La sombra del mayoral Capítulo 23
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Capítulo 23

En la actualidad

Hugo se despierta con un gemido ahogado y la cabeza palpitándole con violencia. Tarda en ubicarse. El aire huele a cerrado y a humedad. Hay algo helado bajo su mejilla: el suelo. Frío, rugoso, lleno de partículas de polvo que se le han pegado a la piel.

Abre los ojos. Una única bombilla, desnuda, cuelga del techo y lanza sombras largas en las paredes desconchadas.

Se incorpora despacio y el movimiento le arranca una punzada aguda en la sien.

Se lleva la mano a la cabeza y nota un bulto duro, irregular.

La sangre está seca, pero la herida aún escuece.

Traga saliva y un sabor metálico le llena la boca.

Mira a su alrededor. Está en una habitación pequeña y casi vacía.

El suelo es de cemento, sin alfombras, sin muebles, salvo por una estantería desvencijada al fondo.

Las paredes están desnudas. Tampoco hay ventanas.

Solo una escalera de peldaños de madera que conduce a una trampilla en el techo, cerrada.

El pulso se le acelera.

—¿Dónde estoy? —susurra. Su voz le suena extraña, como si no fuera la suya.

Se tambalea hasta la trampilla y golpea con ambas manos.

—¡Eh! ¿Hay alguien ahí? —grita, pero lo único que obtiene como respuesta es el eco de su voz—. ¿Pueden oírme? ¡Ayuda!

Se lleva las manos a los bolsillos de los pantalones para buscar su teléfono móvil, pero no lo encuentra, aunque está seguro de que lo tenía antes del golpe. Entra en pánico, con el estómago revuelto y la cabeza aún girándole. No comprende nada, ¿quién lo ha traído aquí?

Con la espalda apoyada contra la pared, se sienta de nuevo e intenta controlar la respiración, pero el miedo se cuela por cada rendija de su conciencia.

Apenas han pasado unos minutos cuando escucha un ruido. Parecen pasos, intuye que alguien se acerca. Y tras un silencio que le resulta eterno y en el que solo escucha el pulso de su corazón, una voz femenina le habla desde el otro lado de la trampilla:

—Hugo. —El tono es suave, casi amable, pero no tranquiliza—. ¿Ya te has despertado? —Él sigue sin responder, pero la mujer no pierde la calma—: Espero que estés bien y que el golpe no haya sido demasiado doloroso, pero tu amiga no nos ha dejado otra opción.

—¿Carmen? —susurra el joven, atando cabos.

—Todo va a salir bien si nos ayudas —continúa la voz—. No vamos a causarte más daño. Solo queremos saber dónde está.

Hugo traga saliva, tiene la lengua pegada al paladar.

—No lo sé —responde.

Se hace un silencio.

—Está bien. Te dejo que te lo pienses. Volveré cuando estés listo para hablar —dice la mujer, ahora más fría—. Y no te molestes en gritar, nadie vendrá a ayudarte.

Los pasos se alejan y Hugo, con la respiración contenida, cierra los ojos mientras el terror le recorre el cuerpo como un escalofrío.