Capítulo 16
El marqués de Torreval solicitó que les sirvieran más vino mientras masticaba, sin pudor, un trozo de carne. Frente a él, don Maximino de las Heras y el reverendo de la capilla palaciega se encontraban sentados en torno a una mesa rebosante de viandas y licor.
—¡Brindemos! —exclamó don Anselmo, alzando la copa una vez que todos estuvieron servidos—. Al final, todo marcha conforme a lo previsto.
—Demos gracias a Dios —añadió sonriente el reverendo.
—He de confesar que, tras el primer revés, perdí la esperanza —dijo el marqués—. Pero es evidente que vuestro nuevo contacto sabe moverse con destreza. Según las últimas noticias, los pastores no lo están pasando precisamente bien.
—Además, el frío y las enfermedades han diezmado a las merinas —añadió don Maximino, con la voz arrastrada por el efecto del vino—. Muchas han muerto. Y los corderos apenas logran sobrevivir.
—Eso es justo lo que deseamos, ¿no es así, amigo mío? No quiero ver ni una sola merina viva en suelo francés.
—Puede estar seguro de ello —afirmó el reverendo, llevándose un trozo de carne a la boca—. Por cierto, el jabalí está exquisito, señor marqués.
Don Anselmo, que ignoró el cumplido, bebió un largo trago de vino y prosiguió, volviendo al asunto de las ovejas:
—Quiero que ese traidor se arrepienta de haber aceptado el maldito encargo de los franceses.
—¿A quién se refiere, señor marqués? —preguntó don Maximino.
—¿Pues a quién va a ser? Al mayoral. Le haremos pagar su deslealtad como merece.
Don Maximino se atragantó al oír aquellas palabras. Carraspeó con fuerza, se limpió la boca y dirigió una mirada inquieta al cura, que sonreía con malicia desde el otro lado de la mesa.
—Descuide, señor —intervino con voz tranquila el reverendo—. Tengo a la persona indicada para encargarse de ello.