Capítulo 28
Inés respiró hondo y se impregnó del olor a tierra mojada que tanto le gustaba. La tormenta había amainado al fin y, en su lugar, un sol resplandeciente comenzaba a secar lentamente los charcos y a devolver el brillo a los campos.
Había decidido, como en otras ocasiones, prescindir de la compañía de su doncella.
Se había tomado esa libertad sin consultar a nadie, como solía hacer cuando necesitaba respirar sin ataduras.
Solo Bernard, el viejo y malhumorado cochero de la familia Delorme, la aguardaba junto al carruaje, envuelto en su capa de viaje y con el ceño aún más fruncido de lo habitual.
—¿Estáis segura? El camino aún está algo anegado —dijo él con una mueca de desaprobación, sin atreverse, no obstante, a detenerla.
—No temáis, Bernard. Un poco de barro no ha de asustarnos. Hemos superado peores jornadas y mi marido necesita las palomas —respondió Inés, mientras alzaba el dobladillo de su vestido para subir al carruaje.
Vestía un redingote femenino, la prenda más adecuada para montar a caballo y que solía usar durante las jornadas de caza, la actividad de ocio predilecta de su marido.
La falda de paño, separada de la chaqueta, dejaba al descubierto los tobillos y le proporcionaba mayor libertad de movimiento.
El cabello lo llevaba recogido en un modesto tocado bajo un sombrero masculino, de ala recta y cinta oscura.
Una vez en la granja, accedió al recinto por la entrada principal y fue recibida por Bourgeois, quien, tras una reverencia, la ayudó con cortesía a atravesar el patio. En una de sus manos, el gerente sostenía una jaula para pájaros, tapada con un paño blanco.
—Es un honor que hagáis uso de nuestro palomar, señora Delorme —dijo Bourgeois mientras la ayudaba a subir por la estrecha escalinata de piedra que conducía al edificio—. Lo mandamos limpiar esta misma mañana, cuando tuvimos conocimiento de vuestra solicitud.
—Os lo agradezco, señor Bourgeois. Ya sabéis que a mi marido no le gusta esperar. Y después de que un rayo incendiara el palomar del palacio, este es ahora nuestra mejor opción.
—Así es, señora. Tened cuidado al entrar, no vayáis a golpearos la cabeza —advirtió con tono servicial el gerente.
Inés se sujetó el sombrero con una mano y se inclinó para pasar por la portezuela de madera.
El interior estaba iluminado por unas rendijas altas que dejaban filtrar la luz.
Al cruzar el umbral, se tapó la nariz y la boca con la otra mano, pues aunque el suelo parecía limpio, con unos cuantos excrementos dispersos, el olor era penetrante y ácido, difícil de soportar.
Bourgeois, como si el hedor le pasara desapercibido, extendió un dedo y señaló hacia lo alto.
—Mirad hacia arriba.
Inés alzó la vista y quedó momentáneamente deslumbrada por la luz que descendía desde la linterna del techo, reflejándose sobre cientos de ojos brillantes.
Las paredes interiores del palomar estaban cubiertas por más de dos mil huecos rectangulares, dispuestos en filas perfectas que ascendían hasta la bóveda.
De muchos de ellos asomaban picos, plumas y cabezas que se agitaban con inquietud.
Eran palomas mensajeras, silenciosas y expectantes, como soldados en su cuartel antes de recibir la orden de partir.
—Es una maravilla, ¿no os parece? —añadió orgulloso Bourgeois.
Inés asintió con expresión absorta. La paz ordenada del lugar le hizo olvidar por unos instantes el motivo de su visita.
—Solo tenéis que dar una de nuestras palomas a vuestro comerciante y ella regresará aquí, con el mensaje atado a una de las patas —explicó a la mujer.
—Excelente.
—Es mucho más rápido que el correo a caballo —se jactó Bourgeois.
—¿Y estarán preparadas para volver desde tan lejos?
—Le aseguro que cualquiera de estas aves regresará sin dificultad una vez sea liberada en cualquier parte de Francia. Tienen un sentido de la orientación que aún nos resulta inexplicable.
Con manos hábiles, Bourgeois abrió la puertecilla de la jaula, atrapó a dos palomas y las introdujo en ella. Una vez cerrada, Inés observó cómo las aves se agitaban, picoteando el grano que él había dejado en el interior.
—Lléveselas a mi cochero para que las ponga a buen recaudo, por favor. Dígale que no tenga prisa, que aprovecharé para visitar vuestra Granja Real —pidió Inés.
Bourgeois se sorprendió por la petición, sin embargo, no puso objeción alguna y se alejó en dirección a la entrada principal, llevando la jaula con ambas manos.
Inés no había avanzado más que unos pasos por el sendero de tierra cuando vio aparecer a Andrés, que salía de una de las cuadras.
Iba acompañado por dos pastores franceses, jóvenes y atentos, que asentían con seriedad a sus explicaciones.
En cuanto la divisó, el mayoral interrumpió su discurso con una palabra breve y se despidió.
Se acercó sacudiéndose la paja que aún llevaba en el hombro.
Ella le dedicó la mejor de sus sonrisas, esa que no podía evitar cuando lo veía, aunque se esforzara en mantener la compostura.
—Qué grata sorpresa encontraros de nuevo por aquí —saludó Andrés, quitándose la montera cuando estuvo frente a ella.
—Os prometí que regresaría.
Inés fijó la mirada en aquellos ojos oscuros, en cuyos extremos la piel estaba salpicada por diminutas gotas de sudor que brillaban con la luz del día. El mayoral llevaba parte de la camisa desabrochada, lo que dejaba ver un torso fuerte y bronceado por el sol.
—¿Por algún asunto en particular? —preguntó Andrés, abotonándose la camisa.
