La sombra del progreso (Mateo Rivas 2) 12 . La carretera de Mijas
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12 . La carretera de Mijas

17 de abril de 1966

La sierra de Mijas se levantaba a espaldas de la franja costera como una muralla de piedra caliza y pinares frondosos que separaba el estruendo de los hoteles de la soledad del interior andaluz.

Mateo alquiló un Seat 1400 viejo en un taller de reparación de Torremolinos y emprendió la subida por la carretera comarcal a primera hora de la mañana.

La vía serpenteaba entre laderas escarpadas. A medida que ganaba altura, el mar se transformaba en una franja azul e inmóvil al fondo del horizonte, y los bloques de pisos en construcción se reducían a pequeñas cajas blancas diseminadas sobre la línea de playa.

El clavo en el neumático me hizo pensar durante varios minutos.

Podía haberlo encontrado en cualquier carretera.

No tenía derecho a convertirlo en una amenaza.

Sin embargo, cuando vi el camión junto a la cantera recordé algo que Manuel había dicho: los hombres que trabajaban para la empresa utilizaban distintos vehículos según el trabajo.

La carretera se quedaba vacía al caer la tarde.

Seguí andando hasta que la costa dejó de verse.

Encontré huellas de neumáticos, restos de cartón y un pequeño trozo de cuerda.

Nada de aquello era concluyente.

Me retiré.

Había aprendido a desconfiar de los lugares que parecen ofrecer una respuesta demasiado fácil.

Si Rogelio había estado allí, la prueba tendría que aparecer por otro camino.

Mateo buscaba la pista de las antiguas minas de yeso y canteras de mármol desmanteladas en los años cuarenta, de las que el tío Frasco le había hablado sumariamente la noche anterior.

Eran pozos abandonados, escondidos entre barrancos de acceso difícil, donde la vegetación de matorral había vuelto a cubrir los caminos de acceso.

Tras dos horas de marcha lenta por caminos de tierra azotados por el viento de la sierra, Mateo detuvo el automóvil junto a la entrada de una antigua cantera de piedra caliza, conocida por los pastores de la zona como la Cantera del Chorro.

El lugar estaba desierto. Solo el silbido del viento entre los pinos y el chillido distante de un cernícalo quebraban el silencio absoluto de la montaña. Mateo bajó del coche, se ajustó la solapa de la chaqueta para guarecerse del aire frío de la sierra y comenzó a explorar el terreno a pie.

Sobre la tierra seca y la gravilla de la pista de entrada detectó huellas profundas de neumáticos de camión y de un vehículo de pasajeros pesado. Las marcas eran relativamente recientes, no anteriores a un mes o dos, salvadas de la erosión por la escasez de lluvias de esa primavera.

Siguió las roderas hasta el borde superior del corte de la cantera, donde un precipicio de más de treinta metros caía en picado hacia una poza de agua estancada y escombros de obra.

En el borde del cortado, semienterrado entre la maleza y un montón de casquijo de hormigón fresco arrojado allí para ocultarlo, Mateo vio un objeto que le hizo detenerse en seco.

Se agachó y apartó las ortigas con la punta del zapato. Era una maleta de cartón prensado con refuerzos de latón en las esquinas, destrozada por una caída violenta y parcialmente quemada con combustible.