La sombra del progreso (Mateo Rivas 2) 4 . Rumbo al Sur
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4 . Rumbo al Sur

4 de abril de 1966

El tren nocturno Expreso del Sol partió de la estación de Atocha a las diez y media de la noche. Mateo viajaba en un compartimento de segunda clase, compartiendo banco de madera con un perito agrícola que iba a Jaén y un viajante de comercio que transportaba muestras de calzado de Elda.

El traqueteo del vagón sobre las vías marcaba un ritmo uniforme y monótono. Fuera, la noche castellana era una mancha negra e impenetrable quebrada solo por la luz distante de las estaciones solitarias.

El viaje me sirvió para ordenar las preguntas.

No sabía si Rogelio estaba vivo. No sabía si la firma era una falsificación deliberada o una maniobra para cerrar un asunto comercial sin levantar sospechas. No sabía qué relación exacta había entre Costa Azul y Solares del Sur.

Y, sobre todo, no sabía por qué una sociedad extinguida en Valladolid seguía dejando pequeñas huellas en operaciones de la costa.

En el compartimento, antes de apagar la luz, abrí el cuaderno y dibujé un rectángulo para representar la finca. Sobre él tracé las dos líneas que aparecían en el calco de Rogelio.

No coincidían.

Alguien había cambiado una línea.

Todavía no sabía si esa línea valía dinero.

En aquella España, empezaba a aprender, una línea sobre un papel podía valer mucho más de lo que parecía.

Mateo repasó mentalmente las piezas del rompecabezas antes de intentar dormir.

Rogelio Marín, delineante metódico y ahorrador de Vallecas, descubre un fraude en la promoción de Torremolinos.

Viaja a la costa en febrero. Descubre que el piso que le han vendido se edifica sobre un terreno sin título limpio.

Amenaza con acudir al juzgado de guardia.

El 3 de marzo desaparece. La empresa presenta un documento de rescisión con una firma falsa.

Detrás de la operación están Emilio Bezares, el promotor ambicioso con contactos políticos, y Domingo Aliaga, el letrado astuto que maneja las sombras registrales.

Mateo sacó de su maleta la postal de Rogelio que le había entregado Consuelo. Contempló la foto en blanco y negro de la playa de la Carihuela: barcas de pescadores secándose al sol sobre la arena, redes tendidas y, al fondo, la silueta imponente del Hotel Pez Espada recién inaugurado.

Era el choque de dos mundos. El país antiguo de los pescadores y los huertos frente a la marea imparable de hormigón, dinero rápido y turismo extranjero.

Y en medio de esa frontera que se transformaba día a día, la figura insignificante de un trabajador madrileño que había cometido el error de reclamar lo que era suyo.

El tren cruzó Despeñaperros con un gemido de los ejes al entrar en la red andaluza.

Mateo guardó la foto, se acomodó la chaqueta a modo de almohada contra la pared del vagón y cerró los ojos.

Sabía que al llegar a Málaga la investigación dejaría de ser un asunto de papeles y firmas para convertirse en un rastreo sobre el terreno, donde las respuestas solían ser más duras y peligrosas.

SEGUNDA PARTE: EL BARRO DE LA COSTA