La sombra del mayoral Capítulo 30
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Capítulo 30

La lluvia había cesado. Solo quedaban algunas gotas suspendidas de las ramas, que caían sobre ellos de vez en cuando.

Inés se recogía el cabello con las manos, tratando de volver a dar forma al moño, y Andrés estiraba su camisa y se la abrochaba despacio, aún con los dedos temblorosos por lo vivido.

Fue entonces cuando ella preguntó:

—¿Y esa cicatriz?

Él se detuvo, y pasó su mano sobre aquella vieja marca alargada del hombro, aún visible pese al tiempo.

—Ya sabéis… La paliza en el palacio…

—No me refiero a esas —le interrumpió con suavidad.

Andrés cerró los ojos. Sentía el peso del pasado hundirse sobre su espalda. La herida ardía, no en la carne, sino en la memoria.

—Fue hace muchos años —murmuró—. Me la hizo mi padre.

Inés lo observaba, esperando, ofreciéndole sin palabras un espacio donde pudiera descansar de todo aquello que arrastraba.

—Mi padre pegaba a mi madre. Un día le dio tal paliza que me la encontré tirada en el suelo de la cocina.

Estaba muerta. —la brisa entre los árboles pareció detenerse mientras Andrés hablaba—.

Padre apareció con una navaja y me la clavó en el hombro.

Me quedé bloqueado, preso del miedo. Mi hermano mayor irrumpió también en la casa, le asestó un garrotazo que lo derrumbó y tiró de mí para huir.

Horas después, volvimos con el alguacil y algunos vecinos. —Andrés tragó saliva.

»En la cocina había dos bultos cubiertos con sábanas blancas…

y un olor que nunca podré olvidar. —Inés se acercó, pero el mayoral no la miraba, sino que hablaba con los ojos perdidos en el pasado—.

Sobre la mesa había un bote de cristal vacío.

No recordaba haberlo visto antes. Mi padre se lo había bebido y murió como lo que siempre fue: un cobarde.

El olor de ese veneno, mezclado con el de la muerte, estará en mi memoria para siempre.

Solo el canto lejano de un mirlo se atrevió a romper el silencio que vino tras la confesión de Andrés. Sus ojos regresaron desde algún lugar que solo él conocía y se posaron lentamente en los de ella.

—Y hace unos meses, Inés, un buen amigo casi muere envenenado de la misma forma.

—Lo siento.

—¿Y vos? —quiso saber Andrés tras una pausa—. ¿Cómo llegasteis a ser la señora Delorme?

—Mi padre tenía negocios en el sur de Francia.

Le convenía tratar con mi esposo, que se había quedado viudo y cuando cumplí dieciséis años, organizaron la boda.

Así de simple. —Esbozó una sonrisa que se quebró antes de llegar a los ojos—.

Aunque, si os soy sincera, al principio estaba emocionada.

Soñaba con vivir cerca de París, con todo lo que eso significa. Pero el cambio aún está por llegar.

—¿Cambio?

—La sociedad, el orden establecido. Aquí, en Francia, algo se está gestando. Lo sé. Pero a mi marido no le agradan mis ideas.

Ella apretó los labios.

—¿No era él seguidor de Montesquieu? —preguntó el mayoral, que recordaba la tertulia en su casa y las explicaciones que el señor Bourgeois le había dado después en la granja ante su preguntas.

Inés soltó una risa amarga.

—En lo que concierne a su fortuna. Quiere pagar menos impuestos, eso es todo. Pero no acepta que las mujeres tengamos más voz, ni más libertad. —Se volvió hacia Andrés—. Además, no me perdona que no le haya dado un hijo.

—Eso solo está en manos del Altísimo —aseguró Andrés.

Inés asintió lentamente.

—Cuando mi madre murió al dar a luz a su segundo bebé, yo era apenas una niña. Esa noche, le pedí a Dios no tener nunca hijos. Y creo que… me escuchó.

El repicar lejano de unas campanas rompió el hechizo, ambos reconocieron de inmediato su significado: la hora de la despedida.

—Debemos regresar antes de que anochezca —sostuvo Andrés preocupado, iniciando la marcha.

Inés le detuvo.

—Prometedme que partiréis cuanto antes. Aún no estáis a salvo.

—¿De qué estáis hablando, Inés?

Ella tragó saliva antes de hablar con voz baja, tensa:

—Uno de nuestros contactos nos ofreció una suma importante a cambio de arruinar el proyecto de monsieur Hilaire. Es decir, vuestro trabajo aquí. Al principio acepté porque necesitábamos el dinero.

Andrés dio un paso atrás.

—¿El disparo? ¿La paliza?… ¿Fue todo culpa vuestra?

—No —se lamentó ella con los ojos húmedos—.

Cuando os conocí en el mercado, quise frenarlo.

Juro que lo intenté, pero mi marido no me escuchó.

Por eso tuve que actuar por mi cuenta y, mientras estabais en la tertulia —la voz se le quebró—, vine a la granja para ordenar a los hombres de mi marido que ninguno de los españoles resultara herido.

»Yo disparé la noche del baile, sí —admitió—, pero no para matar.

Lo hice para ahuyentar a los hombres que mi marido había contratado y que os agredían.

—El silencio se extendió entre ellos como una niebla densa.

Andrés la miraba sin pestañear, entre la ira contenida y una pena difícil de nombrar—.

No quería traicionaros —susurró ella—. No a vos.

—¿Y por qué no me avisasteis? —insistió Andrés, con la voz dolida.

Inés bajó la mirada, incapaz de sostener la suya.

—Porque no quería que me vierais así, como una enemiga —contestó con un hilo de voz—. No quería que me odiarais. Porque lo que sentía… lo que siento… me hizo callar. Pero ya no puedo esconderlo más. Hemos cruzado un punto sin retorno y tengo miedo, Andrés. Miedo de no poder protegeros esta vez.

El mayoral apretó los labios. Su pecho subía y bajaba con agitación.

—¿Quiénes son ellos? ¿Hasta dónde están dispuestos a llegar?

—No lo sé —respondió Inés—. Pero son poderosos y no tendrán piedad. Por eso, debéis marcharos cuanto antes.

Andrés se pasó una mano por el rostro, igual que si despertara de un mal sueño.

—No volveremos a vernos —añadió con un susurro quebrado y pareció que todo el bosque contuviera el aliento.

—Escribidme —pidió Inés—. Cuando regreséis y estéis a salvo. Yo seguiré aquí. Hay algo importante por lo que vale la pena luchar, algo que está a punto de nacer… Más grande que nosotros mismos.

Andrés dio un paso hacia ella, pero se contuvo y caminó hacia la granja con la mandíbula tensa y los ojos encendidos por una tormenta que no era de lluvia.