Capítulo 37
En la actualidad
El sol luce en lo alto, pero una brisa fresca suaviza el calor del verano.
Carmen está sentada en la terraza del bar del pueblo, junto a Alicia y Ernesto.
Las sillas de metal crujen bajo el peso de los cuerpos relajados.
En la mesa se enfrían tres cafés, dos con hielo y uno solo, humeante.
A su alrededor, el murmullo tranquilo de las conversaciones y el tintinear de cucharillas contra el cristal dibujan la escena de una mañana cualquiera.
Pero lo que ella les acaba de contar no tiene nada de ordinario.
—¿Y el collar? —pregunta Alicia, apoyando los codos sobre la mesa.
Carmen da un sorbo a su café antes de responder.
—Se lo quedó la policía —contesta—. Tomás lo entregó y lo más probable es que acabe en Francia, en un museo. Parece ser que perteneció a la corte de María Antonieta y que en la actualidad, en el mercado negro, valdría varios millones de euros.
Impresionado, Ernesto silba y, con una sonrisa sincera, dice:
—Tu abuela estaría orgullosa de ti.
Carmen mira a lo lejos, donde el campo se extiende y el pueblo se diluye. Una ráfaga de aire le mueve un mechón de pelo que ella no aparta.
—Ojalá —susurra—. A veces creo que todo esto empezó con ella.
Alicia le aprieta la mano, cálida, fuerte.
—Y lo has terminado tú.
Una campana suena a lo lejos, marcando las doce. El verano sigue su curso, pero algo ha cambiado.
—Me parece increíble —interviene Ernesto, girando su taza entre las manos— que el mayoral se trajese un collar tan valioso robado desde Francia y que haya estado oculto tanto tiempo.
—Gracias a la lana, ¿eh? —añade Alicia—. Cuesta creer que fuese tan importante.
—Y que ahora no valga nada —apunta Carmen, negando con la cabeza—. La poca lana que se consigue vender acaba viajando a China para ser tratada.
—Además tu abuela vivió toda su vida en la casa del mayoral —continúa Ernesto.
Carmen sonríe con los labios cerrados.
—La casa… —murmura antes de alzar la voz—: He convencido a mis padres para que no la vendan. Yo me haré cargo de los gastos.
—¿En serio? —se sorprende Alicia.
—No sé, supongo que quiero que siga en pie. Aunque sea solo para sentarme algún día, tranquila, y recordar todo esto como algo que me ocurrió una vez. Además, así puedo invitaros a venir más veces cuando el calor de Madrid sea insoportable.
Ellos se ríen y disfrutan del día juntos, hasta que llega la hora de volver a la ciudad.
Carmen cierra la puerta del coche con el codo, pues porta dos cajas de cartón apiladas en los brazos. Se ha despedido de Alicia y de Ernesto hace apenas unos minutos, y ahora camina hacia la puerta de la casa de su abuela, pero una voz conocida la detiene:
—¿Así que ahora te has mudado aquí?
La joven se gira de golpe y las cajas casi se le resbalan.
Hugo está apoyado en la tapia, con las manos en los bolsillos, el pelo un poco más largo que antes y la camisa arremangada hasta los codos.
Su mirada contiene el mismo brillo que la primera vez que se encontraron por casualidad en Fuentidueña.
—No —responde ella esbozando una sonrisa—. Solo he traído algunas cajas. He terminado la mudanza en Madrid y me pareció buena idea dejar algunas cosas aquí.
No se han visto desde aquella noche. Después del susto, del collar y del secuestro, Carmen lo acompañó al hospital y después a casa.
Se quedó hasta que lo vio acostado en su cama, medio dormido, con Nero enroscado a los pies y el señor Antonio a su lado, murmurando algo entre dientes y sujetándole la mano como un padre.
Desde entonces, solo algún mensaje corto.
Y ahora están aquí, otra vez, frente a la misma puerta.
—¿Y qué piensas hacer con la casa? —pregunta él.
—No lo sé —contesta—. De momento, quedarme unos días y ponerla un poco en orden. Respirar.
—¿Te ayudo con las cajas?
Carmen se las tiende y, juntos, entran en la casa. El aire de dentro tiene aún ese olor a cerrado, pero también hay algo nuevo. Quizá sea por la luz que se cuela por la ventana, o por las cajas sin abrir apoyadas en el suelo.
Ella deja las llaves sobre la cómoda y se gira hacia él.
—¿Y tú? —quiere saber—. ¿Cómo estás?
Hugo se encoge de hombros con una media sonrisa. La herida junto a la sien ha cicatrizado y apenas se nota.
—Mejor. Nero no me deja solo ni un minuto. Y Antonio me trae mermelada igual que si fuera medicina. Supongo que sobreviviré.
Ella también sonríe.
—Siento mucho lo que pasó…
—No fue culpa tuya. ¿Quién iba a imaginar que las joyas tendrían tanto valor y que esos buscadores de tesoros me iban a encerrar?
Pero no hablemos más del tema. He venido a traerte algo —confiesa él, metiendo una mano en el bolsillo del pantalón, y saca un sobre de papel grueso, arrugado por el viaje.
—¿Qué es?
—Entradas —contesta él—. Para la Japan Weekend de Madrid. Es a finales de septiembre. Creo que no hemos comenzado con buen pie y como vi que te gustaban los cómics cuando estuve en tu piso, he pensado que podría acompañarte.
Ella coge el sobre y sus dedos rozan los de él.
Se quedan de pie en medio del salón. La luz cálida cae sobre ellos cuando Carmen da un paso y se besan.
No es un beso rápido ni impaciente. Es un beso que recoge todo lo que no dijeron, todo lo que temieron.
Un beso que sabe a futuro, aunque no tenga forma aún.