La sombra del mayoral Capítulo 15
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Capítulo 15

En la actualidad

Fuera suena un pitido breve y agudo. Nero vuelve a ladrar, esta vez con más insistencia, mientras Carmen y Hugo se asoman a la ventana que da a la calle.

—Tranquilo —dice Hugo al perro, acercándose a la puerta—. Ese pitido es de Benito, el panadero, lo ves todos los días.

Sin embargo, algo no le cuadra, porque Nero nunca ladra cuando lo reconoce. Abre la puerta y echa un vistazo a ambos lados de la calle. Aparte de la furgoneta de Benito, alcanza a ver un coche oscuro que se aleja calle abajo, girando con lentitud en la esquina.

Carmen aparece detrás de él, alertada, y pregunta:

—¿Todo bien?

Hugo asiente, aunque nada convencido. En ese instante, el panadero los saluda y baja de la furgoneta.

—¡Buenos días, pareja! ¿Os pillo en mal momento?, ¿puedo seguir repartiendo amor en forma de pan?

El joven veterinario suelta una carcajada.

—No molestas, como siempre.

—¡Ya veo! Y estás bien acompañado —comenta el panadero, guiñando un ojo a Carmen y ofreciendo una barra de pan a su amigo.

Ella sonríe, aunque sigue inquieta.

—Hoy no llevo suelto —se disculpa Hugo, rebuscando en los bolsillos del pantalón—. El próximo día te lo pago, ¿vale?

—Por supuesto, no te preocupes.

El motor de la furgoneta sigue encendido, vibrando con un ronroneo grave a la vez que el panadero atiende a una señora que se acerca despacio, protegiéndose del sol con un sombrero de paja.

En la parte trasera, las hogazas y barras, tras varias horas de reparto, reposan en cajas de plástico, desprendiendo un aroma suave, más a corteza seca que a pan recién horneado.

El calor del mediodía empieza a pegar fuerte: el aire se ondula sobre el asfalto de la calle y las chicharras cantan sin descanso.

El panadero envuelve una barra en papel, que cruje como hojas secas, y se la entrega a la señora, que paga con unas monedas, y él las deja caer en una lata junto al asiento del copiloto.

—¿Así compráis aquí? —pregunta Carmen.

—Claro —responde Hugo—. Reparte todos los días. Y el pescadero, una vez a la semana. También están el de los congelados y el frutero, aunque el último está a punto de jubilarse y no tiene quien le reemplace.

—¡Nosotros somos mejores que Amazon! —exclama Benito con una carcajada cerrando la puerta trasera de la furgoneta—. Traemos pan de pueblo, damos conversación y, si hace falta, llevamos la compra hasta la cocina.

Los tres ríen mientras el panadero vuelve a subir al asiento del conductor, como hace cientos de veces en una misma mañana, y se aleja calle arriba, tocando el claxon de manera continuada.

Hugo lleva el pan a casa, deja comida en el plato de Nero y, después de acariciarlo, sale para reunirse con Carmen.

—Es mejor que se quede aquí —le dice a Carmen, en referencia al perro, al mismo tiempo que le indica con un gesto la dirección a seguir.

El camino serpentea entre casas bajas y silenciosas, con fachadas encaladas que reflejan la luz cegadora del mediodía. Las persianas están bajadas, y en las calles solo se oye el zumbido de alguna mosca perezosa. Parece que todo estuviera suspendido en un sueño lento, ajeno al paso del tiempo.

Al final de la calle, tras un recodo, la torre de piedra del templo de San Miguel asoma por encima de los tejados.

Caminan hasta la entrada por una cuesta y allí, para su sorpresa, se encuentran la puerta entornada.

Un chirrido rompe el silencio cuando la empujan, dejando escapar un aroma denso a madera vieja y cera consumida.

El interior es oscuro, apenas iluminado por unas bombillas de luz tenue y las llamas temblorosas de unas cuantas velas frente al altar.

Las paredes de piedra rugosa están cubiertas de siglos de historia y el suelo cruje bajo sus pasos.

Exploran con atención, deteniéndose ante cada capilla y cada hornacina, sin encontrar nada relevante.

—No hay ninguna talla de san Martín —murmura Carmen.

—Eso parece —confirma Hugo, que gira sobre sí mismo para volver hacia la entrada.

Justo cuando están a punto de marcharse, una figura aparece a escasos pasos de ellos.

—¡Por Dios! —exclama Hugo, llevándose la mano al pecho.

Carmen también se sobresalta.

—No la habíamos visto… —señala, dando un paso atrás.

Ante ellos, una mujer menuda, vestida de negro de pies a cabeza, los observa en silencio y no parece sorprendida en absoluto. Sin pestañear, declara con voz rasposa:

—Acabo de escuchar que estáis buscando al santo.

Carmen echa una mirada rápida a Hugo.

El aire dentro de la iglesia se vuelve más denso. Incluso las velas, que hasta entonces titilaban, parecen haberse quedado quietas. La penumbra lo cubre todo, salvo por los haces de luz que atraviesan los vitrales altos, donde flotan las motas de polvo.

—¿Nos ha escuchado? —susurra Carmen.

La mujer asiente con lentitud y responde:

—Claro, san Martín.

Se apoya en un bastón delgado de madera carcomida, que en algún momento debió de ser más fuerte, como ella. Sus ojos, sin embargo, conservan un brillo vivaz, casi burlón.

—Yo te conozco —añade de pronto, señalando a Hugo con un dedo tembloroso—. Eres el veterinario, el nieto de la Juanita. De pequeño, siempre ibas por ahí con la bici trasteando, ¿eh?

Hugo sonríe, reconociendo el tono entrañable.

—Sí, señora. Yo mismo.

—¿Y esta moza? ¿Es tu novia? —pregunta ahora, mirando a Carmen.

—No, no —responde ella, con un gesto torpe.

—Claro —insiste la mujer, que suelta una risita pícara.

Carmen, intentando recuperar el hilo, se adelanta un paso.

—¿Nos decía que el santo no está aquí?

—No, ahora no —asegura la anciana, girándose hacia el altar.

—¿Cómo que «ahora»? —interviene Hugo.

—Se va pasando de casa en casa y se trae aquí para el once de noviembre. Lo que ocurre es que ahora los jóvenes no sabéis nada de esto, pero siempre ha sido así. Mi abuela ya lo hacía, imagínate la de años.

—¿Y es siempre el mismo? —pregunta Carmen, con el corazón golpeándole el pecho.

—¡Claro! San Martín es san Martín. ¿Para qué iban a cambiarlo? —contesta entre risas.

—¿Sabe quién lo tiene ahora?

La mujer mira hacia el techo abovedado de la iglesia, como si lo consultara con alguien más.

—Déjame pensar. Sí. Creo que ya me acuerdo.