La sombra del mayoral Capítulo 31
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Capítulo 31

En la actualidad

El coche avanza rápido por una carretera secundaria, iluminada solo por los faros de luz blanquecina. Carmen va en el asiento del copiloto, tensa, con las manos apoyadas en las rodillas.

La otra mujer conduce con gesto sereno, como si no estuvieran secuestrando a nadie. Detrás, el hombre corpulento se inclina hacia delante, lo justo para que Carmen sienta su respiración en la nuca, mientras el cinturón de seguridad le roza el cuello.

Le han quitado el móvil. Lo han dejado sobre la mesa de la cocina, junto al cenicero.

No ha tenido el valor de intentar liberarse, pero al menos ha comenzado a comprender.

Fueron ellos los que entraron en la casa tras la muerte de su abuela, buscando la respuesta a la carta aparecida en Rambouillet unos meses antes.

Los faros del coche cortan la oscuridad del camino como cuchillas de luz. A los lados, las encinas se recortan en siluetas negras contra un cielo estrellado. Es una noche clara, inmóvil, de esas en las que no se escucha ni el viento.

—¿A dónde vamos? —pregunta Carmen con voz temblorosa.

La mujer sonríe, sin apartar los ojos de la carretera.

—A buscar el collar, querida.

—Ya os dije que no lo tengo.

—Deja de mentir —interviene el hombre, cuya voz retumba grave—. Sabemos que lo escondiste. Solo queremos que nos lo enseñes.

Carmen se muerde el labio. Se repite que tiene que ganar tiempo y que no puede perder los nervios. Piensa en si Hugo estará bien.

—¿Y mi amigo? —pregunta, forzando un tono más neutro—. Dijisteis que no le haríais daño.

—Y no lo hemos hecho —dice con dulzura fingida la mujer—. Solo está esperando a que nos des el collar.

Una curva cerrada obliga a reducir la velocidad. Carmen reconoce el terreno. Están volviendo a Fuentidueña, acercándose al camino que se pierde en el monte. El vehículo avanza en dirección al paraje donde el camión les cortó el paso horas antes, permitiendo que ella escapara.

La mujer enciende un cigarrillo electrónico que lleva en el coche. El olor dulce del tabaco se mezcla con la tensión que flota en el aire.

—Sabes que esto puede terminar rápido si cooperas —añade, soltando el humo por la ventana entreabierta—. Solo queremos lo que vinimos a buscar.

En la lejanía, las luces del pueblo ya no se ven.

Carmen acepta y les indica el camino con el rostro tenso y los labios apretados.

Tras pasar la granja de cerdos, el coche se detiene en una senda de tierra que bordea una loma baja.

Las ruedas crujen sobre la grava seca. El aire huele a estiércol y polvo.

Tras bajar del vehículo, la mujer y el hombre encienden unas linternas gruesas, potentes, de las que lanzan un haz blanco y sólido como una lanza.

La luz barre la tierra agrietada, los matorrales bajos y la encina solitaria que Carmen recuerda.

Camina hasta ella y se arrodilla. Las manos le tiemblan mientras aparta la piedra, más pesada de lo que recuerda.

Debajo no hay nada, solo tierra reseca que revuelve con las manos, notando cómo se le incrusta entre las uñas. Mira a su alrededor, como si esperara que el collar hubiera rodado unos centímetros más allá. Pero no está.

—No… no puede ser —murmura con la voz quebrada.

Detrás de ella, se hace un silencio espeso. Hasta que la tensión estalla:

—¿Qué clase de broma es esta? —gruñe el hombre, avanzando un paso. La linterna le ilumina la cara desde abajo, deformando sus rasgos en una mueca demoníaca.

—No lo entiendo —dice Carmen, incorporándose—. ¡Lo dejé justo aquí!

—Eres una mentirosa —escupe con frialdad la mujer. Su mirada ha perdido toda cortesía—. ¿A qué estás jugando?

—¡Os digo la verdad! ¡Os lo juro!

—¡¿A quién se lo diste?! —ruge el hombre, dando otro paso hacia ella—. Te haremos hablar, aunque sea por las malas.

