2 . El expediente de la calle Alcalá
2 de abril de 1966
La delegación madrileña de Inversiones Costa Azul S.
A. ocupaba un entresuelo luminoso en la calle Alcalá, a pocos minutos de la plaza de Cibeles.
El suelo de mármol pulido, los carteles publicitarios a todo color que mostraban a familias sonrientes en playas paradisíacas y las maquetas de escayola de los bloques de pisos transmitían un aire de opulencia impecable.
Mateo entró a las once de la mañana. Se hizo pasar por el representante legal de un grupo de inversores interesados en adquirir varias unidades sobre plano en el proyectado Residencial Costa Azul.
Un empleado joven, de cabello engominado y traje cruzado de raya diplomática, lo recibió con una sonrisa ensayada.
—Bienvenido a Inversiones Costa Azul, caballero. Llega usted en el momento oportuno. Las fases tres y cuatro de la promoción de Torremolinos están prácticamente vendidas a compradores británicos y alemanes. Es la oportunidad del siglo. El turismo en la Costa del Sol no ha hecho más que empezar.
La primera visita a la empresa me dejó una impresión que no podía poner todavía en un informe. No era desorden. Era exactamente lo contrario. Todo parecía colocado para ser visto y nada parecía dispuesto para ser preguntado.
La maqueta del Residencial Costa Azul ocupaba una mesa entera. A su alrededor había folletos con fotografías de piscinas, jardines y balcones. En ninguna fotografía aparecía el terreno antes de la construcción.
Pedí los planos antiguos. El empleado dijo que no los tenía.
Aquello no demostraba nada.
Pero Rogelio no había viajado hasta Torremolinos para discutir sobre piscinas.
De regreso en el despacho, comparé las líneas de la finca con la firma del documento.
La diferencia entre una firma auténtica y una imitada puede ser mínima para un profano.
Para alguien acostumbrado a mirar documentos durante años, hay pequeños cambios de presión, velocidad y dirección que resultan difíciles de ocultar.
No podía acusar a nadie.
Solo podía seguir.
—Me alegra oírlo —dijo Mateo con voz afable, apoyándose en la maqueta—. Me interesa especialmente la primera fase. Un cliente mío tiene interés en adquirir una cesión de contrato de un comprador anterior. Me habló de un tal Rogelio Marín, que al parecer resolvió su opción el mes pasado.
La sonrisa del empleado vaciló apenas una milésima de segundo. Desvió la mirada hacia un despacho interior cuya puerta de cristal opaco permanecía entornada.
—El señor Marín... sí, me suena el nombre. Hubo un reajuste administrativo en su expediente. Pero me temo que esa unidad ya ha sido adjudicada a una sociedad de inversiones.
—¿Podría ver el documento de rescisión? Mi cliente quiere asegurarse de que no hay cargas pendientes ni reclamaciones futuras por parte del señor Marín.
El joven dudó, pero la presencia serena de Mateo y su tono de autoridad burocrática terminaron por imponerse. Fue hacia un archivador metálico del fondo, sacó una carpeta de cartulina verde y extrajo una fotocopia del documento firmado el 3 de marzo.
Mateo tomó la hoja y la examinó con detenimiento bajo la luz de la lámpara de mesa.
El documento estipulaba la devolución de noventa mil pesetas en metálico y la renuncia expresa del comprador a cualquier acción legal contra Inversiones Costa Azul S.
A. En la parte inferior figuraba una firma con el nombre de Rogelio Marín.
Mateo extrajo de su bolsillo interior una postal auténtica que Consuelo le había entregado esa mañana.
A simple vista, el trazo parecía idéntico.
Pero Mateo había pasado cinco años en el gabinete de inspección documental de la policía.
Se fijó en los remates de las letras R y M: la firma del documento presentaba una pequeña vacilación en el trazo inicial, una presión irregular que delataba un dibujo lento, copiado de una muestra, y no el trazo fluido y espontáneo de la caligrafía real de Marín.
—¿Quién estuvo presente cuando el señor Marín firmó esta cancelación? —preguntó Mateo, devolviendo la hoja.
—Eso se tramitó directamente en las oficinas centrales de la obra, en Fuengirola —contestó el empleado, recogiendo la carpeta con prisa—. El expediente fue gestionado por nuestro apoderado en la provincia, Don Domingo Aliaga. Aquí solo recibimos la copia para el archivo central.
—Entiendo. Muchas gracias por su tiempo.
Mateo abandonó la oficina. En la acera de la calle Alcalá, bajo una llovizna que empezaba a amainar, encendió otro cigarrillo.
Rogelio Marín no había firmado esa rescisión voluntaria.
Alguien había fraguado el documento en la costa para justificar la desaparición de su nombre de los registros comerciales de la promotora.