—Relacionado con el palomar —respondió ella, señalando el edificio circular que tanto había llamado la atención del mayoral al llegar a la granja—. Mi marido está ocupado y me ha pedido que recoja en su nombre dos palomas. Las enviará al sur para que regresen con noticias de las últimas cosechas.
—¿Habéis venido sola?
—Mi cochero me espera en la puerta.
Andrés asintió.
—¿Puedo acompañaros de vuelta?
—Ya que estoy aquí, me gustaría dar un paseo —contestó ella con una sonrisa.
El mayoral le ofreció el brazo, que ella aceptó con naturalidad.
Pasaron cerca de la vivienda de Andrés, y él aprovechó para lavarse y cambiarse de ropa.
Mientras, Inés lo aguardaba fuera, apoyada en una piedra.
Al salir, el mayoral notó que varios trabajadores de la granja pasaban cerca y los observaban con curiosidad.
—¿No os importa lo que puedan decir? —se inquietó él, mirando de reojo a los hombres.
—En absoluto —afirmó Inés, tomando de nuevo su brazo.
Recorrieron las instalaciones al mismo tiempo que Andrés explicaba con entusiasmo la utilidad de cada una de ellas. Después se acercaron a las merinas y acariciaron a varios corderos, con Andrés contestando con detalle a las preguntas de Inés sobre el cuidado de los animales.
—Y esta es la entrada al bosque —indicó él, señalando un portón de madera detrás del cual crecían frondosos árboles.
—También me gustaría verlo.
El mayoral bajó la mirada y se fijó en el calzado de la mujer.
—Habrá mucho barro. No sé si debería…
—No os preocupéis. Estos son mis zapatos de montar, estoy acostumbrada a llevarlos en el campo.
Se adentraron en la arboleda, serpenteada por un sendero a cuyos lados crecía una exuberante vegetación. Todo tipo de helechos, arbustos y matorrales cubrían el suelo, mientras que la luz se filtraba entre las ramas y hojas de los inmensos árboles que los rodeaban.
Durante el paseo, Andrés mencionó el libro que Inés le había prestado aquella tarde de tertulia.
Lo había leído durante los días de su convalecencia, entre el dolor de las heridas y la calma forzada del reposo, y las palabras impresas en aquellas páginas se le habían quedado grabadas más de lo que imaginaba.
—No os agradecí como debía el libro que me regalasteis —se sinceró—. Fue buena compañía en un instante difícil.
—¿Os gustó?
—Mucho.
—Los libros son puertas abiertas —comentó Inés, parándose un segundo—. O también pueden ser mensajeros, ¿no cree? Transportan palabras y a veces incluso pueden guardar secretos.
Andrés la escuchó pensativo y aquella idea quedó suspendida entre ambos, flotando con el aroma a tierra mojada. Nunca se le había ocurrido pensarlo de ese modo, pero tenía sentido. Los libros viajaban, se abrían, se leían en voz baja, a solas. Podían ocultar entre sus páginas mucho más que tinta.
Estaban tan inmersos en la conversación, intercambiando impresiones sobre la novela, que no fueron conscientes del cielo encapotado hasta que una primera gota cayó sobre la nariz de Inés. Ella miró al cielo, sobresaltada, justo cuando otra gota resbaló por su mejilla.
—Parece que la tormenta no ha terminado del todo.
El sol había desaparecido tras un manto de nubes grises, similares a las que precedieron al último chaparrón. El agua comenzó a caer en forma de diminutas gotas que descendían con suavidad y dibujaban destellos entre las ramas de los árboles.
—No se escucha ningún trueno —observó Andrés con gesto tranquilo—, así que no parece que venga cargada de rayos. Lo mejor será esperar a que pase, cobijados bajo un árbol. Y sé cuál es perfecto para eso.
Sin esperar respuesta, sujetó con decisión el brazo de Inés y la guio hacia el interior del bosque, adentrándose por un sendero aún más estrecho y oculto. Era un tramo que Andrés conocía bien después de tantos meses en Rambouillet.
La lluvia caía ya con fuerza cuando, entre la espesura, apareció ante ellos un monumental roble. El tronco era tan ancho que habrían hecho falta tres hombres para rodearlo, y sus ramas se elevaban como brazos protectores hacia el cielo, extendiendo un dosel natural que prometía refugio.
Corrieron hacia el árbol con los sombreros en la mano para evitar perderlos y, bajo sus ramas, la lluvia se volvió apenas un murmullo, colándose solo algunas gotas entre los primeros brotes.
Inés, apoyada en el tronco del roble, rompió a reír.
Una risa clara, luminosa, que parecía brotar del alma y que hizo que el mundo se detuviera.
Andrés la miró fascinado; y tuvo la certeza de que no existía en el universo una mujer más bella.
Se acercó con paso vacilante, temiendo que un solo gesto en falso pudiera romper el hechizo que los rodeaba.
El agua caía por el rostro del español y, con una ternura instintiva, Inés separó el cabello húmedo que le caía en dos mechones oscuros sobre la frente.
Sus dedos rozaron apenas la piel, pero bastó ese contacto para dejarlo sin aliento.
Al mirarse, ya no hubo barreras ni duda alguna.
En los ojos de Andrés brillaba el deseo, una necesidad callada que ahora se dejaba ver, y ella no apartó la mirada.
Se besaron mientras las manos se entrelazaban y sus respiraciones, antes irregulares, comenzaron a sincronizarse.
Sentían la electricidad recorrer su piel al mismo tiempo que ambos cuerpos se rozaban y el calor los invadía, ajenos a todo lo que los rodeaba.
El mundo exterior desapareció, y solo existieron ellos dos y el susurro de la lluvia.