La sombra del progreso (Mateo Rivas 2)
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1. La oficina de la calle Fuencarral
1 de abril de 1966
El mes de abril entró en Madrid con una lluvia fina y fría que barnizaba el asfalto de la calle Fuencarral y hacía brillar los adoquines frente al portal del número 42.
En el segundo piso, tras una puerta de madera de roble con el letrero Mateo Rivas.
Investigaciones Privadas pintado en letras doradas casi desgastadas, la mañana transcurría con la lentitud habitual de las épocas de poco trabajo.
Mateo Rivas estaba sentado tras su escritorio de castaño, observando el humo de su cigarrillo Subterráneos ascender en espirales hacia el techo alto de molduras de yeso.
Tenía cuarenta y dos años, la mirada serena de quien ha visto demasiado durante los años del servicio en la policía armada y una sobriedad en el vestir que rozaba la austeridad.
Sobre la mesa, un mapa topográfico de la provincia de Málaga y un vaso de café frío que no pensaba terminar.
La puerta de la entrada sonó con dos golpes secos y dudosos. Mateo apagó el cigarrillo en el cenicero de bronce, ajustó el nudo de su corbata oscura y se puso en pie.
—Adelante.
La mujer que cruzó el umbral aparentaba unos treinta y cinco años, aunque las arrugas marcadas en torno a sus ojos y la tensión de la boca le añadían un aire de fatiga madura.
Vestía un abrigo de paño oscuro, sencillo pero impecable, y sostenía entre sus manos enguantadas un bolso de piel gastada con la firmeza de quien guarda allí un secreto trágico.
—¿El señor Rivas? —preguntó con voz baja pero firme.
Antes de que Consuelo terminara de explicarse, observé sus manos.
No dejaban de moverse sobre el borde de la carpeta.
Era un gesto pequeño, casi imperceptible, pero decía más que la tranquilidad con la que hablaba de su hermano.
Quien viene a pedir ayuda porque alguien se ha marchado suele traer una mezcla de rabia y desconcierto. Consuelo traía miedo.
Le pregunté por las costumbres de Rogelio, por sus amistades, por el trabajo y por la razón concreta que lo había llevado a la costa. Contestó con precisión, pero evitó una pregunta sencilla: qué era exactamente aquello que Rogelio había encontrado.
No quise forzarla. Una persona que oculta algo al principio no necesariamente está protegiendo al culpable. A veces protege al desaparecido.
Aquella noche, cuando me quedé solo, repasé la fotografía. El rostro de Rogelio no tenía nada extraordinario. Eso me inquietó. Los hombres que desaparecen por asuntos importantes rara vez saben que están entrando en una historia que acabará perteneciendo a otros.
—El mismo. Pase y tome asiento, por favor.
La mujer se sentó en la silla de confidencia, manteniendo la espalda recta. Se quitó los guantes con movimientos lentos, dejando al descubierto unas manos curtidas por el trabajo de oficina o la aguja.
—Me llamo Consuelo Marín —dijo, mirando directamente a los ojos de Mateo—. Vengo a buscar a mi hermano, Rogelio. Ha desaparecido en Torremolinos y nadie en Madrid ni en la policía parece dispuesto a tomarse el asunto en serio.
—Cuénteme desde el principio, doña Consuelo —dijo Mateo, abriendo una libreta de tapas duras y sacando su pluma estilográfica—. ¿Cuándo fue la última vez que tuvo noticias de él?
—El 3 de marzo. Rogelio es delineante en una fábrica de maquinaria en Vallecas.
Llevaba tres años ahorrando peseta a peseta para comprar un piso en la costa.
Le hacía ilusión tener un sitio para llevar a nuestra madre en verano, antes de que la anciana empeorara del todo.
Encontró una promoción que se anunciaba en el periódico, Residencial Costa Azul, y en febrero viajó para ver los terrenos y firmar la opción de compra.
—¿Y qué ocurrió en marzo?
—Me escribió una carta desde la pensión donde se hospedaba en Torremolinos.
Decía que había surgido un problema grave con las escrituras del terreno, que la constructora estaba vendiendo sobre plano viviendas que no tenían licencia ni título limpio en el Registro de la Propiedad.
Dijo que iba a entrevistarse con el promotor, un tal Emilio Bezares, para exigir la devolución de su dinero o ir directamente al juzgado de guardia en Málaga.
Consuelo hizo una pausa, sacó un pañuelo de encaje del bolso y apretó los dedos contra el tejido.
—Esa fue la última carta. A los diez días, al ver que no regresaba ni contestaba a mis telegramas, fui a la delegación que la promotora tiene aquí en la calle Alcalá.
Un empleado de modales finos me dijo que Rogelio había cancelado el contrato voluntariamente, que le habían devuelto la señal en metálico y que se había marchado por su cuenta.
Me enseñaron un documento con su firma. Pero yo conozco la letra de mi hermano, señor Rivas.
Esa firma es una falsificación descarada.
Mateo tomó nota en su libreta.
—¿Ha denunciado el hecho en la comisaría de su barrio?
—Sí —Consuelo dejó escapar una sonrisa amarga—.
Me dijeron que un hombre adulto es libre de marcharse donde quiera con su dinero.
Sugirieron que se habría buscado una mujer en la costa o que habría cruzado a Francia para no volver.
Pero Rogelio adora a nuestra madre. Jamás la habría dejado sola sin avisar.
Algo malo le ha pasado en Torremolinos, señor Rivas.
Y si la policía no va a buscarlo, tendrá que hacerlo usted.
Mateo cerró la libreta despacio. La mirada de desesperación atemperada de la mujer le resultó dolorosamente familiar.
Era el eco de la España de los años sesenta: un país que se lanzaba de cabeza al desarrollo urbanístico y al turismo mientras las vidas de los hombres comunes quedaban aplastadas entre los engranajes de los grandes negocios.
—Iré a Torremolinos, doña Consuelo —dijo Mateo con tono tranquilo—. Pero antes necesito revisar esa correspondencia y los documentos del contrato que conserva de su hermano.