La sombra del mayoral Capítulo 21
79%

Capítulo 21

En la actualidad

Carmen baja del coche con las piernas temblando. Ha conseguido despistar al vehículo negro que la perseguía, ese mismo que, está segura, ha estado observándola durante las últimas semanas. No sabe quién lo ocupa, pero no está dispuesta a dejar que se lleven su descubrimiento.

Busca el móvil en el bolso para avisar a Ernesto o a Alicia, pero todo le da vueltas y no consigue desbloquearlo, así que acaba tirándolo encima del asiento del automóvil.

Siente el pulso latir en las sienes y el fuerte olor a estiércol le revuelve aún más el estómago.

Se dobla sobre sí misma, apoyando una mano en la puerta del coche y, aunque logra contener las náuseas, varias arcadas le sacuden el cuerpo.

Respira hondo. Una vez. Dos. Hasta que el mundo a su alrededor deja de girar.

Piensa de nuevo en Hugo y en el señor Antonio, en lo que estarán pensando en estos momentos de ella, y el remordimiento ocupa su mente un instante. Pero no hay tiempo.

Abre la puerta del coche, saca la caja de madera y la lleva hasta la sombra de una encina cercana, el único lugar donde el calor no parece asfixiante. La coloca sobre la tierra seca y se sienta en cuclillas, observando lo que tanto ha buscado.

Con manos temblorosas, desliza el pestillo de la puerta de cristal. El mecanismo chirría al abrirse, con un sonido agudo, como si la caja protestara por lo que está a punto de suceder y ella contiene el aliento mientras saca la talla del santo.

La sostiene con ambas manos. El paso del tiempo ha oscurecido la madera y dejado pequeñas grietas marcadas en la superficie. La inclina y algo suena dentro, así que le da unos golpes con los nudillos en la base. El ruido es claro. Está hueca y no parece vacía.

Intenta abrir la base con las uñas, con las llaves del coche… Pero no lo consigue. Mira alrededor y encuentra una piedra.

—Si hay un infierno, voy de cabeza —murmura.

Levanta la piedra y golpea varias veces hasta que la base cede con un crujido. Un fragmento de madera sale disparado y, junto con él, algo más.

Algo que brilla.

Como un filamento de agua luminosa, un collar se derrama sobre el suelo. Las perlas ruedan, manchándose de polvo, pero aun así reflejan la luz del sol con una suavidad hipnótica. Parecen gotas de luna atrapadas en la tierra.

Carmen parpadea atónita. Con manos trémulas, recoge el collar y lo observa a contraluz. Las cuentas esféricas están unidas por un hilo que parece intacto.

La emoción le sube a los ojos. Ha resuelto el último acertijo de su abuela. Lleva semanas siguiendo pistas, cuestionando su cordura, temiendo por su seguridad y ahora, aquí está. Una prueba tangible. Un tesoro oculto durante siglos. Es hermoso y es real.

Un ladrido rompe la calma.

Detrás de ella hay un perro y una voz masculina que lo llama. Carmen mira hacia el camino y observa cómo alguien se acerca entre los árboles, avanzando con paso tranquilo.

Echa un rápido vistazo a su alrededor y encuentra una piedra junto a la raíz de la encina.

Con rapidez, entierra el collar debajo, cubriéndolo con tierra suelta y hojas secas.

Recoge los fragmentos de la base y, como puede, trata de encajar el santo dentro de la caja.

La cierra con manos ágiles, reprimiendo el temblor que le recorre el cuerpo, y la carga hasta el coche.

Cuando arranca el motor, la silueta del hombre con el perro ya está muy cerca, pero Carmen no espera. Acelera, dejando atrás el polvo, la granja y al paseante, que se detiene y la observa desaparecer.

Mientras tanto, Hugo ha conseguido salir de la vivienda de Antonio después de asegurarle que le devolverá el santo. Ha prometido que se trata de algo urgente, que todo tiene una explicación, y ha logrado que el anciano, aún indignado, no llame a los guardias.

Se dirige hacia su casa todavía con la adrenalina bombeándole en las venas. Saca el teléfono para contactar con Carmen, pero no llega a desbloquear la pantalla cuando percibe un movimiento a su espalda, y recibe un golpe seco.

El dolor es inmediato, punzante, como si le atravesaran el cráneo. Después, solo oscuridad.