3 . El contacto en el Colegio Notarial
3 de abril de 1966
Antes de tomar el tren nocturno hacia el sur, Mateo decidió realizar una última gestión en Madrid.
Acudió al archivo del Colegio Notarial, en la calle Ruiz de Alarcón, donde trabajaba un antiguo compañero de la policía armada, Ezequiel, que había dejado el cuerpo años atrás para ocupar un puesto de auxiliar administrativo.
Ezequiel lo recibió en el sótano del edificio, entre hileras infinitas de tomos encuadernados en piel de becerro que olían a pergamino y cera rancia.
—Mateo, dichosos los ojos —dijo Ezequiel, estrechándole la mano con efusividad—. ¿Qué te trae por este pozo de papeles viejos?
—Necesito información sobre una sociedad anónima: Inversiones Costa Azul. Y sobre un apoderado llamado Domingo Aliaga.
Ezequiel volvió a cerrar el libro de índices y se quedó mirando la cubierta.
—Hay algo que debe entender —dijo—. Los papeles pueden ser correctos y, aun así, contar una historia que no sea cierta.
—Eso es precisamente lo que sospecho.
—Entonces no mire solamente las firmas. Mire el orden.
—¿El orden?
—Quién aparece primero, quién aparece después y quién desaparece entre una escritura y otra.
Tomé nota.
Aquello me dio una forma distinta de leer el expediente. No buscaba ya una prueba aislada. Buscaba una secuencia.
Antes de irme, Ezequiel volvió a mencionar la sociedad de Valladolid.
—No le dé demasiada importancia todavía.
—¿Por qué me lo dice?
—Porque cuando una cosa aparece dos veces, uno empieza a verla en todas partes.
Salí pensando que quizá tenía razón.
También pensé que quizá no.
Ezequiel frunció el ceño, sacó un pañuelo para limpiarse las gafas y se acercó a un índice alfabético de sociedades registradas.
—Inversiones Costa Azul... Sí, esa firma ha estado haciendo ruido en los últimos dos años.
Se constituyó en Madrid en 1962 con un capital social modesto, pero en el 64 recibió un fuerte desembolso de capital extranjero a través de una cuenta omnibus en Tánger.
El administrador único en la costa es Emilio Bezares, un antiguo contratista de obras públicas que se enriqueció durante los años cincuenta con las canalizaciones del Plan Badajoz.
—¿Y Domingo Aliaga?
Ezequiel pasó la página del índice y detuvo el índice en un asiento resaltado con tinta roja.
—Aliaga es un letrado de Málaga. Un tipo listo, de los que conocen al dedillo las grietas de la ley de arrendamientos y el registro de la propiedad.
Aparece como apoderado legal de varias sociedades pantalla creadas para comprar suelo rústico a bajo precio en la franja litoral de Torremolinos, Fuengirola y Marbella.
Compra fincas de secano a labradores confiados por cuatro perras, tramita un cambio de uso exprés en los ayuntamientos y se las vende a la promotora por el triple.
—¿Ha habido denuncias contra ellos?
—Oficialmente, ninguna —respondió Ezequiel bajando la voz—.
Bezares tiene amigos importantes en la gobernación civil de Málaga y en el ministerio de Información y Turismo.
Todo lo que hace se vende como 'progreso nacional'.
Si un comprador modesto intenta protestar porque los lindes de su piso se pisan con los del vecino, le devuelven el dinero bajo cuerda o le amenazan con metelo en un pleito civil que duraría diez años en los juzgados.
Mateo anotó los nombres de las sociedades pantalla y los datos de la cuenta en Tánger.
—Hay un hombre de Vallecas que fue a pedirles explicaciones el mes pasado —dijo Mateo—. Y no ha vuelto a su casa.
Ezequiel miró a su amigo con gesto preocupado.
—Ten cuidado si vas a la costa, Mateo. Allí abajo las cosas están cambiando demasiado de prisa. Hay muchos millones en juego y la ley aún no ha llegado a las playas de Torremolinos. Para esa gente, un estorbo es solo un problema de obra que se resuelve tirando un poco más de hormigón.