9 . La sombra de Bezares
14 de abril de 1966
Emilio Bezares no era el típico promotor con aire de aristócrata venido a menos ni el técnico de modales refinados formado en las escuelas de peritos de Madrid.
Era un hombre bajo, de cuello ancho y manos fornidas, que vestía trajes de lino importado ajustados a la cintura con un descaro que buscaba gritar prosperidad reciente a cualquiera que se cruzara en su camino.
Llevaba dos anillos de oro pesado en la mano derecha que relucían cada vez que movía los brazos para enfatizar sus palabras.
Mateo logró interceptarlo a última hora de la tarde en la terraza cubierta del Hotel Tritón, entre Torremolinos y Benalmádena. Bezares apuraba un gin-tonic con hielo junto a dos hombres maduros que llevaban maletines de piel sobre las rodillas y discutían sobre planos de canalización de aguas.
—¿Señor Bezares? —se presentó Mateo, permaneciendo de pie junto a la mesa.
El promotor lo midió con la mirada de arriba abajo. Reparó en la sobriedad de la corbata de Mateo, en el corte austero del traje gris y en la serenidad imputable de sus ojos. Despidió a sus acompañantes con un gesto breve de la mano y señaló la silla vacía con una inclinación de cabeza.
La herida de Bezares no era una prueba. Podía habérsela hecho trabajando. Podía haber golpeado una puerta. Podía incluso haberse peleado con alguien.
Lo anoté y no le concedí más importancia.
Eso me costó.
Durante los primeros días había buscado un culpable demasiado deprisa. Bezares era el candidato perfecto: tenía motivos económicos, había discutido con Rogelio y había intentado que los trabajadores no hablaran.
Pero un candidato perfecto suele ser una mala noticia.
Antes de marcharme le pregunté:
—¿Por qué le molestaba tanto Rogelio?
—Porque quería detener algo que ya estaba en marcha.
—¿Y usted no quería?
Bezares tardó en contestar.
—Yo quería que la costa prosperara.
Era una respuesta que podía ser sincera.
Y precisamente por eso resultaba peligrosa.
—Usted no es comprador, caballero. Tiene toda la facha de un funcionario de Hacienda o de la policía judicial. ¿Qué desea?
—Vengo en representación de la familia de Rogelio Marín —dijo Mateo, sentándose sin prisa—. Su hermana quiere saber qué ocurrió exactamente el 3 de marzo en Fuengirola antes de que su hermano dejara de dar señales de vida.
La sonrisa de Bezares no desapareció, pero se congeló en los bordes. Hizo un leve movimiento con los dedos para llamar al camarero y ordenó otra copa antes de responder.
—Ese asunto está perfectamente liquidado, señor Rivas. El señor Marín decidió no continuar con el contrato. Se le reintegró el importe correspondiente según la cláusula de rescisión anticipada y firmó el finiquito de conformidad. Todo legal, sellado y pasado por la administración de la empresa.
—Examiné el documento en la delegación de Madrid —apuntó Mateo en voz baja, inclinándose ligeramente sobre la mesa—. Y he cotejado la firma con la caligrafía habitual de Marín. No coincide. Y tampoco coincide su versión con los asientos del Registro de la Propiedad en Málaga sobre la finca 4.102.
Bezares soltó una carcajada corta y seca, aunque en sus ojos no había ni un ápice de diversión.
—El Registro de la Propiedad de Málaga es un cañaveral de expedientes del siglo pasado que nadie ha tenido la molestia de actualizar.
Aquí las fincas han cambiado de manos por palabra de honor entre vecinos durante generaciones.
Si nos pusiéramos a esperar a que los registradores aclaren cada linde antes de poner un ladrillo, la Costa del Sol todavía sería una playa de pastores y chozas de paja.
—Marín descubrió que Residencial Costa Azul estaba vendiendo parcelas sobre las que no poseía título limpio —continuó Mateo, ignorando la justificación—. Y amenazó con acudir al juzgado de guardia la tarde en que usted se lo llevó de la nave de Fuengirola.
Bezares dejó caer la copa sobre el posavasos de cartón con un golpe sordo. Su voz perdió el tono afable de vendedor para adoptar la aspereza dura de los hombres que están acostumbrados a abrirse paso a golpes.
—Le voy a dar un consejo gratis, señor Rivas, de los que le pueden evitar un disgusto a un madrileño despistado.
Este país está cambiando muy de prisa. Hay millones de pesetas entrando por las playas, hay puestos de trabajo para miles de campesinos que antes morían de hambre en los olivares y hay ministros en Madrid encantados con las divisas que entran.
Si un pelele de barrio viene a poner palos en las ruedas por cuatro metros de tierra comunal, el sistema lo arrolla sin molestarse en pedir disculpas.
Marín cogió su dinero y se fue. Si no ha vuelto a escribir a su hermana, será porque se habrá buscado una mocita en Algeciras o habrá cruzado la frontera para gastarse los cuartos.
—¿Y si la firma no es suya?
—Si la firma está en el papel, es suya a todos los efectos legales —zanjó Bezares poniéndose en pie y dejando un billete de cien pesetas sobre la mesa—.
No le recomiendo que siga haciendo preguntas en las obras ni molestando a mis empleados.
La costa puede ser un sitio muy solitario por las noches para un hombre que viaja sin compañía.