La sombra del mayoral Capítulo 20
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Capítulo 20

El grupo de damas se hallaba reunido junto a los músicos, no lejos del reconfortante calor que emanaba de una de las majestuosas chimeneas de mármol.

Algunas reposaban con elegancia sobre sillas tapizadas en terciopelo carmesí, mientras que otras permanecían de pie, en una animada conversación, abanicándose con gesto distraído o ajustándose los pliegues de la falda.

—¡Señor Bourgeois! —exclamó una de ellas al divisar al gerente—. Uno de los pocos caballeros con quien aún puede entablarse una conversación decente en estos tiempos. ¿Cómo os halláis?

—Siempre es un placer conversar con tan ilustres damas —respondió Bourgeois tras una reverencia.

—Me temo que muchos en esta sala no comparten vuestra opinión —comentó otra, dando unos pasos hacia el recién llegado—. Decidme, ¿quién es este apuesto acompañante que nos honra esta noche? —preguntó, esbozando una sonrisa mientras dirigía una fugaz mirada a Andrés.

Bourgeois soltó una carcajada y negó con la cabeza, con gesto de fingida resignación.

—No os hagáis ilusiones, condesa. Este caballero no es cortesano, sino el español encargado del célebre rebaño de merinas que ha llegado a Rambouillet.

—¡Oh! Qué admirable calidad tiene esa lana —intervino una tercera dama, acercándose con viva curiosidad.

—Y qué largo y penoso debió de ser el viaje —añadió con tono afable otra.

—Permitidme que os presente a Andrés Gil —dijo Bourgeois mientras el mayoral inclinaba la cabeza en señal de respeto—.

Y estas distinguidas damas son: la condesa de Miremont, reciente autora del aplaudido Tratado sobre la educación de las mujeres; madame de Kéralio, que ha iniciado hace poco una colección de obras escritas por damas francesas; la mejor actriz de la Comédie Française, madame Raucourt, y la renombrada pintora de la corte de Versalles, madame Vigée Le Brun.

Andrés estaba aturdido por la atención y el boato, esforzándose por mantener la compostura mientras sus ojos recorrían los rostros pálidos y perfectamente maquillados que lo observaban con una mezcla de interés y simpatía.

La mayoría llevaban pelucas con llamativos tocados y faldas amplias cuyo volumen se intensificaba en las caderas.

Además, los vestidos estaban ceñidos por corsés que elevaban el busto y estrechaban la cintura.

Encajes, volantes y lazos saturaban las telas de las damas hasta el exceso y ninguna de ellas hubiera acudido al baile sin sus guantes ni su abanico.

—Señor Gil, si continuáis apretando así la máscara, me temo que no podrá serviros para el baile —comentó la condesa, con una sonrisa maliciosa, señalando la mano del mayoral y provocando las risas cómplices del grupo de damas.

Andrés bajó la vista y se percató de que no había soltado la máscara desde que cruzó el umbral del salón. La sostenía con tanta fuerza —los nudillos se marcaban blancos bajo la piel tensa— que el fino cartón se había deformado.

—Me alegra ver que se entretienen —intervino una voz familiar.

Inés se acercó al grupo con la naturalidad de quien sabe que es observada.

Lucía un vestido de un delicado tono aguamarina, ceñido al torso por un corpiño bordado con encajes.

Alrededor del cuello llevaba una cinta de terciopelo negro, rematada por una flor morada que resaltaba sobre su piel.

El cabello, oculto bajo una peluca empolvada de rizos suaves, quedaba recogido por una cofia de seda a juego con el vestido.

Andrés la miró y, por primera vez desde su llegada, sonrió mientras sentía cómo el pulso se le aceleraba sin remedio.

—Madame Delorme —saludó el gerente de la granja—. Os echamos de menos en la última cacería.

—Ya sabe que ahora prefiero dedicar mi tiempo a recorrer la zona a caballo, sin llevar un arma en la mano. No se imagina la cantidad de maravillas naturales que tenemos tan cerca —comentó con tono sereno Inés.

Las damas a su alrededor aplaudieron la respuesta, encantadas con la idea, y enseguida comenzaron a intercambiar impresiones sobre parajes recónditos, así como sobre la flora y la fauna local.

El entusiasmo era evidente en sus voces, que se superponían en una conversación animada.

Aprovechando el bullicio, Inés se volvió hacia el mayoral y le habló en español con naturalidad.

Después, con una elegante discreción, tomó su brazo e hizo una leve presión para indicarle, sin palabras, la dirección hacia la que deseaba llevarlo.

Andrés obedeció, tratando de controlar el temblor que le recorría el cuerpo.

—Me alegra que hayáis aceptado mi invitación —dijo ella, con una sonrisa apenas insinuada.

—No os negaré que lo dudé al principio —confesó él en voz baja—. Debo admitir que me siento perdido en este lugar.

—¿Mis amigas os han importunado?

—En absoluto —contestó Andrés, aclarándose la garganta—. Son damas muy interesantes. Escriben, actúan y pintan, tanto como si fueran hombres.

