8 . Pista en Fuengirola
13 de abril de 1966
La pista que llevaba a Fuengirola la obtuvo Mateo de la secretaria Pura en la oficina de ventas de Torremolinos.
Tras insistir respetuosamente y dejarle caer que la familia de Marín estaba dispuesta a iniciar acciones por la vía penal si no se aclaraba el paradero del dinero devuelto, la muchacha terminó confesando que Emilio Bezares no solo operaba en Torremolinos,
sino que tenía una oficina secundaria y una finca particular en las afueras de Fuengirola, donde la empresa guardaba la maquinaria pesada y los materiales de construcción importados.
Mateo tomó el autobús de línea que recorría la costa hacia el sudoeste.
El paisaje entre Torremolinos y Fuengirola era una sucesión ininterrumpida de contrastes violentos: pequeñas calas de pescadores donde las barcas de madera descansaban sobre la arena junto a los cimientos de hormigón de los nuevos complejos hoteleros que amenazaban con tapar el mar.
Llegó a Fuengirola cerca del mediodía. El pueblo era más tranquilo que Torremolinos, más volcado aún a la pesca y a la agricultura tradicional, aunque las avanzadillas del desarrollo inmobiliario ya se dejaban ver en forma de solares vallados y carteles de venta en varios idiomas.
Mateo localizó la nave de Inversiones Costa Azul en un Polígono incipiente a las afueras, junto a la carretera nacional.
Era un recinto cercado por una valla alta de tela metálica donde se alineaban dos camiones de volteo, una hormigonera industrial y toneladas de sacos de cemento apilados bajo lonas alquitranadas.
Manuel tardó bastante en hablar.
—Tengo mujer y dos hijos —dijo—. Yo no quiero problemas.
—No le estoy pidiendo que los tenga.
—Eso dicen todos los que preguntan.
Le expliqué que no buscaba perjudicarlo.
Entonces contó lo del coche negro.
No pudo identificar al propietario. Sí reconoció al conductor por un apodo: Mulo.
También recordó que uno de los acompañantes de Rogelio llevaba zapatos demasiado limpios para una obra.
La observación parecía insignificante.
No lo era.
El hombre bien vestido aparecía de nuevo.
Pero ahora había dos posibilidades: que fuese alguien relacionado con la empresa o que Rogelio estuviera siguiendo a una persona que trabajaba para otra sociedad.
Salí de la obra sin una respuesta.
Pero con una duda mejor.
En el cobertizo que hacía las veces de oficina no estaba Bezares, sino un encargado de obra maduro, con el rostro avejentado por el sol y la calima, que respondía al nombre de Manuel.
—Bezares no suele venir por aquí a estas horas —dijo el encargado mientras comprobaba un albarán de recepción de ladrillos—. Estará en el club náutico o en Málaga cerrando tratos.
Mateo le enseñó la foto de Rogelio Marín. El encargado la miró sin gran sorpresa.
—Sí, lo conozco. El de la fábrica de Madrid. Estuvo aquí dos veces.
—¿A qué vino?
—A buscar a Bezares. La primera vez vino a pedir explicaciones porque la obra de su bloque llevaba parada tres meses.
La segunda vez, a finales de febrero, vino hecho una fiera.
Traía unos papeles del registro y amenazó con ir al juzgado de guardia si no le devolvían hasta el último duro de lo que había pagado más los intereses.
—¿Y qué hizo Bezares?
El encargado miró a ambos lados de la nave antes de responder, bajando la voz.
—Bezares no es hombre de encajar bien los envites, caballero.
Lo hizo pasar a su despacho privado de ahí atrás.
Estuvieron hablando más de una hora a puerta cerrada.
Oí voces altas y el ruido de una silla al caerse.
Cuando ese hombre salió, no parecía el mismo.
Iba pálido, desencajado, sin decir palabra.
Subió al coche de Bezares y se marcharon juntos hacia Málaga.
—¿Volvió a verlo por la nave?
—Nunca más —dijo el encargado volviendo a su albarán—. Al día siguiente, Bezares me dijo que el asunto de la parcela de ese madrileño estaba resuelto y que no volviera a mencionar su nombre si venía alguien a preguntar.
Mateo agradeció la información y abandonó el recinto.
Las piezas del rompecabezas empezaban a encajar con una lógica implacable y sombría: Rogelio no había firmado ninguna rescisión voluntaria en marzo.
Había descubierto la estafa del suelo, había acorralado a Bezares con los documentos del registro y había sido trasladado a la fuerza o bajo engaño fuera de Fuengirola para silenciar el escándalo antes de que perjudicase la venta sobre plano del resto de la promoción.
TERCERA PARTE: LAS SOMbrAS DE LA SIERRA