La sombra del progreso (Mateo Rivas 2) 14 . La red que se cierra
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14 . La red que se cierra

18 de abril de 1966

Mateo llegó a la Comandancia de la Guardia Civil en Málaga a media mañana del día 18.

No pidió hablar con el oficial de guardia en ventanilla, sino que solicitó audiencia directa con el comandante de la sección de investigación criminal, mostrando una carta de recomendación firmada por su antiguo inspector jefe de Madrid.

El comandante, un hombre enjuto llamado Comandante Prieto, de bigote gris recortado y mirada penetrante, escuchó la exposición de Mateo durante más de una hora sin interrumpirlo una sola vez.

Mateo desplegó sobre el despacho el cuaderno de notas recuperado en la cantera de Mijas, la copia de las cartas de Rogelio Marín, la nota simple del registro con el fraude de la finca 4.

102 y el análisis caligráfico que demostraba la falsedad del documento de rescisión expedido por Inversiones Costa Azul.

Prieto no necesitó que le explicara mis sospechas.

—¿Qué tiene?

—Indicios.

—¿Pruebas?

—Algunas.

—Entonces empezaremos por esas.

Le entregué las notas.

Prieto revisó la lista de nombres.

—Bezares.

—Sí.

—Aliaga.

—Sí.

—Mulo.

—Sí.

—Y Valladolid.

—Sí.

Prieto levantó la vista.

—Ese último no es un hombre.

—Todavía no.

No sonrió.

—Procure que siga siendo una ciudad hasta que tenga algo más.

Comprendí el mensaje.

El caso entraba en una fase distinta.

A partir de entonces, cada paso tendría consecuencias para otras personas además de mí.

—Es una acusación muy grave contra personas influyentes de la provincia, señor Rivas —dijo el comandante Prieto, paseando la mano por la barbilla—. Emilio Bezares tiene apoyos en la gobernación civil y el señor Domingo Aliaga es un letrado respetado en el foro malagueño.

—Tienen también un cuerpo en el fondo de la cantera del Chorro en la sierra de Mijas, comandante —respondió Mateo sin alterar la voz—.

Y un entramado de falsificación documental destinado a expoliar los ahorros de cientos de compradores de buena fe en Madrid y en el extranjero.

Si la Guardia Civil no interviene hoy mismo en la nave de Fuengirola y en el despacho de la calle Larios, los libros de contabilidad de Solares del Sur S. A. desaparecerán antes del anochecer.

El comandante miró fijamente a Mateo. Reconoció en la determinación del investigador madrileño el peso del oficio bien hecho, la ausencia de afán personal y la solvencia de quien no presenta conjeturas sino hechos probados.

—¿Está usted dispuesto a testificar y a ratificar su informe ante el juez de instrucción de guardia?

—Llevo diez días investigando este caso por encargo de una mujer que solo quería saber la verdad sobre su hermano —contestó Mateo poniéndose en pie—. Iré a donde sea necesario.

El comandante Prieto se levantó, descolgó el teléfono del supletorio y dio instrucciones inmediatas a su ayudante:

—Que preparen dos parejas del puesto de Mijas con material de rescate para la cantera del Chorro. Y mande una pareja de paisano a la calle Larios a custodiar el despacho del letrado Aliaga. Salimos para Fuengirola en veinte minutos.

Mateo miró por el ventanal del despacho de la comandancia.

El puerto de Málaga relucía bajo el sol implacable del mediodía, con los barcos de carga maniobrando entre los muelles y la silueta lejana de las grúas alzándose sobre la franja costera.

La maquinaria del progreso continuaría su marcha imparable, levantando torres de hormigón sobre las playas del sur, pero al menos esa tarde la sombra que había devorado a Rogelio Marín comenzaría a salir a la luz.

CUARTA PARTE: JUSTICIA Y CENIZAS