Inés detuvo el paso.

—¿Acaso creéis que una mujer no es capaz de crear o pensar con el mismo juicio que un hombre?

Andrés, al que el rubor le subió por el cuello hasta las mejillas, bajó la vista.

—No, no quise decir eso, señora —titubeó—. Solo me sorprende. En mi tierra no es común ver a mujeres en tales funciones.

Inés alzó una ceja, pero su tono se suavizó:

—Tal vez sea hora de que eso cambie. Aquí, muchas estamos cansadas de no tener voz en asuntos que también nos conciernen. El conocimiento no es patrimonio de nadie.

Él asintió, sin saber qué decir y, cuando sus dedos rozaron la tela del vestido de Inés, el perfume que ella llevaba —una mezcla sutil de violetas y jazmín— le mareó más que el vino que servían los sirvientes.

—Perdonadme si he sido torpe con mis palabras —dijo al fin—. Jamás he conocido a nadie como vos.

Inés, sin soltarle el brazo, volvió a caminar.

—Tampoco yo he conocido a muchos como vos.

Ambos sonrieron, esta vez con sinceridad. La música de los violines los envolvía como un murmullo lejano, y las pelucas y trajes de los demás invitados parecían ahora menos intimidantes.

Se situaron junto a uno de los amplios ventanales, donde la luz de las lámparas dibujaba delicadas sombras sobre sus rostros.

A sus pies, los jardines se desplegaban en un laberinto de senderos simétricos, setos recortados y arbustos esculpidos con esmero.

A lo lejos se distinguía un estanque rectangular, con una fuente de piedra coronada por una estatua: una ninfa mitológica que sostenía entre sus brazos un delfín.

Surgían de la boca del animal tres chorros de agua que se elevaban hacia el cielo, devolviendo destellos dorados.

Una pareja emergió entre una de las hileras de setos. Se trataba de madame Vigée Le Brun, del brazo de un caballero más joven que ella.

—Decidme —preguntó Inés, señalando con discreción a través del cristal—, ¿cuántos pintores existen que, con apenas veinte años, hayan retratado a un rey o a una reina?

—Imagino que pocos —reflexionó Andrés.

—Pues bien, esa dama que veis ahí, a quien os presentaron hace un momento, contaba con tan solo veintitrés años cuando realizó su primer retrato de la reina María Antonieta. Es, sencillamente, brillante.

—¿Y el que la acompaña es su esposo? —quiso saber Andrés, observando a la mujer reír a carcajadas mientras el hombre, inclinado hacia ella, le murmuraba al oído y la rodeaba con sus brazos.

—No, por supuesto que no. Ese es su amante.

El mayoral tragó saliva.

—¿Y su esposo lo sabe?

—Claro —aseguró Inés con naturalidad, señalando hacia un rincón de la sala—. Allí lo tenéis, conversando con esos caballeros tan serios.

Andrés los miró. Era un grupo de hombres de mediana edad que, sentados en cómodas butacas, fumaban en pipa y debatían al otro extremo del salón.

—No os preocupéis, señor Gil —dijo Inés, cuando él volvió a fijarse en la pareja del jardín—. En París no está mal visto tener un amante. Resulta una práctica habitual entre cortesanos y quienes frecuentan los salones ilustrados. Al fin y al cabo, la vida es breve, ¿no os parece?

—¿Y vos? ¿tenéis…?

—Desde luego —contestó con naturalidad—. Aunque he de confesar que últimamente dedico más tiempo a los libros que al amor. —Inés sonrió por el impacto que sus palabras provocaban en el mayoral.

La melodía de los violines aumentó de intensidad y los sirvientes apagaron algunas de las velas de las lámparas del techo. La luz se volvió más tenue y los invitados, al mismo tiempo que fueron dejando un círculo en el centro de la sala, se colocaron las máscaras.

Andrés, maravillado, contemplaba cómo las parejas salían a bailar al compás de la música, con pasos delicados y estudiados, que denotaban horas de aprendizaje. Al fondo de la sala, divisó cómo monsieur Delorme avanzaba hacia ellos en busca de su esposa.

—Tan solo un último asunto, señor Gil —dijo Inés en un susurro, antes de que su marido pudiera escucharla—. Tened cuidado.

Acto seguido, se colocó un antifaz de color violeta, delineado por hilos plateados y del que salían dos preciosas plumas de faisán. Le dedicó una última sonrisa, ya del brazo de su marido, y se mezclaron entre la multitud.

La música seguía envolviendo el salón mientras las parejas, ocultas tras sus máscaras, jugaban a no reconocerse, aunque sintiesen cerca el aliento y el latido de sus acompañantes.

Andrés, ya con la máscara ajustada al rostro, no apartaba la vista del antifaz violeta de Inés.

Ella cambiaba de pareja con natural elegancia, deslizándose por el salón como un cisne sobre un río, aunque de sedas y encajes.

Tal vez por eso no escuchó acercarse a nadie y solo fue consciente de lo que pasaba cuando una voz femenina preguntó a su espalda:

—¿Me concedéis este baile?