La sombra del progreso (Mateo Rivas 2) 10 . La pista de Domingo Aliaga
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10 . La pista de Domingo Aliaga

15 de abril de 1966

El nombre de Domingo Aliaga continuaba siendo el hilo del que tirar.

Mientras que Bezares representaba la cara visible y agresiva del negocio en la costa, Aliaga encarnaba la sombra burocrática que maniobraba entre bastidores, tramitando expedientes de dominio relámpago, creando sociedades pantalla como Solares del Sur S.

A. y blindando la responsabilidad legal de los verdaderos inversores.

A través de una gestión discreta con un gestor administrativo de Málaga al que Mateo había ayudado años atrás durante un caso menor en Madrid, logró averiguar la dirección del despacho privado de Aliaga en la capital malagueña:

una oficina situada en el tercer piso de un edificio antiguo de la calle Larios, con balcón de forja y portal de madera de nogal.

Mateo se presentó a primera hora de la mañana.

El despacho de Domingo Aliaga transmitía una sobriedad rancia, muy alejada del brillo deslumbrante de la promotora en la costa. Había estanterías repletas de tomos de jurisprudencia civil, carpetas de pergamino atadas con cintas rojas y un olor penetrante a tinta de estampa y picadura de tabaco.

Aliaga era un hombre mayor, de cabellera canosa peinada hacia atrás con fijador, anteojos de concha gruesa y unos modales de pulcritud exquisita. Recibió a Mateo sin hacerle esperar.

Aliaga tenía una virtud que podía convertirse en un arma: nunca decía más de lo necesario.

—¿Conocía las dudas de Rogelio antes de que viniera a verle?

—Sí.

—¿Quién se las había comunicado?

—No lo recuerdo.

Era posible que mintiera.

También era posible que hubiera hablado con tantas personas que realmente no recordara quién le había llevado el asunto.

Antes de salir observé otra vez la carpeta de Valladolid.

—¿Qué ocurrió con esa sociedad?

—Murió hace años.

—Las sociedades no mueren.

—Las extinguen.

—Y a veces reaparecen en los papeles.

Aliaga me miró por primera vez con verdadera atención.

—Tenga cuidado, Rivas.

—¿Con qué?

—Con creer que porque dos papeles se parecen tienen que pertenecer a la misma historia.

Aquella advertencia podía ser una amenaza.

También podía ser el mejor consejo que había recibido.

—El señor Bezares me llamó anoche por teléfono para advertirme de su visita, señor Rivas —dijo Aliaga, sirviendo dos tazas de café de una cafetera de plata que descansaba sobre un velador.

—Le agradezco que me reciba de todas formas.

—Soy un hombre de leyes, caballero. A diferencia del señor Bezares, que es impulsivo y carece de la preparación adecuada para entender el alcance de sus actos, yo entiendo perfectamente su papel. Usted busca a un hombre desaparecido. Yo gestiono patrimonio y legalidad administrativa.

—Un patrimonio construido sobre expedientes de dominio irregulares, señor Aliaga —apuntó Mateo con serenidad—. La finca 4.102 no estaba limpia de cargas ni los herederos de la familia Heredia fueron notificados debidamente. Rogelio Marín descubrió esa irregularidad en el registro provincial.

Aliaga dio un sorbo a su café, dejó la taza con delicadeza sobre el plato y miró a Mateo con la piedad superior de un cirujano que explica una intervención inevitable.

—El desarrollo urbanístico del país requiere instrumentos jurídicos ágiles, señor Rivas.

Si aplicáramos el derecho registral de 1861 a la velocidad que exige la economía moderna, el progreso se detendría por completo.

Solares del Sur S. A. adquirió los derechos posesorios de esa finca mediante un acuerdo privado de buena fe.

Las discrepancias de deslinde son habituales y se resuelven en la jurisdicción civil mediante indemnizaciones.

—Pero Marín no era un inversor dispuesto a esperar a un pleito civil de diez años. Era un trabajador que había entregado todos los ahorros de su vida por un piso que no existía sobre una parcela ajena.

—Y por eso mismo se le ofreció una solución —contestó Aliaga, entrelazando los dedos sobre la mesa—. Se le abonó una suma en metálico por la resolución del contrato de opción de compra.

—¿La firma que figura en esa resolución la estampó él en su presencia?

Aliaga permaneció en silencio durante varios segundos. El zumbido de un reloj de pared marcaba los segundos con la precisión de un metrónomo en la estancia cargada de polvo.

—Ese documento me llegó a través del señor Bezares con el importe ya entregado. Mi labor se limitó a archivarlo y tramitar la baja del expediente comercial.

—¿Sabe usted dónde fue Rogelio Marín tras salir de Fuengirola la tarde del 3 de marzo?

Aliaga se quitó las gafas de concha, las limpió desganadamente con un pañuelo de seda y volvió a mirar a Mateo.

—No lo sé. Y le aconsejo que no trate de averiguarlo en los juzgados de Málaga, señor Rivas. Esta ciudad es pequeña y los hombres que financian las promociones del litoral tienen hilos muy largos que llegan a despachos de ministerios en Madrid donde ni usted ni yo seríamos recibidos.