La sombra del progreso (Mateo Rivas 2) 7 . El archivo de Málaga
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7 . El archivo de Málaga

12 de abril de 1966

El edificio de los antiguos juzgados de Málaga olía a papel viejo, a humedad acumulada durante décadas y al tabaco rancio de los pasantes que aguardaban en los pasillos.

El archivo provincial de la propiedad era un sótano sin ventanas, iluminado por tubos fluorescentes que zumbaban con un parpadeo molesto.

Mateo pasó dos horas frente a una mesa de madera verde, esperando a que el oficial del archivo, un hombre anciano llamado Don Antonio que llevaba chaleco de lana bajo la chaqueta a pesar del calor fuera,

le trajera los tomos correspondientes a las fincas rústicas del término municipal de Torremolinos parceladas entre 1962 y 1965.

—Aquí tiene —dijo el archivero depositando dos legajos pesados que levantaron una nube de polvo sobre la mesa—.

Si busca fincas de la franja litoral, se va a encontrar con un rompecabezas.

Esas tierras antes no valían nada, eran secanos y dunas donde solo crecían pitas.

Los expedientes de deslinde son antiguos, de los años veinte, y muchos están incompletos.

Mateo abrió el primer tomo y comenzó a revisar las anotaciones registrales con la ayuda de sus gafas de lectura.

Las fincas donde se estaba levantando el Residencial Costa Azul figuraban originalmente a nombre de una familia de agricultores locales, los Herédia.

En 1963, la propiedad había sido dividida en tres parcelas.

Dos de ellas fueron vendidas legalmente a Inversiones Costa Azul.

Pero la tercera parcela, la finca número 4.102, que ocupaba la franja de terreno más cercana a la playa —justo donde debían ir los bloques principales del residencial—, presentaba un historial extraño.

La dificultad del expediente era precisamente que parecía legal.

Los documentos tenían sellos. Las referencias coincidían. Las fechas podían justificarse. El problema aparecía cuando uno colocaba los papeles en orden y preguntaba qué había ocurrido entre una fecha y otra.

La finca 4.102 había cambiado de manos sobre el papel con una rapidez que no correspondía a la historia que aparecía en las referencias anteriores.

No podía afirmar que fuera una operación fraudulenta.

Pero sí podía afirmar que Rogelio había encontrado algo real.

Cuando mencioné su nombre, Aliaga no pareció sorprendido.

—Era un hombre insistente.

—¿Le molestaba?

—No. Los hombres insistentes suelen equivocarse menos que los confiados.

Aquella respuesta me desconcertó.

Aliaga no parecía defender a Bezares.

Tampoco parecía atacar a Rogelio.

Parecía saber que, tarde o temprano, alguien acabaría preguntando.

No figuraba ninguna venta directa a la constructora.

En su lugar, aparecía una nota marginal anotada a lápiz y confirmada por una diligencia posterior: la finca había sido objeto de un expediente de dominio tramitado por un juzgado de primera instancia a favor de una sociedad intermedia llamada Solares del Sur S.

A., cuyo apoderado legal era, de nuevo, Domingo Aliaga.

Mateo examinó la firma de la diligencia judicial. El expediente se había resuelto en un tiempo récord de tres semanas, sin que constase la notificación debida a los herederos de los antiguos propietarios ni la publicación de los edictos en el boletín oficial.

—Don Antonio —llamó Mateo al archivero en voz baja—. ¿Esta nota marginal de la finca 4.102 fue redactada por el registrador titular de la época?

El viejo se acercó, se ajustó las gafas bifocales y miró el trazo con detenimiento. Su expresión se volvió cauta.

—Esa letra es del antiguo oficial mayor, el señor Perales. Se jubiló hace dos años.

—¿Y es normal este tipo de anotación tan rápida en un expediente de dominio?

El archivero miró hacia la puerta del sótano para asegurarse de que estaban solos antes de responder.

—En aquellos años, caballero, cuando empezó la fiebre del suelo en la costa, hubo mucha prisa por poner a nombre de sociedades anónimas parcelas cuyos títulos de propiedad eran dudosos o pertenecían a familias modestas que no tenían dinero para pleitear.

Si una sociedad presentaba dos testigos y un documento privado de compraventa de fecha antigua, los expedientes salían adelante sin hacer demasiadas preguntas.

—¿Y qué pasó con Rogelio Marín? ¿Vino él a consultar este mismo tomo?

El archivero frunció el ceño, haciendo memoria.

—Sí... ahora que lo dice, sí. Un hombre con cara de trabajador, muy educado, estuvo aquí en febrero.

Estuvo mirando exactamente esta misma página.

Recuerdo que me pidió una nota simple del asiento y estuvo gritando en el pasillo diciendo que aquello era una estafa, que la constructora no tenía título para edificar en esa parcela.

Tuve que pedirle que se marchara porque estaba alterando la tranquilidad del servicio.

Mateo cerró el tomo despacio. Rogelio había descubierto el fraude registral.

Había comprendido que los apartamentos que les estaban vendiendo a él y a decenas de modestos ahorradores se estaban construyendo sobre un terreno cuyo título de propiedad era nulo y que podía ser embargado o reclamado en cualquier momento por la vía judicial.