Capítulo 35
En la actualidad
Hugo no sabe qué hora es. Además de que no hay relojes ni ventanas, hace tiempo que alguien apagó desde fuera la luz de la bombilla. Solo queda oscuridad y el zumbido sordo del silencio.
Está sentado contra la pared, con las piernas estiradas, aunque cada músculo del cuerpo le duele.
El suelo bajo él sigue frío y duro. Hay polvo.
Lo nota en la garganta, en los dedos, en el aire mismo que respira.
El lugar huele a viejo y, ahora también, a orina.
No pudo aguantarse más y miccionó en una de las esquinas, llorando de desesperación.
Se lleva una mano a la sien. El bulto y el dolor siguen ahí. Al tocarse, la piel está pegajosa y reseca, con sangre ya coagulada, aunque la herida late por dentro, como si aún estuviera abierta.
El estómago le da vueltas. Tiene sed, hambre y se pregunta cuánto tiempo ha pasado. ¿Una hora? ¿Dos? ¿Un día? Intenta no dejarse llevar por el miedo, pero la incertidumbre puede ser el peor de los enemigos.
La mujer que vino a visitarle cuando despertó no ha vuelto, aunque, en el recuerdo borroso de aquella conversación, Hugo está seguro de que le advirtió que volvería.
Antes no supo qué contestar, pero ahora ha preparado en su mente todo tipo de respuestas con el objetivo de salir de allí.
Si quieren saber dónde está Carmen, se lo dirá, aunque ni siquiera él lo sepa.
A veces imagina que en el pueblo ya le estarán buscando, alertados por su ausencia prolongada, o bien piensa que nadie se dará cuenta hasta que sea demasiado tarde. «¿Cuánto aguantaba un cuerpo sin beber agua?», se pregunta mientras pasa la lengua por los labios partidos y secos.
Aprieta los puños y toma una decisión: no puede quedarse así, dejándose morir. Se incorpora con dificultad, tantea a su alrededor hasta que sus dedos dan de nuevo con la escalera y la trampilla. Cierra los ojos, apoya la frente contra la madera y golpea.
—¡Eh! ¡¿Hola?! ¿Hay alguien? —grita con voz ronca, como si no hablara desde hace días—. ¡Ayuda!
Nada. Vuelve a golpear. Más fuerte.
—¡Por favor!
De pronto, unos pasos. Lejanos. Luego, más cerca. Muy cerca. Un haz de luz que se cuela entre las rendijas de la trampilla. Un silencio tenso y, después, una voz que reconoce al instante.
—Tranquilo. Te vamos a sacar de aquí.