Capítulo 29
En la actualidad
Una figura está sentada en la butaca del portal, la misma donde su abuela solía coser en verano. Es una mujer, que la observa sonriendo y sin alterarse, pese al grito de terror de Carmen, que, al entrar en la casa, ha sentido cómo el corazón se le detenía.
—¡Joder! —exclama con desconcierto, llevándose una mano al pecho y dando un paso atrás—. ¿Quién eres tú?
La desconocida la observa con las piernas cruzadas, en la postura relajada que tendría en su propio salón.
Es joven, de no más de treinta, y viste una elegante chaqueta negra.
Los ojos pequeños y oscuros la observan con atención, sin prisa.
Lleva el pelo recogido en una coleta perfecta, sin un mechón fuera de lugar.
—Te estaba esperando, Carmen —saluda la mujer, que saca con parsimonia un cigarrillo y lo enciende con un mechero plateado.
La llama parpadea un segundo, reflejada en sus pupilas.
Da una calada larga, tranquila, mientras el humo se eleva y flota en el aire inmóvil del portal—.
¿Quieres? —Carmen no contesta—. Siéntate, por favor —pide, con cortesía fría.
No lo ordena, pero tampoco suena a invitación.
En ese instante aparece otra figura. Un hombre. Es alto, ancho de espalda, con la frente lisa y amplia. Lleva ropa deportiva ajustada a sus músculos de gimnasio y carga sin esfuerzo una silla de madera que coloca al lado de Carmen.
—Para ti —gruñe.
El hombre se queda de pie al lado de la mujer. Parece una especie de sombra que completa su presencia.
Carmen mira la silla, aunque no se mueve, las piernas apenas le responden. Todo en ella grita que algo va mal. Muy mal. Pero sus opciones se agotan y la mujer sigue esperando.
—Queremos hacerte unas preguntas —anuncia con voz suave.
—Y te conviene no mentir —añade su acompañante, con un marcado acento francés y sin dejar de mirarla.
Carmen niega con la cabeza. No quiere sentarse. Pero el hombre repite la orden, con voz severa, esta vez en su idioma:
— Asseyez-vous!
Ella obedece. Se sienta con rigidez, con los músculos tensos como cuerdas.
—Disculpa por recibirte de esta forma, Carmen —dice la mujer, exhalando una voluta de humo que flota perezosa entre ambas—, pero me alegra que nos encontremos aquí, en este lugar tan lleno de historia.
—¿Qué quieren? Estamos en la casa de mi abuela —espeta Carmen, con la voz al borde del temblor—. No tienen derecho a estar aquí, llamaré a la policía.
La mujer sonríe. En una pausa, da otra calada al cigarrillo, saboreando el momento antes de hablar.
—Te equivocas en parte, querida. Esta vivienda se edificó hace más de dos siglos y, antes que a tu familia, perteneció a un mayoral que la hizo construir con el dinero que se trajo de Francia. No me digas que no te suena de nada esta historia.
El silencio llena de nuevo la estancia mientras el cerebro de Carmen va a mil por hora.
—¿Quiénes sois? ¿Qué queréis de mí?
—Demasiadas preguntas —contesta la mujer—. Solo te diré que somos coleccionistas de arte y que llevamos meses detrás de algo importante, de algo que tú tienes.
Carmen no puede creerlo.
—¿Así que esto es por el collar?
La pareja intercambia un gesto de satisfacción.
—Existe —murmura la mujer con deleite—. Lo sabía.
Carmen cierra la boca de golpe, maldiciéndose, y se le escapa un suspiro cargado de rabia.
—¿Y por qué iba a deciros dónde está?
El hombre se cruza de brazos al mismo tiempo que la mujer explica, bajando un poco la voz:
—Porque tu amiguito se pondrá triste si no colaboras.
Carmen se endereza en la silla. El estómago se le encoge.
—¿Hugo? ¿Dónde está? ¿Qué le habéis hecho?
—Nada, nada —asegura la mujer, con una sonrisa tan falsa que duele—. No te preocupes. No somos esa clase de gente. Solo se ha llevado un susto.
—¡Quiero verlo! —exige Carmen, cuya voz suena más firme ahora, con los ojos brillando.
La mujer da una última calada a su cigarrillo, lo apaga con parsimonia sobre el reposabrazos de madera de la butaca y, sin apartar la vista de Carmen, añade:
—Lo harás. Pero antes vas a responder a mis preguntas para guiarnos hasta el collar.
Carmen coge aire mientras escucha el tictac lejano de un reloj que los intrusos han puesto en marcha en alguna parte de la casa.