La sombra del mayoral Capítulo 19
77%

Capítulo 19

En la actualidad

Con el corazón en un puño, Hugo sale corriendo de la casa.

Atrás queda el señor Antonio, inmóvil, con la boca abierta y la mermelada olvidada sobre el fuego.

El olor dulzón comienza a virar, ahora hacia un aroma amargo, mientras él maldice entre dientes a la joven que acaba de arrebatarle la caja con la talla del santo que debía custodiar.

Los pasos del veterinario resuenan sobre el empedrado, golpeando el aire quieto del mediodía, mientras corre detrás de Carmen, que se dirige hacia su coche.

Al llegar al inicio de la calle, se detiene para tomar aire.

Ella está allí, a pocos metros, y la caja cuelga de su brazo como un paquete cualquiera, sin valor.

Con la mano libre, acciona el botón de las llaves del coche para abrirlo y, en pocos segundos, mete la caja de madera dentro.

Apenas ha cerrado la puerta cuando se gira y lo ve allí, de pie, con los brazos alzados en señal de incredulidad.

—¡Carmen! —grita él, pero es demasiado tarde.

Ella le lanza una mirada que es una mezcla de disculpa y determinación, se mete en el coche, arranca y pisa el acelerador. El motor ruge y las ruedas levantan polvo mientras desaparece calle abajo.

Carmen resopla al volante. El sudor le resbala por la espalda y el cansancio de la carrera le pesa en cada músculo.

Mira de reojo la caja, que ha dejado de cualquier manera en el asiento del copiloto, y se alegra al comprobar que sigue en perfecto estado.

Es más pesada de lo que esperaba, pero nada que no pudiera manejar sola.

Clava las uñas en el volante. No puede pensar ahora en lo que ha hecho, ni en Hugo, ni en el pobre Antonio. Tiene que salir de Fuentidueña.

Pero apenas toma la salida del pueblo, un coche negro aparece en el retrovisor. Va demasiado cerca y pega el parachoques al suyo, intentando empujarla fuera de la carretera.

Carmen maldice en voz alta y pisa el acelerador.

El coche vibra al aumentar la velocidad por la estrecha comarcal. El santo, en su caja de madera, se mueve en el asiento. Carmen agarra el volante con fuerza al tomar una curva cerrada. Pero el vehículo negro sigue detrás, sin dejar espacio, igual que una sombra que la persigue.

Otro giro.

La caja se golpea contra la puerta y Carmen la sujeta con el brazo derecho al tiempo que maniobra. No puede dejar que caiga.

Un camión de gran tonelaje se incorpora con lentitud desde un camino agrícola. Carmen pisa a fondo y se lanza por delante del camión. El claxon le revienta los oídos, metálico y furioso, pero logra pasar, con apenas unos metros de margen.

Su perseguidor sí que se ve obligado a detenerse para evitar un accidente.

Los frenos chirrían mientras el camión se planta como una muralla entre él y Carmen.

Aprovechando la mínima ventaja, ella gira a la izquierda y toma un camino que se abre entre campos resecos.

Avanza hasta divisar una granja situada tras una arboleda, compuesta de varias naves, que desprenden un fuerte olor a estiércol.

Carmen para el coche tras una de las edificaciones, fuera de la vista desde la carretera, y apaga el motor antes de dejarse caer sobre el volante. Abre la puerta y escucha. Nadie más se acerca, solo percibe el gruñido distante de varias decenas de cerdos.