La sombra del mayoral Capítulo 27
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Capítulo 27

En la actualidad

El sol se deshace sobre el horizonte cuando Carmen toma la carretera secundaria que lleva al pueblo. Las curvas se suceden entre campos de encinas, al tiempo que los insectos zumban a ras del suelo y el cielo empieza a tornarse violeta sobre los sembrados.

Conduce con las ventanillas bajadas, por lo que el aire le golpea el rostro y le despeina el pelo.

Aparta la vista de la carretera para coger el móvil y, con agilidad, presiona el último número de la lista de llamadas, el de Hugo, hasta que una voz artificial le informa otra vez de que sigue apagado o fuera de cobertura.

No puede dejar de pensar a medida que se acerca a la casa de su abuela: «¿Y si Hugo ha venido aquí a buscarme? Tal vez haya querido adelantarse y me esté esperando».

A su mente viene el recuerdo de la persecución, del coche negro y sus ocupantes, que habían estado esperando a que saliera de casa del señor Antonio después de haberla seguido desde Madrid hasta Fuentidueña sin que ella se percatara.

Si ellos no habían conseguido el collar antes era porque desconocían la carta que encontró en la biblioteca de su abuela y que hablaba del libro que permitía descifrar el código.

Supone que por eso fueron hasta Sigueruelo y por eso debieron de darse cuenta de que ella también lo buscaba.

Entra en el pueblo justo cuando anochece. Las calles estrechas, las casas encaladas, las persianas cerradas… Todo parece más desierto que de costumbre. Ni un alma fuera. Un gato cruza entre las sombras, se detiene y la observa desde lo alto de un muro de piedra.

Carmen recorre las calles principales, pero el coche de Hugo no aparece. Frena en la plaza, apaga el motor y se baja. Todo está en calma, salvo por un perro que ladra a lo lejos y el canto monótono de un autillo.

Camina hasta la parte alta del pueblo, donde el móvil recupera una barra de cobertura, y llama otra vez, sin obtener respuesta.

Está a punto de darse por vencida cuando decide dar otra vuelta por si acaso se han cruzado.

Atraviesa la localidad hasta llegar a última casa, la de su abuela, que se encuentra alejada de las demás, donde ni siquiera las farolas llegan.

Tampoco hay nadie allí, está dispuesta a dar media vuelta, cuando algo la hace detenerse en seco.

La ventana del piso de arriba está entreabierta.

Carmen se queda inmóvil. Aquella ventana estaba cerrada las últimas veces que visitó la casa y no recuerda que la abriese para nada.

Sus padres tampoco han podido ser, pues aún no les ha devuelto las llaves.

Es la misma cuyo cierre fallaba y que los ladrones habían utilizado para acceder, sin dificultad aparente, a su interior.

Camina hasta la puerta del jardín, con las suelas levantando polvo de la tierra seca. El cielo, cada vez más oscuro, parece inclinarse sobre ella. No hay luces en la calle, salvo el resplandor apagado de la luna creciente.

Al llegar junto a la puerta, se detiene y escucha, pero no oye ningún ruido extraño. Busca en el bolso las llaves, apoya la mano en el cerrojo y lo abre. La puerta estaba cerrada, pero el muro que rodea el jardín es tan bajo que cualquiera podría saltarlo sin esfuerzo.

Atraviesa el jardín con paso lento y el corazón martilleándole en el pecho.

El suelo cruje bajo los pies debido a los restos de hojarasca.

Distingue en las sombras lo que parece una vieja silla de mimbre volcada en un rincón.

Al pasar junto al muro, un destello la detiene.

Es una luciérnaga, que flota suspendida en la penumbra, apenas un punto de luz verde que parpadea como una estrella caída.

Cuando llega a la puerta principal, levanta el manojo de llaves mientras le tiemblan los dedos. No da con la correcta. Maldice en voz baja y, con el móvil en la otra mano, activa la linterna. El haz de luz ilumina el cerrojo y la pintura de la puerta resquebrajada. Finalmente, la llave entra.

Empuja la hoja de madera.

Aprieta el interruptor de la entrada.

Y grita.