La sombra del mayoral Capítulo 36
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Capítulo 36

El imponente edificio se alzaba ante ellos iluminado por la luz blanca de la luna llena. Pasaron junto a un poste de madera, donde alguien había grabado a navaja «Hospital para peregrinos» y, sin detenerse, se dirigieron hacia la casa de la boticaria.

Andrés golpeó la aldaba con energía. La pieza de hierro, con forma de garra, chocó contra la placa metálica y el sonido seco retumbó en la quietud del valle. Esperó un instante, inquieto, y volvió a llamar, escuchando el canto monótono de los grillos.

—¿Qué horas son estas? —dijo por fin una voz familiar al otro lado de la puerta.

El mayoral exhaló con alivio cuando Marta abrió el ventanuco y entrecerró los ojos, tratando de distinguir en la oscuridad el rostro frente a ella. Cuando lo reconoció, esbozó una fugaz sonrisa, que se desvaneció al posar los ojos en el cuerpo que Andrés sostenía entre los brazos.

—¡Por los clavos de Cristo! ¿Pero qué diantres…? —exclamó mientras abría la puerta.

La boticaria vestía el mismo traje con el que la había visto por primera vez, como si aún no se hubiera acostado.

Andrés lo confirmó al ver un libro abierto sobre la mesa de trabajo, iluminado por la luz de un candil.

El mayoral cruzó la entrada y ella le indicó, como hizo un año atrás, el acceso a la sala del hospital.

Había otros dos enfermos unas camas más allá, pero parecían dormir profundamente.

Andrés depositó con cuidado a Casimiro sobre uno de los catres, el muchacho respiraba con dificultad, con el rostro pálido y perlado de sudor.

Después del encuentro con los guardias, tomaron caminos secundarios durante varios días.

Solo cuando estuvieron tan lejos como para confiar en que nadie los seguía, pararon para que Casimiro pudiera descansar.

Al principio pareció que el muchacho mejoraba.

Sin embargo, la noche anterior había empeorado de forma alarmante y Andrés, preocupado, se adelantó al grupo para llevarlo cuanto antes al hospital.

Marta se arrodilló junto al catre y acercó el rostro al de Casimiro, que apenas reaccionó.

Le retiró con suavidad los rizos húmedos de la frente, colocó la palma sobre su pecho y luego le tomó el pulso con gesto grave.

Palpó los ganglios del cuello, observó sus labios resecos y bajó la manta para comprobar el abdomen.

—Está muy débil —murmuró para sí, pero Andrés captó el temblor en su voz.

—¿Puede hacer algo? —preguntó él, tenso, con los puños cerrados a ambos lados del cuerpo.

Ella alzó la vista y sus ojos hablaron más que cualquier diagnóstico.

—Haré todo lo que esté en mi mano.

Andrés asintió con la mandíbula apretada, incapaz de encontrar palabras. Desde uno de los catres del fondo, se escuchó un gemido apagado, seguido por una tos seca. Marta giró la cabeza hacia el enfermo y luego volvió a mirar al mayoral.

—Espere fuera. Esto va a llevar un tiempo… y necesito concentrarme.

Él vaciló, pero dio un paso atrás, miró una última vez a Casimiro y salió de la sala.

Las horas que siguieron fueron interminables. Andrés caminaba, se sentaba, se volvía a levantar y cada ruido tras la puerta de madera le hacía girarse con el corazón encogido.

Cuando el cielo clareó, la puerta del hospital se abrió y Marta apareció con el rostro velado por la penumbra del amanecer.

Ella se quedó de pie, bajo el dintel, con las manos unidas a la altura del vientre.

Andrés se levantó con la esperanza todavía prendida a los ojos, pero lo supo al mirarla.

Por la curva temblorosa de su boca, por el brillo de las lágrimas que no habían caído.

—Lo siento —anunció ella al fin—. Hice todo lo que pude.

Él bajó la cabeza y se hundió igual que si algo le hubiese golpeado en el pecho. La boticaria dio un paso hacia él y le apoyó una mano en el hombro.

—No sufrió. Se fue tranquilo… Casi como dormido.

El mayoral se llevó ambas manos al rostro y le nació el primer sollozo desde algún lugar hondo, roto, donde hacía tiempo que no se atrevía a mirar. Marta lo acompañó hasta la puerta de la sala, lo dejó entrar solo y volvió a cerrarla detrás de él.

