaga añadió:

—Bezares no es el final.

No dijo quién estaba detrás.

Quizá no lo sabía.

Quizá sí.

En cualquier caso, aquella frase cambió el significado del expediente.

Mateo asistió al registro de la oficina junto al fiscal delegado.

Entre los tomos de escrituras de la sociedad Solares del Sur S.

A., los agentes encontraron la matriz original del expediente de dominio de la finca 4.102, así como un recibí por valor de sesenta mil pesetas a nombre de un oficial del Registro de la Propiedad, fechado dos días después de la visita de Rogelio Marín a las dependencias judiciales.

Aliaga, sentado en una silla de cuero con la compostura intacta, declinó responder a las preguntas del fiscal sin la presencia de su abogado defensor traído desde Madrid. Sin embargo, antes de ser trasladado, pidió hablar unos segundos a solas con Mateo en el pasillo.

—Ha conseguido usted desbaratar una operación de tres millones de pesetas, señor Rivas —dijo Aliaga en voz baja, ajustándose los puños de la camisa—. Pero se equivoca si piensa que ha descubierto el engranaje principal.

—He descubierto la causa de la muerte de Rogelio Marín —replicó Mateo—. Y eso basta para llevar a Bezares y a usted ante un tribunal penal.

—Bezares irá a la cárcel porque es un torpe que utilizaba a matones de poca monta para resolver problemas de deslinde —respondió el abogado con una sonrisa amarga—.

Yo pasaré unos meses en prisión preventiva hasta que la audiencia archive la causa por falta de pruebas directas sobre la autoría intelectual.

¿Y los verdaderos dueños del capital? Ni siquiera figuran en el sumario.