Capítulo 26
Inés, junto al carruaje que la había traído, aguardaba bajo el arco de acceso a la Granja Real. Sus ojos se iluminaron al reconocer al mayoral.
—He venido para preguntar por vuestro estado —declaró dirigiendo su atención hacia los brazos de Andrés, donde los músculos se marcaban bajo el doblez de la camisa arremangada—. Veo que os quedan muchas cicatrices.
El corazón de Andrés latía con fuerza, golpeándole el pecho como si quisiera salir de él.
Se sintió incómodo por su atuendo de faena, cubierto aún de polvo y barro, y así se lo hizo saber a Inés.
Aunque ella le dio a entender que no le importaba, el mayoral regresó a la casa con paso rápido.
Se lavó manos y rostro en la jofaina del zaguán, se cambió la camisa por una limpia y se esmeró en quitar la suciedad de sus calzones lo mejor que pudo.
Cuando volvió al patio, ella lo aguardaba sonriente.
Andrés la observó mientras se acercaba. Llevaba el cabello recogido bajo un sombrero de ala ancha, adornado con un lazo verde oscuro, tono que armonizaba con su vestido.
Era un sencillo traje a la polonesa, de mangas largas y lisas, con una falda abullonada por detrás que dejaba al descubierto los tobillos y los zapatos.
El escote estaba cubierto por una pañoleta de tonos claros, que resaltaba la modestia de su atuendo.
—¿Os parecería bien si damos un paseo? —preguntó ella en francés, elevando la voz para que la oyese el cochero—. No tendréis inconveniente en esperarnos aquí, ¿verdad, monsieur Bernard?
—Señora, no creo que sea apropiado para una dama como vos pasear sin escolta —se atrevió a decir el hombre, visiblemente incómodo.
—No voy sola —le corrigió Inés, levantando la mano con elegancia—. Por si no lo habéis advertido, me acompaña el señor Gil.
Bernard se mordió la lengua y bajó la cabeza, murmurando algo ininteligible sobre monsieur Delorme.
Inés, sin prestarle más atención, ofreció su brazo a Andrés, como lo hizo aquella noche en el baile, solo que esta vez el paisaje no era un salón dorado, sino la tierra firme y conocida de la granja.
Y Andrés, ahora sí, se sintió dueño de sus pasos.
Avanzaron por un sendero de tierra flanqueado por árboles cuyos brotes recientes se alzaban como promesa de la nueva estación.
El sol brillaba alto y su calor acariciaba la piel de forma agradable.
Inés se reveló como una gran conocedora de las especies vegetales que, para Andrés, ya resultaban familiares tras su estancia en Rambouillet.
Iban nombrándolas una a una, deteniéndose a observarlas con atención, comparando sus formas y aromas con las que crecían en las tierras del sur, donde había nacido el mayoral.
—Estas acacias no son tan robustas como las de Extremadura —comentó él, acariciando el tronco de una de ellas.
—Quizá no lo sean —comentó Inés—, pero mire cómo se esfuerzan por vestirse de nuevo tras el invierno.
En eso, al menos, se parecen a vos. —Andrés la miró con sorpresa y sonrió—.
Algún día me gustaría enseñaros los jardines del palacio de Rambouillet —añadió Inés, inclinándose para observar los frutos rojizos de un arbusto que crecía al borde del sendero.
—No estoy seguro de querer regresar a ese lugar —confesó Andrés, llevándose la mano a una de las cicatrices que aún le marcaban el rostro.
—¡Oh! No me malinterprete, señor Gil —repuso Inés con suavidad—.
No me refiero al salón ni a sus mascaradas, sino a los jardines auténticos, la vasta extensión que se abre más allá del palacio, donde crecen árboles exóticos traídos de los más remotos confines del mundo.
—Andrés la miró sorprendido—. Pretenden aclimatar centenares de especies distintas de plantas, desde el roble rojo de América hasta el liquidámbar o el arce de Tartaria.
Y no solo eso, sino que también han traído ganado de todos los rincones del continente: vacas italianas, burros de la Toscana, caballos egipcios… Incluso cabras de Angora.
El mayoral jamás había oído hablar de muchos de aquellos lugares y, en su fuero interno, lamentó la absurda pretensión del ser humano de querer poseer cuanto veía, aun cuando ello implicaba arrancarlo de su tierra, de su clima y de su vida.
—Me temo que no dispondremos de mucho más tiempo, madame Delorme —dijo al fin, con tono mesurado.
—Llamadme Inés, os lo ruego —le pidió con una sonrisa—. ¿A qué os referís? ¿Acaso no permaneceréis hasta la segunda paridera?
—Regresaremos a España a primeros de abril.
—¿Dentro de un mes? —se extrañó Inés.
—Ya sabéis que la situación en la granja no es la mejor… Y tras lo sucedido en el palacio, lo más prudente es adelantar el regreso.
—Sentiré vuestra partida. Ha sido un soplo de aire fresco para mí, pero comprendo que es lo mejor, aquí no estáis seguros.
—No os preocupéis, Inés. Lo peor ya ha pasado —la tranquilizó Andrés, tomando su mano.
Ella lo miró a los ojos y, por un momento, el mundo pareció desvanecerse: los árboles se tornaron difusos, los pájaros silenciaron su canto y el rumor del agua cesó.
Andrés sintió vértigo, igual que si se hallase al borde de un abismo, y en lo más hondo de su alma, deseó lanzarse sin miedo, perderse para siempre en la profundidad de aquella mirada.
Pero ella retiró la mano con un gesto súbito.
—No quisiera importunaros.
Los ojos del mayoral descendieron al suelo y así permanecieron durante el trayecto de regreso. Ni siquiera pudo mirarla en la despedida, cuando, ya junto al carruaje, ella le susurró, como una promesa:
—Nos volveremos a ver.