La sombra del mayoral Capítulo 22
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Capítulo 22

Una joven, a quien Andrés no había visto antes, le tendía la mano enguantada, esperando con gesto resuelto a que él la tomase. Aunque llevaba una máscara dorada que le cubría parte del rostro, se adivinaban tras ella unos rasgos finos y agradables.

—Le ruego me dispense, señora —dijo Andrés, retrocediendo un paso con visible apuro—, pero no sé bailar.

—¿Es eso verdad? Qué insólito —respondió ella, soltando una risita aguda, acorde con su voz nasal—. En tal caso, ¿qué le parecería dar un paseo por los jardines? He oído decir que no desmerecen en nada a los de Versalles.

Andrés buscaba las palabras adecuadas para rechazar la invitación, pero la joven, sin aguardar respuesta, se enganchó a su brazo con la misma naturalidad con que lo había hecho madame Delorme y, con un ademán del abanico cerrado, le señaló la puerta de salida.

Descolocado por la osadía de aquella dama y sin saber cómo zafarse sin resultar descortés o poco caballeroso, el mayoral la siguió. La música continuaba en el palacio de Rambouillet al mismo tiempo que las parejas danzaban en un incesante vaivén de pelucas y máscaras.

Antes de cruzar el umbral, Andrés dirigió una última mirada al salón en busca del antifaz violeta de Inés, pero no logró divisarlo.

Lo que sí vio fue la figura de Bourgeois, inconfundible con su máscara granate, que desaparecía tras una puerta disimulada entre los tapices, acompañado por un caballero a quien no identificó

La joven lo condujo hacia el exterior con paso decidido. Parecía que, una vez fuera del salón, una prisa súbita la hubiese poseído.

Andrés experimentó un alivio inmediato al sentir el frescor de la tarde sobre el rostro.

Solo entonces comprendió cuán cargado estaba el ambiente dentro del palacio.

Inspiró profundamente, llenando los pulmones del aire limpio que traía el crepúsculo.

El sol se desvanecía en un horizonte matizado por nubes de color rosado.

Apenas habían recorrido unos pasos por el sendero principal del jardín cuando un impacto brutal en la espalda lo arrojó de bruces al suelo. Nunca supo si la mujer se apartó de él antes o después del impacto, pero lo cierto es que jamás volvió a verla.

Dos corpulentos hombres se abalanzaron sobre él sin mediar palabra y le golpearon con saña. Andrés se encogió cubriéndose la cabeza con los brazos, al mismo tiempo que gritaba entre súplicas para que cesaran.

Pero no pararon. Continuaron con violencia, obligándolo a caer una y otra vez siempre que intentaba incorporarse, mientras él se retorcía, malherido, sobre la grava.

Solo alcanzó a distinguir que ambos llevaban máscaras y vestían trajes tan refinados como los de cualquier otro invitado del baile.

Y que, a pesar de su brutalidad, no desentonaban con el resto de los asistentes.

Indefenso, con el cuerpo entumecido por el dolor y la sangre empapando la camisa, Andrés creyó que la muerte no podía estar lejos.

Entonces sonó el primer disparo.

Un tiro limpio que se perdió entre los setos y árboles del jardín.

Los atacantes se sobresaltaron y, miraban en dirección al palacio, cuando un segundo disparo rasgó el silencio de la tarde.

No esperaron más: los dos hombres huyeron a toda prisa, perdiéndose entre los senderos que conducían al espeso bosque que rodeaba Rambouillet.

Andrés, aún encogido sobre el suelo, giró la cabeza en busca de quien le había salvado la vida. Pero no halló a nadie. Tan solo el jardín en penumbra y el eco lejano de pasos apresurados.

Varios guardias, alertados por los disparos, aparecieron corriendo por el sendero principal, mientras que, en el piso alto del palacio, los invitados al baile se agolpaban tras las cristaleras del salón, formando una hilera de rostros curiosos entre pelucas y abanicos.

Uno de los sirvientes ayudó a incorporarse al mayoral. Andrés tenía la boca llena de sangre y apenas veía por el ojo izquierdo, que comenzaba a hincharse de forma alarmante. Escupió varias veces y se palpó con torpeza el reguero caliente que le bajaba por la sien hasta la mandíbula.

Avanzaba con dificultad, arrastrando un pie tras otro, encorvado por el dolor, mientras los guardias le sujetaban por los brazos e intentaban apresurar el paso hacia el interior del palacio.

En el salón, los asistentes retomaron el baile al compás de los violines, como si nada hubiese ocurrido.

Tan solo algunos curiosos descendieron hasta la entrada principal para averiguar quién era el desdichado que acababa de recibir una paliza, pero ninguno se ofreció a prestarle auxilio.

La indiferencia reinaba tras los rostros ocultos por las máscaras.

Tras recibir un vendaje apresurado en la cabeza por parte de unos sirvientes, estos le devolvieron sus escasas pertenencias y avisaron al cochero, quien llegó minutos después para conducirlo de vuelta a la Granja Real de Rambouillet.

Mareado y con el cuerpo entumecido de dolor, Andrés llegó a las dependencias de los pastores sostenido por dos mozos de cuadra que lo arrastraron hasta la puerta.

Fue el Gurriato, que atendía a los corderos en el redil más cercano, el que acudió primero, tras el aviso urgente de uno de los mozos. Llegó a tiempo para ver cómo un maltrecho Andrés, con la cara, las manos y el traje ensangrentados, atravesaba la entrada de la casa.

Una vez dentro, lo desvistió, lo sentó en un taburete y lo lavó con el agua de la palangana intentando no tocar las heridas ni las hinchazones provocadas por los golpes, que pronto se convertirían en moretones.

Le acompañó hasta la cama y le ayudó a meterse bajo las mantas, entre las maldiciones y muecas de dolor de Andrés.

Aquello necesitaba algo más que una explicación, pensó el Gurriato al contemplar la cara descompuesta del mayoral.