La sombra del mayoral Capítulo 17
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Capítulo 17

En la actualidad

Hugo y Carmen salen de la iglesia y se adentran en las callejuelas de Fuentidueña. Las casas se alinean con una discreta dignidad, algunas cubiertas de hiedra, otras con macetas colgando en los alféizares. A lo lejos, suena el zumbido bajo de una moto que desaparece al girar una curva.

Doblan una esquina y llegan a la plaza. En uno de los extremos, encajada entre dos viviendas más altas, se levanta la casa del señor Antonio.

Es baja, de una sola planta, pintada de blanco —amarillento por el sol— y con contraventanas de metal gris oscuro.

El tejado, amplio e inclinado, está cubierto por tejas invertidas, una costumbre antigua y típica de la zona.

La entrada da a un espacio de cemento que parece más una prolongación de la calle que un patio. Hugo se adelanta y llama al timbre. Pasan unos segundos hasta que oyen el arrastrar de una silla y la puerta se abre.

—¡Hombre! ¿Qué os trae por aquí? —pregunta, limpiándose las manos en un trapo.

—Buenas, Antonio. ¿Recuerdas a Carmen? —dice Hugo.

—Claro, estuvo en el pueblo con su amiga hace unos meses. Pasad.

El interior de la casa es sencillo, con pocos lujos, y flota en el aire un olor cálido y dulzón.

—Huele delicioso —comenta Carmen.

—Estoy preparando mermelada de ciruelas —responde Antonio mientras los guía hacia dentro—. Este año han madurado pronto. Y tengo tantos ciruelos en el huerto que se echan a perder si las dejo… O se las comen los pájaros.

Entran en la cocina. Es estrecha, con las paredes cubiertas de azulejos antiguos cuyas flores azules han perdido intensidad con los años.

La luz entra filtrándose por una cortina de ganchillo, que proyecta sombras irregulares sobre el suelo.

En el centro, una mesa redonda muestra las huellas de los cuchillos y el desgaste del tiempo, encima de ella, hay un montón de ciruelas moradas todavía húmedas del lavado.

—Sentaos, sentaos —les invita con amabilidad.

Mientras se acomodan, Carmen no puede evitar fijarse en una radio antigua, colocada sobre un aparador. Antonio se da cuenta y sonríe.

—Era de mi padre. Hubo un tiempo en el que medio pueblo se reunía aquí para escucharla, sobre todo durante la guerra.

Aunque yo era muy niño, todavía me acuerdo.

—Los ojos se le nublan un instante, perdidos en algún rincón del pasado, y su voz baja hasta convertirse en un susurro—: Eran otros tiempos.

Carmen asiente. Después de un momento, Hugo toma la palabra:

—Antonio, venimos a preguntarte por san Martín.

El anciano levanta una ceja, extrañado.

—Sí —interviene Carmen—, la talla de madera que se va pasando de casa en casa.

Antonio parpadea un par de veces.

—Ah…, eso. Aquí lo tengo. Me lo trajo la vecina hace unas semanas y ahora creo que le toca a la del carpintero.

Se levanta sin prisa y los guía hacia otra estancia, que hace las veces de salón.

Es aún más sobria que la cocina. Hay una vieja televisión de tubo, cubierta con un paño bordado y un sofá estrecho, apenas para dos personas, tapado con una manta de cuadros.

Encima de una cómoda de madera oscura hay una caja rectangular con una puerta de cristal.

Dentro, protegida del polvo, está la talla de san Martín.

Es una figura de madera, de unos treinta centímetros, representando al santo a caballo, justo en el momento en que parte su capa para dársela a un mendigo.

Aunque los colores se han apagado con los años, se aprecia el rojo de la capa, el dorado del caballo y también los pliegues, tallados con una maestría sorprendente.

El rostro del santo transmite una mezcla de valentía y tristeza, como si supiera que su historia aún sigue escribiéndose, siglo tras siglo.

Carmen contiene el aliento.

—¿Podemos abrirla?

—No. El santo debe quedarse donde está.

Carmen y Hugo se miran incómodos.

—Antonio —interviene el veterinario—. Verás, nos han hablado de que este santo, tal vez, podría ocultar unas joyas. Unas muy antiguas que desaparecieron hace más de doscientos años.

Antonio lo observa sin pestañear, su expresión es impenetrable.

—Pues llevan bien guardadas todo ese tiempo si están ahí. Y que así sigan.

—Entendemos lo que significa para usted —insiste Carmen—, pero…

—No —dice de forma definitiva, sin margen a réplica—. Aquí no se toca nada. Esa imagen ha pasado de mano en mano durante generaciones, sin romperse, sin abrirse. Y así seguirá.

Resignados, vuelven a la cocina, donde Antonio retoma su lugar frente al caldero, removiendo despacio con una cuchara de madera el líquido que contiene en su interior. El aroma a fruta cocida lo envuelve todo.

—Tenemos que hacer algo —susurra Carmen para que solo Hugo la escuche.

—Entiendo que te dé rabia, pero ya le has oído. No quiere abrirla. No le podemos obligar —dice el joven—. Tal vez cuando la vuelvan a llevar a la iglesia…

—¿En noviembre? ¡No lo entiendes! —responde Carmen, con los ojos encendidos—. No podemos esperar tanto.

Ajeno al intercambio de palabras que ocurre a sus espaldas, Antonio se concentra en el contenido del caldero y, sin apartar la vista del líquido burbujeante, le pide a Hugo que le alcance uno de los tarros de cristal que están al fondo del armario.

Mientras el chico obedece, el anciano rellena con paciencia otro de los frascos que tiene delante.

Sus manos tiemblan y, al inclinar demasiado el cazo, parte del líquido espeso se derrama sobre la encimera.

Antonio resopla con fastidio.

—Maldito pulso… —murmura, buscando un trapo para limpiarlo.

Hugo va a decir algo, pero se da cuenta de que Carmen ya no está a su lado.

—¡¿Carmen?! —exclama al mismo tiempo que se gira hacia la puerta.

Antonio se vuelve también, dejando la cuchara apoyada en el caldero.

—Pero ¿dónde va esa moza? —pregunta al ver una sombra precipitarse hacia la puerta.

Hugo no responde. Ya ha salido detrás de ella.