Capítulo 32
Unas fiebres altas habían dejado a Casimiro postrado en la cama, incapaz siquiera de sostener una cuchara.
Al principio pensaron que era un simple resfriado, algo pasajero, consecuencia de la humedad que calaba los huesos en aquella región.
Pero el temblor en las manos, la falta de apetito y el delirio nocturno encendieron al tercer día las alarmas.
El médico del lugar, un hombre mayor y parco en palabras, diagnosticó una infección, sin concretar su origen.
Aplicó sangrías, recomendó reposo absoluto y dejó un frasco con un brebaje oscuro que, según dijo, ayudaría a bajar la fiebre.
Lo cierto fue que, desde entonces, Casimiro apenas había abierto los ojos y su cuerpo se mostraba ahora consumido y pálido como la cera.
El Gurriato no se separaba de su lado y Liborio se encargaba de calentar paños húmedos y preparar infusiones con las hierbas que encontraron. Andrés había tenido que asumir los preparativos para la partida con el corazón encogido. Había momentos en que temía que el zagal no saliera adelante.
Esa misma mañana, el mayoral había pasado por la habitación para ver cómo seguía.
Parecía más tranquilo, pero su respiración era pesada y desigual.
Andrés le colocó la manta sobre los hombros, le apartó con suavidad el pelo de la frente y salió llevándose consigo una inquietud que no lo abandonaba desde hacía días.
Todo estaba dispuesto y las mulas de carga resoplaban con impaciencia, listas para emprender el viaje al amanecer. Con ellos regresarían también los fieles mastines, que olfateaban el aire y ladraban con entusiasmo, como si intuyeran que el regreso a casa estaba cerca.
El mayoral se movía nervioso, revisando una vez más las provisiones. Cuando terminó, se dirigió a la vivienda de Bourgeois, el gerente de la granja, pues necesitaba ultimar ciertos asuntos antes de su partida.
Estaba a punto de alcanzar la entrada cuando lo vio conversando con un joven de porte distinguido, que llevaba tricornio y casaca. Andrés, que venía albergando sospechas desde hacía semanas, se detuvo en seco y, movido por la intuición, se ocultó tras un árbol cercano para observar sin ser visto.
Cuando los dos hombres se pusieron en marcha, pensó que irían hacia el interior de la vivienda del gerente, pero no fue así.
Bourgeois guio a su acompañante en dirección a uno de los edificios anexos, aquellos reservados para alojar a los visitantes ilustres de la granja, como monsieur Gilbert, el veterinario.
Los siguió hasta la puerta de acceso que los dos hombres acababan de atravesar. La empujó, hasta cerciorarse de que estaba cerrada. Habían echado el cerrojo desde dentro. Decepcionado, miró a su alrededor. No había nadie a la vista, pues aquella zona de la granja era poco concurrida.
Sin pensárselo dos veces, agarrándose a las piedras de la pared, subió hasta el alféizar de una de las ventanas. Observó a través del cristal, pero lo único que encontró fue una estancia vacía. Y lo mismo sucedió con el resto de ventanas del primer piso.
Resopló malhumorado, pues todavía le dolían algunos músculos y no se sentía ágil, pero no iba a darse por vencido.
Algo le olía mal y quería saber lo que tramaba Bourgeois.
Haciendo caso omiso a los pinchazos de dolor, se estiró todo lo que pudo y se agarró de un salto al alféizar de la ventana del segundo y último piso.
Apretó los dientes mientras sus manos y sus antebrazos sostenían el peso del cuerpo. Se aferró al saliente de piedra hasta conseguir estabilizarse. Con esfuerzo, logró apoyar los pies en la pared y alzar la cabeza apenas unos centímetros por encima del cristal.
Fue suficiente.
Esta vez sí que vio a Bourgeois.
Sus ojos se abrieron y estuvo a punto de perder el equilibrio. Bajó de forma torpe, golpeando con una rodilla el suelo, y permaneció unos minutos sentado, con la espalda apoyada en la pared del edificio.
Se cubrió el rostro con ambas manos. El pecho le subía y bajaba agitado, no solo por el esfuerzo físico, sino por la confusión que se había apoderado de él. Cuando retiró las manos, una sonrisa incrédula asomaba en su rostro.
—No puede ser —murmuró, moviendo la cabeza.
Se avergonzaba de haber dudado de la lealtad de Bourgeois hacia él y los suyos; pero también de lo que acababa de presenciar a escondidas. A aquellos dos hombres, amándose, entregados el uno al otro sin temor ni disimulo.
Volvió al encuentro de sus compañeros y no intentó contactar con Bourgeois hasta pasadas varias horas. El gerente lo recibió con la amabilidad que acostumbraba y prometió escribirle para informarle del estado del rebaño, al igual que lo haría Gilbert.
Además del traje azul —con valor de cien libras— que había recibido el mayoral, Bourgeois le entregó una carreta cubierta a estrenar, dos caballos con arreos nuevos, mil quinientas libras para los gastos del viaje y trescientas más para el paso de la frontera.
Si todo iba bien, ahorrarían lo suficiente para comenzar una nueva vida sin penurias en el pueblo.
Aquella noche, Andrés se quedó dormido junto al catre de Casimiro, que reposaba con el rostro sereno.
Parecía que el inminente regreso a casa le hubiera traído algo de paz.
En mitad del silencio, una sombra cruzó con sigilo el umbral de la estancia.
Se deslizó entre los bultos y, sin hacer ruido, depositó una bolsa de tela entre los enseres de los pastores.
Luego, tan silenciosa como había llegado, desapareció en la oscuridad.