6 . El registro en la pensión
11 de abril de 1966
La pensión San Miguel ocupaba el piso superior de una casa de huéspedes en una de las calles interiores del pueblo, alejada del bullicio de la playa.
Olía a cera de pisos, a lejía y a la sopa de fideos que la dueña, una viuda silenciosa llamada Doña Adela, preparaba a mediodía para los tres o cuatro huéspedes fijos.
Mateo regresó a su habitación a última hora de la tarde, cansado tras pasar varias horas infructuosas en la delegación de Correos rastreando giros o cartas devueltas.
Al girar la llave en la cerradura de su cuarto, notó una resistencia anómala, un ligero chasquido metálico que no estaba allí cuando salió por la mañana.
Entró despacio, cerrando la puerta a sus espaldas sin hacer ruido.
A simple vista, nada parecía fuera de su sitio: la cama de hierro estaba hecha con la misma tirantez pulcra de Doña Adela y la maleta continuaba bajo la mesa.
Pero Mateo era un hombre de hábitos meticulosos.
Antes de salir, siempre dejaba la libreta de notas de tapa dura colocada en el cajón de la mesilla en una posición exacta, alineada con el borde de madera, y con un hilo invisible de alfiler atrapado en la solapa interior.
No encontré una prueba que resolviera el caso. Encontré algo que me hizo desconfiar.
La habitación había sido registrada por alguien que sabía qué buscaba o, al menos, que sabía que no debía dejar señales. El cajón estaba cerrado. La cama hecha. Las prendas en su sitio.
Demasiado orden.
Me agaché junto al escritorio y pasé un dedo por el borde interior. Allí quedaba una línea limpia en el polvo.
Alguien había sacado algo.
Pensé en Rogelio.
Después pensé en mí.
Si alguien había registrado aquella habitación después de su desaparición, quizá estaba buscando un documento. Pero si ese documento ya no estaba allí, quedaban dos posibilidades: alguien se lo había llevado o Rogelio había conseguido ocultarlo antes.
Entonces recordé el calco que me había entregado Consuelo.
Por primera vez comprendí que podía estar llevando encima algo por lo que otra persona estaría dispuesta a entrar en mi habitación.
El hilo ya no estaba. La libreta había sido movida un par de centímetros hacia la izquierda y el cajón no cerraba del todo bien, atascado por un doblez del papel de periódico que forraba el fondo.
Mateo no encendió la luz de la mesilla. Se acercó a la ventana que daba al patio interior y observó el callejón.
Alguien había entrado en su cuarto, había hojeado sus notas sobre Inversiones Costa Azul, Domingo Aliaga y Bezares, y se había marchado sin llevarse nada de valor.
La intención no era el robo, sino el control.
Querían saber exactamente cuánto sabía el detective madrileño y a quién había estado entrevistando.
Bajó las escaleras y encontró a Doña Adela en el zaguán, repasando las cuentas en una libreta de hule.
—Doña Adela, ¿ha subido alguien a mi habitación mientras yo no estaba? —preguntó con tono neutro.
La mujer parpadeó sorprendida, ajustándose las gafas sobre la nariz.
—¿Subir? Nadie, Don Mateo. Solo yo a hacer la cama a eso de las once.
Bueno... —se lo pensó un segundo, frunciendo los labios— a primera hora de la tarde vino un muchacho joven, muy educado.
Decía que traía un aviso urgente de la oficina de correos para usted.
Le dije que usted no estaba y se ofreció a dejar la nota sobre su mesa.
Subió apenas dos minutos y volvió a bajar.
Pensé que era un mozo del servicio de telegramas.
—¿Cómo era ese muchacho?
—Joven, delgado. Llevaba una gorra gris y una chaqueta de punto azul oscuro. No le vi bien la cara porque llevaba prisa. ¿Pasa algo malo?
—No, nada grave —mintió Mateo esbozando una sonrisa tranquilizadora—. Solo un malentendido con un paquete que esperaba. Gracias, Doña Adela.
Subió de nuevo a la habitación, echó el cerrojo interior y se sentó en el borde de la cama.
La investigación había dejado de ser un simple rastreo de un comprador engañado.
Su presencia en Torremolinos ya no pasaba desapercibida, y quienquiera que hubiese enviado a aquel mozo a registrar sus cosas tenía recursos y prisa por saber hasta dónde pensaba llegar.