Carmen retrocede hasta que, presa del miedo, choca la espalda contra el tronco áspero de la encina. Se encoge, se lleva las manos a la cara y se agacha mientras el haz de la linterna la ciega.

El hombre se acerca más, alzando un brazo, pero el ruido de un motor le paraliza. Se detiene al mismo tiempo que la linterna cae al suelo. En la distancia, entre las sombras, un coche se aproxima y los coleccionistas de arte no pueden arriesgarse a ser vistos.

—¡¡¡Vamos!!! —grita la mujer.

Su compañero recoge la linterna del suelo y corre hacia el coche.

En segundos, los dos suben al vehículo. La puerta del conductor se cierra con un golpe sordo y el motor ruge al tiempo que las ruedas escupen tierra y gravilla al girar con violencia.

Se marchan por el camino perdiéndose entre la penumbra, mientras Carmen los escucha alejarse.

Sigue agachada, con las manos cubriéndose el rostro, respirando con dificultad.

No entiende por qué el collar no está bajo la piedra en la que lo escondió horas antes.

En la oscuridad, los ecos de las amenazas aún rebotan entre los árboles.

El ruido de los motores se apaga. Los coches se han detenido y, en cuestión de segundos, todo vuelve a quedar envuelto en una calma absoluta, solo rota por la respiración entrecortada de Carmen.

Alza la mirada y le parece distinguir una sombra: la silueta de un hombre alto y delgado que no se asemeja en nada a la del coleccionista de arte.

Cierra los ojos, su respiración se aquieta poco a poco, y una ráfaga de viento le acaricia el rostro.

Cuando los abre, la sombra ha desaparecido y apenas distingue en la noche el canto lejano de un grillo.

El color oscuro del cielo se suaviza y una línea pálida comienza a dibujarse detrás de las colinas, en el primer trazo del amanecer.

El tiempo pasa sin que Carmen se atreva a mover ni un músculo.

Piensa en pedir ayuda, pero teme que la persigan o que los ocupantes del coche que parecía acercarse minutos antes por el camino también estén interesados en el collar.

Se pregunta dónde estará Hugo y cómo actuarían Alicia o Ernesto en su situación, pero su mente es solo una tormenta de imágenes que se suceden sin claridad.

No sabe cuánto tiempo lleva allí sentada, pensando, cuando escucha de nuevo el sonido de un motor. Se incorpora de golpe, con el corazón a punto de romperse. Cree que son ellos otra vez y que vienen a buscarla.

Corre en dirección opuesta, sin ver por dónde pisa.

Tropieza con una raíz, cae de bruces y se rasga la palma de una mano contra la grava.

Reprime un grito y se arrastra, jadeando, para quedar oculta tras otro árbol.

Mientras contiene la respiración, las luces del coche se acercan cada vez más y barren la zona, como un reflector, hasta que se detienen frente a ella.

—¡Alto! —ordena una voz masculina.

La joven parpadea incrédula. Asoma apenas la cabeza desde su escondite y ve a dos hombres uniformados bajarse del vehículo. Después, escucha un nuevo ruido. La verja metálica de la nave agrícola que se encuentra a pocos metros de distancia se abre y un hombre aparece tras ella.

—¡Agentes! ¡He llamado yo! —exclama.

Uno de los individuos le hace una seña para que se acerque.

—¿Quién es usted?

—Soy Tomás, el dueño de esto. —Señala al edificio que tiene a sus espaldas—. Les he avisado porque unos ladrones han estado aquí.

Los guardias se miran con preocupación.

—¿Se refiere al coche que nos acabamos de cruzar?

Tomás asiente con un gesto.

—Acabamos de hablar con ellos. Eran unos turistas belgas, madrugadores y muy perdidos —contesta uno de ellos.

—¿Y esa chica? —añade Tomás mientras apunta con la barbilla en dirección a Carmen—. Esa no es del pueblo.

Las linternas se giran hacia ella, que, agotada, con las manos sucias y la frente manchada de polvo y sudor, da un paso tembloroso al frente. Se muerde el labio.

—Puedo explicarlo —dice con la voz rota.

—Será mejor que nos acompañen —ordena uno de ellos.