La sombra del progreso (Mateo Rivas 2) 11 . Conversación en la taberna
52%

11 . Conversación en la taberna

16 de abril de 1966

Mateo regresó a Torremolinos al caer la tarde.

La sensación de estancamiento comenzaba a pesar sobre él.

Tenía la certeza de la falsificación documental, la motivación clara del conflicto sobre los terrenos y la implicación directa de Bezares y Aliaga, pero le faltaba el elemento fundamental:

la prueba física del paradero de Rogelio o el testimonio irrebatible que quebrase la versión oficial de la partida voluntaria.

Decidió acudir de nuevo a la tasca del Bizco en la Carihuela. A esa hora, la taberna estaba llena de hombres de la mar que bebían vino peleón de los montes de Málaga y discutían sobre la escasez de las capturas de boquerón.

El tío Frasco estaba sentado en una mesa de rincón, junto a un candil de carburo encendido para combatir la oscuridad que empezaba a adueñarse de la playa. Mateo se acercó, pidió una jarra de vino y dos vasos y se sentó enfrente del viejo pescador.

—Sigue por aquí el madrileño —dijo Frasco sin sorpresa—. Ha estado hablando con los del traje de lino, ¿verdad?

Frasco reconoció entonces algo que no había querido decirme.

Rogelio había hablado de una dirección en Valladolid antes de desaparecer.

—¿Por qué no me lo dijo antes?

—Porque no sabía si servía para algo.

—Ahora tampoco lo sé.

Frasco sonrió.

—Entonces estamos igual.

Le pregunté por el hombre bien vestido.

—No era de la obra.

—¿Le conocía?

—No.

—¿Podría reconocerlo?

—Si vuelve a verlo.

Eso era poco.

Pero en una investigación las cosas pequeñas suelen ser las únicas que sobreviven.

Cuando salí de la taberna tuve la sensación de que alguien me observaba.

No lo confirmé.

Y decidí que no iba a convertir una sensación en una prueba solo porque encajara con mi miedo.

—He hablado con Bezares y con Aliaga —admitió Mateo al servirse el vino.

Frasco dejó escapar una risotada amarga y escupió al suelo de tierra batida.

—Esos no hablan, señor Rivas. Esos dictan sentencia.

Aquí en el pueblo todos sabemos cómo funcionan las cosas cuando alguien se interpone en las obras.

Hace dos años, cuando empezaron a meter las excavadoras en el arroyo de la miel, un agricultor de arriba no quiso vender su huerta.

Le cortaron la acequia de noche, le mataron las mulas de tiro y a los dos meses tuvo que malvender la tierra por la mitad de lo que le ofrecían al principio para no morirse de hambre.

—¿Nadie denunció a la Guardia Civil?

—¿A la Guardia Civil? —Frasco negó con la cabeza pacientemente, como quien explica un concepto elemental a un niño pequeño—.

El cabo del puesto se retira el año que viene y ya tiene apalabrado un trabajo de jefe de seguridad en una de las urbanizaciones de la costa que promueve la gente de Bezares.

¿Cree usted que va a mover un dedo por un pleito de lindes?

Mateo apuró el vaso de vino. La luz del candil dibujaba sombras cortantes en el rostro ajado del viejo.

—Frasco, la noche que Rogelio Marín subió a ese coche negro en la nacional... ¿iba solo con el conductor o con más gente?

El pescador miró fijamente la jarra de vino antes de responder. Dudó unos instantes, sopesando si valía la pena arriesgarse a contar lo que sabía a un forastero.

—Había dos hombres más dentro del coche —dijo en voz casi inaudible—.

Uno era el chofer de Bezares, un mucho grande de la vega que llaman el Mulo.

El otro era un hombre de fuera, flaco, con la cara picada de viruelas.

Lo vi bien porque pararon un momento en la venta del cruce a comprar tabaco antes de coger la carretera de la sierra.

—¿La carretera de la sierra? ¿Hacia Mijas?

—Hacia la sierra de Mijas o hacia los montes de Ronda. Por esa carretera de noche no va nadie que no tenga algo que esconder o algo que tirar en los barrancos viejos de las minas abandonadas.