Capítulo 34
El amanecer tiñó de ámbar los tejados de la Granja Real.
Los pastores ultimaban los preparativos con manos expertas, ajustando correas y revisando cargas.
Andrés daba las últimas indicaciones cuando un muchacho se acercó corriendo desde el edificio principal.
Tenía el rostro encendido y una carta en la mano.
—¿El señor Gil? —preguntó, jadeando.
—Aquí me tenéis.
El joven alargó el sobre, sellado con cera y sin remitente visible.
—Me han ordenado que os lo entregue —anunció antes de volver por donde había venido.
Andrés tomó la carta con cautela. Sus dedos se demoraron un instante sobre el lacre antes de romperlo. Se apartó unos pasos del grupo, queriendo proteger el contenido de miradas curiosas. La desplegó con lentitud, leyó y volvió a doblarla con expresión impenetrable.
Nadie dijo nada. El Gurriato levantó una ceja, Liborio se encogió de hombros y Casimiro, aún convaleciente, lo observó desde el carro. Andrés volvió junto a ellos después de quemar el papel en una de las hogueras que los trabajadores de la granja ya habían encendido para calentarse.
—¿Todo en orden? —preguntó Liborio.
—Sí —contestó Andrés—. Es hora de partir.
Sin más, se colocó al frente del grupo y silbó para que los perros se pusieran en marcha. El sol ya trepaba por el cielo cuando los pastores, sin volver la vista atrás, cruzaron las puertas de la granja.
Avanzaban despacio por un camino estrecho, aún húmedo tras las últimas lluvias.
A ambos lados, los campos se extendían salpicados de verde y dorado.
Las ruedas del carro dejaban profundas huellas en el barro al mismo tiempo que los cascos de los caballos chapoteaban con un ritmo constante.
El Gurriato iba dirigiendo el carro, que, además de las provisiones, llevaba a Casimiro en su interior, protegido por una manta gruesa.
Andrés y Liborio caminaban más atrás, mientras que José iba en cabeza sobre una de sus mulas, haciendo de avanzadilla.
Casimiro se acomodaba como podía entre los sacos a la vez que sus ojos se cerraban y se abrían con esfuerzo, apretándose una y otra vez como si luchara por no rendirse al cansancio.
Preocupado por la salud del zagal, el Gurriato, que se giraba de vez en cuando para comprobar su estado, notó algo extraño.
—¿Qué tienes ahí? —preguntó al tiempo que señalaba un bulto que sobresalía entre las alforjas.
—Nada —respondió Casimiro con nerviosismo.
—Déjate de cuentos y enséñamelo —exigió el Gurriato, tirando de las riendas de los caballos para frenar el carro.
El joven le tendió la bolsa de tela que había encontrado horas antes oculta entre las mantas.
El pastor tomó la bolsa con desconfianza y, tras desatar el cordón, la abrió con cuidado.
Al mirar dentro, dio un respingo. Metió los dedos con cautela y extrajo un collar de piedras preciosas, cuyo brillo encendió destellos de luz bajo el sol.
Ambos se quedaron mirando aquella joya que no pertenecía al mundo humilde de los pastores.
—¿De dónde la has sacado, zagal?
—Estaba aquí cuando subí al carro. Lo juro —dijo el joven con un hilo de voz.
El mayoral, que lo había escuchado todo, se acercó a ellos con semblante preocupado.
—¿Somos ricos? —preguntó el muchacho.
—No, Casimiro. Esto no debería estar aquí. No es parte del pago —intervino Andrés, señalando el collar que el Gurriato tenía entre las manos.
José apareció al galope desde una curva del camino. Llegó hasta ellos nervioso, con la cara desencajada por la urgencia.
—¡Hay guardias más adelante! Están uniformados y llevan armas. Vienen hacia aquí.
Andrés, que apretó la mandíbula, miró al collar y luego a sus compañeros.
—Tenemos que deshacernos de esto. Si lo encuentran, nos acusarán de ladrones y no nos dejarán regresar a casa.
—¡Pero nosotros no hemos robado nada! —protestó el Gurriato introduciendo de nuevo el collar dentro de la bolsa —. ¡Eso lo sabe Dios! Debe ser un regalo de la Providencia.
El sonido de los cascos de los caballos se escuchaba cada vez más cerca.
—¿No lo entendéis? —dijo Andrés, bajando la voz y clavando la mirada en ellos—. Ya nos han denunciado. Que el collar esté aquí es la prueba. No se trata de lo que hicimos, sino de lo que quieren que parezca.
