La sombra del mayoral Capítulo 24
83%

Capítulo 24

Dos semanas después de la noche del baile de máscaras, y aunque las cicatrices aún marcaban su rostro, Andrés ya había retomado las labores cotidianas con el rebaño.

Las heridas seguían presentes, sobre todo las del pómulo y la sien, aún amoratadas y sensibles al tacto.

Una punzada aguda en el costado le obligaba a veces a detenerse, o bien la pierna maltrecha flaqueaba sin previo aviso, pero no estaba dispuesto a permanecer postrado ni un día más de lo necesario.

No quería convertirse en una carga para los compañeros ni retrasar los planes previstos.

El relevo de los pastores franceses estaba próximo y Andrés se había propuesto dejar todo organizado: los corrales, los pastos y el recuento completo del ganado.

Después de eso, si nada lo impedía, emprenderían el regreso a casa.

Su mirada, aunque serena, se perdía a menudo en el horizonte, imaginando desde allí los campos de Castilla.

Tras la paliza, Andrés evitó cruzarse con Bourgeois, que acudió a visitar al mayoral cuando estaba convaleciente y le procuró los mejores cuidados a través de su médico personal.

Sin embargo, para Andrés aquello no era suficiente.

No comprendía por qué el gerente había desaparecido justo en el momento del ataque y algo le decía que eran demasiadas coincidencias.

—¡Les arrancaré la cabeza! —exclamó el Gurriato en cuanto Andrés, con la voz aún quebrada, logró contarles lo sucedido.

—¡Esto no puede quedar así! Les daremos su merecido, que sepan quiénes somos los españoles —añadió José, remangándose la camisa, dispuesto a la pelea.

Liborio y Casimiro aplaudían la idea, intercambiando miradas cómplices mientras fantaseaban con llegar al palacio y propinar una paliza al primer aristócrata que se cruzase en su camino.

—No estoy seguro de que se tratase de alguien del palacio —dijo el mayoral, todavía con el rostro sombrío.

—Pero nos ha dicho que vestían como nobles —replicó Liborio.

—Sí, y también que huyeron hacia el bosque —puntualizó Andrés, apoyado en el bastón de fresno que usaba desde la paliza.

—¡Pues los buscaremos! —saltó Casimiro, parpadeando con tal rapidez que parecía a punto de entrar en trance.

—¡De aquí no se mueve nadie! —ordenó el mayoral, aunque su voz no sonaba tan autoritaria como habría deseado—. Es mi deber llevaros de vuelta a casa, sanos y salvos. Esa ha sido siempre mi responsabilidad.

—¡¿Y dejarlo así?! ¡¿Dejar que se burlen de nosotros, que nos apaleen y no hagamos nada?! —se quejó el Gurriato, fuera de sí. Era la primera vez que el pastor le hablaba de ese modo: a gritos, cortándole la palabra, con los ojos encendidos de rabia y el pecho agitado como un fuelle.

Andrés comprendía la frustración de sus hombres, pero también sabía que nadie acudiría en su auxilio si se metían en líos.

A ojos de la sociedad, no eran más que eso: pastores.

Y para colmo, extranjeros. Su única protección era Gilbert, quien, aunque siempre se había mostrado generoso y cordial, estaba absorbido por sus obligaciones en la Universidad Veterinaria de Alfort y apenas podía acercarse a la Granja Real.

Habían transcurrido varios días desde aquella acalorada discusión, pero la tensión entre el mayoral y sus compañeros seguía latente, instalada como una bruma espesa. Ese día, sin embargo, Andrés decidió reunirlos en una de las cuadras, con la esperanza de calmar los ánimos con una buena noticia.

—Acabo de recibir la respuesta de Gilbert a la carta que le envié solicitando adelantar nuestro regreso a casa —anunció—.

Los hombres guardaron silencio al instante, con los ojos fijos en su mayoral—.

Pese a que lamenta nuestra marcha —continuó—, comprende las circunstancias.

Y, teniendo en cuenta lo sucedido, aprueba la solicitud.

Tras escucharlo estallaron los vítores y las risas, llenando la cuadra de alegría. El Gurriato, fuera de sí de entusiasmo, abrazó a Casimiro y lo levantó del suelo como si no pesara nada. Liborio besó el lomo de la oveja más cercana mientras José daba saltos como un niño.

—¿Cuándo nos iremos? —preguntó Liborio.

—La primera semana de abril —respondió Andrés.

—Mientras no sea un martes… —añadió con tono burlón, arrancando las carcajadas del grupo.

Casimiro, con los ojos enrojecidos y brillantes, se acercó al mayoral y lo abrazó con fuerza. Andrés sintió el calor de sus mejillas ardiendo, el temblor en aquellos brazos flacos, y supo que era un gesto sincero, nacido del alma.

—¿Y qué pasará con las ovejas? —preguntó Casimiro, tras separarse, mientras acariciaba con ternura el hocico de una de las merinas.

—No te preocupes, que ya han superado lo peor. La primavera traerá el buen pasto y el clima benigno. Además, con lo que les hemos enseñado, los franceses sabrán cuidarlas —lo tranquilizó Andrés, aunque un súbito vacío se le instaló en el estómago.

En ese preciso instante, uno de los mozos entró corriendo en la cuadra. Detuvo su carrera justo frente a ellos y, tras recuperar el aliento, soltó con cierta urgencia:

—Señor, hay una dama esperándole ahí fuera.