Capítulo 18
Aquel era el invierno más crudo que Andrés recordaba.
El frío se le colaba hasta los huesos y a veces incluso le costaba respirar.
Por fortuna, los días comenzaban a alargarse, y con la luz regresaba un calor que aliviaba, aunque fuera levemente, el rigor del clima.
El cielo ya no se mostraba tan gris y plomizo, y algunos animales asomaban desde sus madrigueras tras pasar los largos periodos invernales sumidos en el letargo.
Habían pasado algo más de dos meses desde aquel disparo que trastornó a los españoles y que hizo la situación aún más tensa en la Real Granja de Rambouillet.
El mayoral consiguió hablar con Bourgeois poco después, si bien la excusa de su ausencia en la noche del incidente no lo convenció.
Además, el gerente de la granja pareció contrariado al recibir la noticia de Andrés sobre la invitación al baile de máscaras.
Comprobó con resignación que la carta, en efecto, llevaba el sello del escudo del palacio de Rambouillet y estaba firmada por uno de los apellidos más influyentes de la región: Delorme.
El día del baile, Andrés se lavó con esmero, usando la palangana de metal que tenían en la habitación; se afeitó con una cuchilla nueva y se recogió el cabello, que en los últimos meses le había crecido lo suficiente como para hacerse una coleta.
Se vistió con el traje azul, se abrigó bien y salió al encuentro de Bourgeois, quien ya esperaba, envuelto en su capa, junto al cochero.
Durante el trayecto, ambos intercambiaron noticias sobre la situación del ganado, que no hacía más que empeorar.
Antes de llegar, el gerente le tendió una máscara de color oscuro, que se ataba con cintas de terciopelo negro detrás de la cabeza.
—La necesitaréis para el baile —explicó con la amabilidad que acostumbraba—.
Si en un primer momento fui reticente a que aceptaseis esta invitación, fue por vuestro bien.
Muchos no estarían conformes con la presencia de alguien de vuestro…
estatus. Mas permaneced cerca de mí y no tendréis inconvenientes.
Acto seguido, sacó su propia máscara, de tonos granates y mucho más voluminosa que la del mayoral.
Al bajar del coche de caballos, fueron recibidos por un grupo de sirvientes uniformados, que atravesaron las puertas del palacio junto a ellos y, una vez dentro, los acompañaron hasta el salón, ascendiendo por una escalinata engalanada.
La sala destinada al baile era la más amplia del palacio, con una docena de ventanales que se asomaban a los jardines cuidados y a los parterres llenos de plantas de temporada. Tres enormes chimeneas caldeaban el ambiente, ahuyentando el frío de la tarde.
Las paredes, pintadas en tonos dorados y blancos, estaban decoradas con molduras talladas y, de ellas, colgaban decenas de espejos que reflejaban el brillo de la estancia, multiplicando la luz y logrando que el salón pareciera aún más deslumbrante.
Del techo abovedado, ricamente adornado con frescos que representaban escenas mitológicas y campestres, descendían lujosas lámparas de araña.
Cada una portaba un gran número de velas encendidas, cuyo parpadeo creaba un ambiente mágico y vibrante, iluminando con suavidad cada rincón del salón y bañando a los invitados en un resplandor dorado.
Apenas habían entrado en la estancia cuando monsieur Delorme se acercó a saludarlos. Vestía una casaca de frac, acompañada de chaleco, calzones ajustados, medias y zapatos relucientes.
—¡Vaya sorpresa! No esperaba veros por aquí, señor Gil —le dijo, tendiéndole la mano con una sonrisa cortés.
—Sus servicios a la Corona francesa bien merecen esta invitación y aún más, ¿no os parece? —respondió Bourgeois con cordialidad.
—Así es, mi querido amigo. Necesitamos más hombres valientes como él.
Andrés asintió. El sudor le resbalaba por la frente mientras los músculos de la mandíbula se le tensaban sin remedio.
A su alrededor, las pelucas de rizos empolvados, al estilo de la moda cortesana, se movían como peones sobre un tablero de ajedrez en una coreografía calculada de gestos, reverencias y miradas apenas disimuladas.
De uno de los extremos del salón, procedía una melodía armoniosa tocada por un cuarteto de cuerda.
—Cuando el pueblo sea soberano, como quiere su admirado Rousseau, habrá más hombres como el señor Gil en las fiestas —añadió sarcástico Bourgeois.
Monsieur Delorme hizo una mueca de desagrado.
—No os engañéis: siempre habrá clases, pero es la nuestra la que enriquece las arcas de la Corona sin recibir a cambio ninguna recompensa —dijo Delorme, bajando la voz.
—Lo sé, lo sé. Seguiremos hablando de esto en otro momento. Decidme, ¿cómo se halla vuestra esposa? —cambió de tema Bourgeois.
—Muy bien, conversando ahora mismo con la condesa d’Angiviller y con todas esas mujeres ingratas —indicó Delorme con desdén, señalando una zona del salón—.
¿Sabéis cuál es su última ocurrencia? —Bourgeois negó con la cabeza, intrigado—.
¡Que se les permita asistir a los cafés literarios!
¿Lo podéis creer? Ya tienen sus paseos, sus tertulias, sus bailes…
¿Qué más desean? —añadió, enumerando con los dedos—.
Vamos por mal camino, querido amigo, por muy mal camino.
Andrés se giró hacia el lugar que indicaba monsieur Delorme y sintió un calor repentino que le secaba la garganta. A poca distancia, la mirada de Inés se posaba sobre la de él.