Casimiro yacía envuelto en una manta limpia, con el rostro sereno.

La vela que ardía a su lado proyectaba sombras suaves sobre las paredes de piedra.

Andrés se arrodilló junto al catre, apoyó la frente sobre el borde y lloró con el cuerpo entero.

Lloró por Casimiro, por los caminos compartidos, por todo lo que no pudo prometerle.

Por lo injusto que era despedirse de un niño que no había tenido tiempo de descubrir la vida.

Y por sí mismo, por sentirse, una vez más, impotente ante el destino.

Al día siguiente, al amanecer, el cuerpo fue enterrado en el cementerio que rodeaba la colegiata, entre montañas que aún guardaban la última escarcha del invierno.

Solo unos pocos acompañaron al mayoral en el rito: Marta, el párroco, que pronunció unas palabras, Liborio, el Gurriato y José, que habían llegado también a Roncesvalles.

Andrés colocó una piedra lisa sobre la tumba, marcada por una cruz de madera. No dijo nada. Solo permaneció allí, bajo la luz pálida del día, mientras el viento del norte los envolvía.

—La vida es como un vendaval —se quejó el Gurriato—. Cuando te da una tregua y piensas que va a salir el sol, vuelve con más fuerza y te golpea sin previo aviso.

No derramaba lágrimas —nunca lo había hecho, ni siquiera de niño—, pero su pena se le adivinaba en la rigidez de los hombros y en el modo en que apretaba la mandíbula.

Miraba el suelo sin parpadear, con la vista clavada en esa porción de tierra recién removida, como si esperara que el zagal saliera de allí en cualquier momento entre risas, haciendo alguna de sus preguntas ingenuas.

Pero Casimiro no saldría. Y aunque el Gurriato no supiera llorar, algo dentro de él se había roto.

La expresión era la de un hombre perdido.

Cuando levantó la cabeza, sus ojos buscaron a Andrés con un brillo opaco.

—Tenía que haber sido yo —murmuró.

El mayoral le sostuvo la mirada, le puso una mano en la cabeza y la aproximó con fuerza a la suya en un abrazo torpe.

José también apoyó una mano en el hombro del Gurriato y apretó.

Fue un gesto breve, seco, como el lenguaje de los hombres de campo, pero lleno de significado.

Pedro no lo miró, pero asintió, aceptando la presencia y el consuelo.

Después fue Liborio el que se colocó a su otro lado y le tendió una bota de vino.

El Gurriato la tomó y dio un trago, más por respeto que por sed.

Se apartaron los unos de los otros y dirigieron la vista a la cruz.

Permanecieron en un silencio denso, sin rezos ni lamentos, pero cargado de respeto y dolor compartido.

Solo el viento se atrevía a romperlo, moviendo las ramas de los cipreses y la hierba junto a la tumba del muchacho.

El primero en marcharse fue el párroco, seguido por el mayoral, que estaba a punto de salir del cementerio cuando Marta lo llamó y le detuvo con un gesto mientras se apartaban unos pasos del grupo.

Ella sacó algo del bolsillo del delantal: una bolsa de tela arrugada.

La abrió y dejó asomar el brillo de un collar.

—Lo encontré entre sus ropas, cuando lo desnudé para bañarlo con aceite de espliego. Estaba oculto en la parte interior del sayo.

Andrés palideció y extendió la mano para tomarlo, pero se detuvo a medio gesto.

—Maldita sea. Le pedí que lo enterrara. Debió de guardárselo sin que me diera cuenta —protestó con rabia contenida.

—Parece valioso —murmuró Marta, observándolo de perfil—. Desde luego, no es pertenencia de un pastor, y menos de un zagal.

En la distancia, Liborio y José se acercaban cabizbajos desde el otro lado del cementerio.

—No les diga nada —pidió él en voz baja, con una urgencia tensa y cogiendo la bolsa para guardarla en el morral—.

He visto a hombres decentes perder la cabeza por cosas así.

Además, si nos detienen con esto encima, nos llamarán ladrones y no podremos justificar cómo lo conseguimos.

Lo que sea que haya pasado, ahora ya no importa.

—Marta asintió acariciando las dos piedras preciosas que había extraído del collar y que ahora guardaba en uno de los bolsillos de su delantal.

Aún no sabía cómo, pero conseguiría venderlas para renovar la botica del hospital.

Andrés le dio las gracias y ambos se giraron hacia el camino, con el peso de la ausencia marchando junto a ellos.