La sombra del mayoral Capítulo 33
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Capítulo 33

En la actualidad

La luz entra por una ventana de persianas verdes a medio bajar.

A pesar del sol, la sala se siente fría, desangelada.

Carmen se sienta en una silla de plástico, frente a una mesa metálica, en el cuartel de la Guardia Civil de Sepúlveda.

Frente a ella se encuentra el mismo agente que acudió cuando robaron en la casa de su abuela.

—Carmen, necesito que nos cuentes otra vez cómo ha sucedido todo.

Ella tiene ojeras, las uñas sucias de tierra, las manos arañadas y los labios agrietados. Al hablar, su voz va cobrando fuerza. Les cuenta la historia de la carta, de la leyenda, del collar y de los coleccionistas de arte. De la búsqueda y de la desaparición de Hugo.

Al mismo tiempo, en otra sala, el hombre que salió de la nave ganadera también está declarando.

Se llama Tomás Romero, de sesenta y dos años.

Dice que llamó a la guardia civil porque los que habían aparcado junto a su granja de madrugada eran ladrones.

Pero lo que más llama la atención de su relato es lo que ocurrió la tarde anterior.

—Vi a una joven irse en un coche desde ahí mismo —les explica—. Y mi perro, que tiene más olfato que un zorro, no paraba de escarbar. Hasta que sacó un collar de piedras preciosas de debajo. Nunca he visto nada brillar de esa forma.

—¿Y qué hizo con él? —pregunta una de las agentes que le toma declaración.

—A ver, pues quedármelo. ¿Qué iba a hacer si no?

—contesta Tomás—. Aunque después, cuando escuché a los ladrones, me arrepentí de no haberlo dejado en su sitio, porque parecían violentos.

Escuché sus amenazas y, estando la nave tan cerca, pensé que no tardarían en venir a buscarlo, y yo no quiero líos, ¿sabe?

Con semblante poco convencido, la agente toma nota en su ordenador.

—¿Y suele usted dormir en la nave?

—Eso es temporal —explica Tomás, que baja la vista—. Me estoy separando de la mujer y, hasta que encuentre otra cosa, me apaño con una habitación que tenemos allí.

En la otra sala, uno de los guardias que ha estado haciendo llamadas de teléfono fija la vista en Carmen.

—Los franceses no eran turistas, como hicieron creer a los agentes cuando les dieron el alto.

Les mostraron documentación falsa y el coche acaba de ser localizado en mitad del campo.

No hay rastro de ellos. Tampoco eran simples coleccionistas.

Los buscan en Francia y Bélgica por su relación con el mercado negro y delitos de patrimonio.

Ella ha nacido en España, por eso habla el idioma a la perfección.

Aparecen en su historial robos en edificios históricos, saqueo de ermitas…

Incluso se les atribuye la desaparición de una virgen románica en una iglesia de los Pirineos.

Pero nunca los han pillado con las manos en la masa.

Carmen apenas lo escucha. Se aferra a una taza de café frío mientras los murmullos aumentan a su alrededor. Se siente demasiado cansada, tiene hambre, sueño y la mente nublada. Solo puede pensar en Hugo, cuyo recuerdo se le cruza como un latigazo.

—Hugo… —repite en un susurro—. Lo han secuestrado por mi culpa. Tenemos que encontrarlo

—No se preocupe, daremos con él.

Los agentes se movilizaron en cuanto Carmen les explicó lo sucedido: llamaron a la central, describieron al joven e iniciaron el protocolo de búsqueda. Varios guardias se encargaron de revisar su propiedad en Fuentidueña y de tomar declaración al señor Antonio, el último que lo vio en el pueblo.

Horas más tarde, Carmen regresa a la casa de su abuela, esta vez acompañada por dos agentes. Al cruzar el umbral, un silencio espeso los envuelve de inmediato. No hay rastro alguno de las voces que horas antes llenaban la casa. Solo el sonido de sus pasos rompe la quietud.

Los tres recorren las estancias con cautela, revisando muebles, alfombras, puertas traseras…

Todo parece en su sitio, salvo por una sensación incómoda, no hay huellas ni objetos desplazados o signos de violencia.

Nada que indique la presencia reciente de los coleccionistas de arte.

Sin embargo, sobre la mesita, el móvil de Carmen sigue allí, junto al cenicero con colillas aún tibias y ese aroma a tabaco que se aferra a las paredes.

Carmen frunce el ceño, da un paso atrás, se detiene. Su respiración se vuelve más corta.

—¿Escuchan eso? —susurra temiendo romperlo con el sonido de su voz.

Los agentes la miran atentos.

—¿El qué? —responde uno de ellos, bajando el tono.

Un zumbido rítmico, familiar: el reloj. Ese maldito reloj de cuerda que su abuela insistía en mantener. Cuando Carmen se quedaba a dormir, hacía tanto ruido que siempre lo escondía en el rincón más alejado: la despensa, al fondo del pasillo.

Carmen echa a andar sin esperar a nadie.

Empuja la puerta con fuerza. El reloj sigue allí, sobre una repisa.

La noche anterior uno de los coleccionistas debió entretenerse en darle cuerda.

Pero eso no es lo que hace que se le encoja el estómago.

Detrás de una cortina vieja, junto a una estantería de conservas, hay una trampilla.

Uno de los agentes ya tiene la linterna encendida.

—¿Qué demonios…?

Se agachan y oyen algo.

Un golpe seco.

—¡Aquí hay alguien! —grita el guardia.