5 . La playa de la Carihuela
10 de abril de 1966
El aire matutino en la Carihuela olía a brea quemada, a salitre viejo y al humo denso de las brasas sobre las que los pescadores asaban las sardinas ensartadas en cañas de madera.
Era un barrio que se resistía a desaparecer, embutido entre el gigante de hormigón del Pez Espada y los desmontes de tierra roja donde los bulldozers preparaban el terreno para la siguiente línea de chalés.
Las casas de los pescadores, bajas y encaladas hasta la albardilla, mostraban desconchones de humedad que la cal reciente no lograba ocultar del todo.
Mateo caminó por la playa hasta encontrar al hombre por el que había preguntado en el puesto de la cofradía: el tío Frasco.
Lo encontró remendando una red verde tendida sobre la arena, con la parsimonia de quien lleva cincuenta años haciendo el mismo movimiento de lanzadera sin mirar los dedos.
Era un hombre enjuto, curtido por el sol hasta adquirir el tono de la suela de zapato, con unos ojos pequeños y desconfiados que apenas se levantaron cuando la sombra de Mateo se proyectó sobre la malla.
—No soy de la inspección de trabajo ni de la marina —se anticipó Mateo, adivinando la rigidez del viejo.
Frasco no se ganó la fama de hombre prudente por casualidad. Antes de contestar a mis preguntas quiso saber cuánto conocía yo.
—¿Y usted qué piensa que le pasó?
—Todavía no lo sé.
—Eso es mejor que venir con la respuesta preparada.
Nos quedamos un rato mirando el movimiento de la playa. Había hombres trabajando en las obras y, entre ellos, gente que parecía pertenecer a dos épocas distintas. Unos hablaban de pesca y de mareas. Otros hablaban de solares, precios y metros cuadrados.
Rogelio había visto aquella misma frontera.
Quizá por eso había empezado a preguntar.
Frasco recordó entonces al hombre bien vestido. No estaba seguro de quién era, y esa incertidumbre resultó más útil que una identificación precipitada.
—Discutieron por un papel —dijo.
—¿Qué papel?
—Un plano.
La respuesta volvió a llevarme al mismo sitio.
La tierra.
—Eso ya lo sé —respondió el tío Frasco sin pausar las hands—. Los de la inspección llevan zapatos limpios y usted trae el polvo de la carretera metido en las costuras del pantalón. ¿Qué quiere?
Mateo le enseñó la fotografía de Rogelio Marín. El anciano detuvo la lanzadera un segundo, rozó la foto con la yema del pulgar manchada de alquitrán y soltó un bufido antes de devolverla.
—El madrileño de la chaqueta de pana. Estuvo por aquí a finales de febrero. Venía mucho a sentarse ahí, en la terraza de la tasca del Bizco, a mirar el mar y a hacer preguntas tontas.
—¿Qué clase de preguntas tontas?
—Preguntaba quién era el dueño de la loma del bajondillo, de quién eran las parcelas antes de que pusieran las vallas de alambre y de dónde salía el agua para las obras.
Le dije que en este pueblo las tierras siempre han sido de los cuatro de siempre o de los forasteros que traen maletines, y que a los hombres de la mar esas cosas nos traen al fresco mientras no nos quiten la playa para varar los barcos.
Pero él insistía. Decía que tenía un papel donde ponía que su terreno llegaba hasta el límite de la antigua finca de los Olivos.
—¿Le contó si había hablado con alguien de la constructora?
—Contó que se había enfrentado a uno de los encargados.
Decía que le estaban vendiendo el mismo piso a dos personas distintas y que los lindes de la promoción se metían en un terreno comunal que ni siquiera estaba vendido.
Estaba alterado. Un día vino gritando que tenía que ir al archivo del juzgado en Málaga a pedir un plano viejo para taparle la boca a un tal Bezares.
—¿No volvió a verlo después de eso?
—No. Una tarde vino un coche negro, de esos grandes que parecen carrozas de muerto, lo recogió cerca del cruce de la nacional y no volvió a aparecer por la tasca. Pensamos que se habría vuelto a Madrid aburrido de pelear con los papeles.
Mateo anotó el detalle en su libreta. El sol apretaba ya con fuerza y el ruido de una excavadora lejana amortiguaba la rompiente de las olas. La voz de Frasco sonaba cansada, no solo por los años, sino por la resignación de ver su mundo sepultado bajo toneladas de grava y cemento.