Capítulo 25
En la actualidad
Carmen detiene el coche frente a la casa de Antonio.
El calor de media tarde se le adhiere al cuerpo como una manta húmeda y el sol reverbera sobre el cemento de la plaza.
Aún con la adrenalina recorriéndole el cuerpo, baja con el santo en brazos y la caja cruje al apoyarla en el suelo para llamar a la puerta.
Tarda unos segundos, pero Antonio aparece al fin, con el gesto arrugado.
—¿Pero qué puñetas…?
—Vengo a devolvérselo —dice Carmen, señalando la caja—. Siento habérmelo llevado.
Antonio baja la vista pero el temblor en las manos delata su enfado.
—La juventud… —masculla con voz ronca—. No respetáis nada. —Carmen agacha la cabeza y el anciano continúa—: Sois egoístas, impulsivos y creéis que todo os pertenece, como si el mundo os debiera algo.
—Tiene razón —admite ella—. Déjeme que lo coloque en su sitio.
El hombre se echa a un lado y la joven carga con la caja hasta depositarla sobre el mueble del salón.
La casa aún guarda el dulce aroma de la mermelada recién hecha.
Cuando está a punto de explicarle el motivo por el que la base de la figura ha quedado algo desplazada, se da cuenta de que no hay nadie más en la casa y pregunta:
—¿Dónde está Hugo?
Antonio, que camina detrás de ella, alza la mirada.
—¿Cómo qué dónde? Salió hace rato a buscarte.
Carmen saca su teléfono y le llama, pero no obtiene respuesta. Promete a Antonio que volverá para explicarle con más detalle lo que ha pasado con el santo y sale corriendo. Se monta en el coche y recorre el pueblo en dirección a la casa del veterinario.
Al llegar, llama al timbre y golpea la puerta, pero nadie abre. Desde dentro, solo se oye el ladrido ansioso de Nero.
—¡Hugo! ¡¿Estás ahí?! ¡Soy yo! ¡Abre! —grita, dando vueltas alrededor de la vivienda, tratando de encontrar alguna pista, pero no hay señal de él.
Carmen se mueve nerviosa por el pueblo. Se cruza con varios vecinos, pregunta una y otra vez, pero nadie lo ha visto. Algunas mujeres mayores, que se sientan en sillas de enea a la sombra, la miran sorprendidas, abanico en mano.
—¿Han visto a Hugo? ¿El veterinario?
—Hoy no, hija. Pero suele pasar por aquí por las tardes —responde una de ellas—. ¿Le ha pasado algo?
—No contesta al móvil.
—Uy, pues eso es raro. Ese chico tiene siempre el teléfono pegado a la oreja.
Carmen les da las gracias y sigue caminando por las calles estrechas y empedradas. Se cruza con un chaval en bicicleta y con dos ancianos que juegan a las cartas en una mesa de plástico bajo un emparrado. Y todos le dicen lo mismo: no lo han visto.
Al final, entra en el bar del centro del pueblo. Un ventilador viejo gira con un zumbido perezoso en el techo, removiendo un aire que en el interior huele a cerveza tibia y a fritura. Hay tres hombres mayores en la barra y un camarero secando vasos.
—Estoy buscando a Hugo, el veterinario.
Uno de los parroquianos se gira desde la barra.
—Aquí no está. ¿Por qué?
—No lo encuentro y no responde al teléfono —contesta Carmen desesperada.
El camarero detiene sus manos.
—Eso sí que es extraño… Hugo nunca apaga el móvil, porque suele tener urgencias a todas horas. Una vez le llamé a las tres de la mañana para que atendiera un parto difícil de una de mis yeguas y cogió la llamada.
—A lo mejor no tiene cobertura —apunta otro lugareño, con un palillo entre los dientes.
—¿Hay algún sitio por aquí que no la tenga? —pregunta Carmen.
—La verdad es que en este pueblo estamos bien servidos, pero sé que en algunos no hay ni sombra de cobertura.
Los clientes continúan su tertulia particular, pero Carmen ya no los escucha. Se queda pensando en las últimas palabras de uno de los hombres y exclama:
—¡Claro!
Sale del bar sin despedirse, las llaves del coche le tiemblan en los dedos y el cielo, enrojecido por el atardecer, parece incendiarse sobre los tejados del pueblo.