La sombra del progreso (Mateo Rivas 2) 13 . El hallazgo en el barranco
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13 . El hallazgo en el barranco

17 de abril de 1966, 14:00

Mateo tardó casi media hora en descender por la ladera escarpada de la cantera hasta alcanzar el fondo del barranco. El terreno era resbaladizo, compuesto por losas de piedra suelta y matorrales espinosos que le desgarraron la manga de la chaqueta.

Al llegar abajo, el olor a vegetación húmeda y agua estancada era denso. Junto a la poza de agua verdosa yacían los restos de varios sacos de cemento vacíos, latas de aceite industrial y los restos chamuscados de la maleta que había divisado desde arriba.

La maleta era la primera prueba que me acercaba realmente a Rogelio.

No abrí todos los compartimentos.

Había aprendido que, cuando una investigación entra en terreno judicial, tocar demasiado puede destruir precisamente aquello que se intenta demostrar.

Encontré el sombrero.

Después el reloj.

Diez y veinte.

Me quedé unos segundos mirando las agujas.

No pensé «está muerto».

Pensé «ha estado aquí».

Esa diferencia era importante.

Me retiré del barranco con la sensación de que alguien había querido borrar las huellas de un hombre, pero no había tenido tiempo o medios para borrar todas las señales.

La tierra guarda cosas.

Solo hay que saber esperar.

Al lado de la maleta, entre los juncos de la orilla, encontró los restos de un sombrero de fieltro gris golpeado y un cuaderno de notas destrozado por la intemperie.

Mateo recogió el cuaderno con sumo cuidado: la lluvia torrencial de marzo había corrido la tinta de la mayoría de las páginas, pero en la contraportada interior de cartón duro todavía se leía con claridad una dirección escrita con caligrafía redonda y firme de delineante:

Rogelio Marín. Calle de la Paloma, 14, 2º Izq. Madrid.

Mateo se quedó inmóvil en el fondo del foso, con el cuaderno húmedo entre las manos.

No había cuerpo en la superficie del estanque, pero la profundidad de la poza de la cantera, combinada con los sacos de obra y la masa de cemento fresco arrojada desde la parte superior del cortado, explicaba con terrible claridad el destino final del comprador de Vallecas.

Rogelio no había huido a Algeciras ni había cancelado su contrato en marzo.

Había sido conducido a aquella cantera solitaria la misma noche de su enfrentamiento en Fuengirola, silenciado para siempre y arrojado al fondo del foso bajo una carga de escombros de la propia constructora.

El crimen no respondía a una pasión repentina ni a una pelea fortuita de taberna. Era una eliminación metódica, ejecutada con la misma frialdad industrial con la que se nivelaban las dunas de la playa para levantar los cimientos de los nuevos hoteles.

Mateo guardó el cuaderno en su bolsillo interior, ascendió de nuevo por la ladera de la montaña con el aliento agitado y regresó al automóvil.

Tenía la prueba material que la Guardia Civil no podría ignorar, pero sabía que acudir al puesto local de Torremolinos o Fuengirola solo serviría para que el cabo sobre aviso pusiera en alerta a Bezares antes de que la orden de detención pudiera ser tramitada.

Debía actuar directamente a través de la Comandancia Principal de la Guardia Civil en Málaga o recurrir a sus antiguos contactos en la Dirección General de Seguridad en Madrid.