—¿Por qué iban a denunciarnos? —quiso saber Liborio.
—Porque no quieren que volvamos a España como triunfadores.
—¿Quiénes?
—No hay tiempo para eso —cortó Andrés, más serio que nunca.
Un silencio tenso se apoderó del grupo. Liborio negó con la cabeza al mismo tiempo que una sucesión de imágenes —hambre, lluvia y frío— cruzaba fugaz por su memoria.
Mientras hablaba, la mente del mayoral volvía al mensaje que había recibido esa misma mañana, la carta escrita por Inés y traída por el muchacho justo antes de partir.
En ella, le advertía que estaban en peligro, que había órdenes de detenerlos, aunque desconocía el motivo.
Ahora lo comprendía: los harían pasar por ladrones. El collar era la trampa perfecta.
—Está claro —murmuró Andrés para sí—. Nos quieren condenar por algo que no hicimos.
Divisaron a lo lejos a los guardias, que se aproximaban hacia ellos al trote mientras mantenían las riendas firmes.
—¿Qué hacemos? —preguntó al mayoral Liborio, cada vez más nervioso.
—Avanzar como si no hubiera pasado nada.
—¿Y el collar?
—Casimiro, a ti aún no te han visto —dijo Andrés, que quitó la bolsa de las manos del Gurriato y se la dio al zagal—. Baja del carro por la parte de atrás y entiérralo antes de que los tengamos encima.
El chico se valió de las pocas fuerzas que le quedaban para saltar hasta el suelo y volver a subir al carro segundos antes de que los guardias se pararan frente a ellos.
Los caballos, salpicados de barro hasta las pecheras, resoplaban bajo la presión de sus jinetes, que vestían con casacas de color azul oscuro, botas altas de montar y unos bicornios negros inclinados sobre los rostros tensos.
Algunos portaban sables curvos y otros llevaban pistolas en las cartucheras.
Los mastines se agitaron, gruñendo nerviosos. Andrés fue el primero en saludar, quitándose la montera, ante la mirada de recelo de los guardias. El vaho de los caballos, que golpeaban el suelo con cascos impacientes, se mezclaba con la humedad de la mañana.
—Tenemos orden de registrar vuestros enseres —respondió con tono hosco uno de los jinetes.
Los pastores les enseñaron lo que llevaban y dejaron que, durante más de una hora, los guardias revisaran uno por uno todos los sacos que guardaban en el carro, así como el contenido de las alforjas y las monturas.
También los obligaron a quitarse la ropa y a quedarse en calzones mientras comprobaban lo que llevaban encima.
El Gurriato maldecía por lo bajo ante la humillación de verse desnudo y Andrés lo sostuvo del brazo en varias ocasiones para que mantuviera la calma.
—No hemos encontrado nada, señor —declaró uno de los guardias al que parecía ser su superior.
El hombre echó un último vistazo al grupo de pastores y detuvo un instante su mirada en el más joven, que apenas se había movido del lecho improvisado con mantas que habían preparado para él junto al camino.
Sus años al servicio de la Guardia Real le habían dado la experiencia suficiente para distinguir a los rateros: aquellos pastores no parecían delincuentes.
Tendrían que seguir buscando el collar robado de la reina María Antonieta.
Con un gesto rápido, pidió a sus hombres que regresaran a los caballos.
—Avancen —ordenó a los pastores.
Los españoles cargaron de nuevo las mulas, llenaron los sacos y colocaron el equipaje en su sitio.
Casimiro, mientras los demás recogían y sin pedir ayuda, se adelantó a sus compañeros para subir por su propio pie al carro.
Una vez dentro se tumbó y cerró los ojos, tras un esfuerzo que le resultó sobrehumano.
Emprendieron la marcha despacio, aún con la tensión en el cuerpo, pero sintiéndose a salvo. Tras unos minutos, la patrulla espoleó sus caballos y partió al galope, levantando salpicaduras de barro.
—Volvamos a por el collar —pidió el Gurriato a Liborio al tiempo que veía a los guardias alejarse a su espalda.
—No —intervino Andrés, cortándoles el paso—. Nadie regresará. Podrían estar vigilándonos aún y no quiero ver cómo termináis vuestros días en una prisión francesa.
Los hombres se quejaron, imaginando por cuántas monedas podrían vender el collar, pero acataron las órdenes del mayoral y volvieron sobre sus pasos.
Solo entonces, ya a salvo, Andrés se giró y miró a Casimiro. El muchacho había cerrado los ojos. Su respiración era débil, aunque rítmica.
—No tiene buena pinta —murmuró Liborio.