Capítulo 14
Andrés cerró el libro de golpe y se levantó de un salto, sorprendido por la furia de sus hombres, a los que nunca antes había visto tan fuera de sí.
El Gurriato maldecía, Liborio mascullaba amenazas de muerte y José soltaba improperios contra todo lo que respirara.
Casimiro, que no se quedaba atrás, replicaba los insultos de sus compañeros con los puños en alto y la cara encendida de rabia.
Le costó trabajo, pero, después de pedir silencio varias veces, Andrés logró que sus hombres se calmaran.
—¡Han intentado matarnos! —exclamó Liborio.
—¡Nos han disparado! —gritó el Gurriato, con los ojos muy abiertos.
—Casi no lo contamos —añadió José, aún temblando.
Según relataron los pastores, cuando se encontraban en la parte del recinto más próxima al bosque junto al rebaño, alguien les había disparado.
—Primero escuchamos un fogonazo —explicó José.
—Y yo sentí cómo me rozaba silbando —añadió Liborio, señalándose con el dedo índice una oreja.
El Gurriato le aseguró que podría mostrarle donde había impactado la munición en la pared más cercana a ellos. Pero Andrés no necesitaba pruebas, podría poner la mano en el fuego por cualquiera de ellos.
Liborio se acercó al arcón de madera en el que guardaban sus enseres, lo abrió y comenzó a vaciar su interior encima del catre. Hizo un hatillo con la sábana, anudando los extremos, y se lo echó al hombro.
—No me quedo ni una noche más aquí —dijo tras mirar a sus compañeros.
—Ni yo tampoco —añadió el Gurriato, imitándole.
—¡De aquí no se mueve nadie! —gritó Andrés, frenando en seco a los pastores—. Si os marcháis ahora, os dirigís a una muerte segura por congelación en las Landas o, peor aún, en los Pirineos. Además, tiene que haber una razón para todo esto.
—¿Cómo? —se atrevió a preguntar el Gurriato—. Esto es insostenible, Andrés. ¿No lo ve? Las ovejas se nos mueren, los franceses nos ven como enemigos y… ¡hasta nos pegan un tiro!
—Entiendo vuestra desesperación. Pero os aseguro que pronto todos regresaremos sanos y salvos a casa.
—¡¿Pronto?! —exclamó Liborio—. Según lo acordado, deberíamos quedarnos hasta la segunda paridera, ¡y para eso falta más de un año!
—Lo sé, pero las circunstancias han cambiado.
—¿Nos marcharemos antes? —preguntó confuso José.
—En cuanto llegue la primavera.
El mayoral vio caras de alivio en los rostros compungidos de los pastores al escuchar sus palabras. Acababa de tomar una decisión arriesgada, pero sabía que mantenerlos más tiempo allí no tenía sentido. Hablaría en cuanto pudiera con Gilbert para hacérselo saber.
Anochecía cuando Andrés salió de la estancia en busca de Bourgeois. Dejó a Casimiro preparando un guiso con patatas mientras los demás pastores se entretenían en revivir historias del pueblo o cantar canciones populares.
Se dirigió a la vivienda del gerente, pero, tal y como le informó el ama de llaves, este aún no había regresado.
El mayoral supuso que Bourgeois se habría entretenido con algún asunto urgente en la granja nada más llegar, por lo que recorrió los alrededores para preguntar por él.
Sin embargo, nadie supo indicar dónde se encontraba.
Abatido y malhumorado, Andrés decidió regresar con los pastores. No comprendía la repentina desaparición de su hombre de confianza en la granja y temía que tuviese algo que ver con el asunto del disparo.
Tras calentarse las manos en el fuego y llenar el estómago con el guiso del zagal, Andrés esperó a que los demás se acostaran para sacar el libro que le había regalado Inés. Se sentó junto a la lumbre, lo abrió y desdobló el papel que la mujer le dejó entre las primeras páginas.
El mensaje era una invitación al baile de máscaras que tendría lugar el veintidós de febrero en el palacio de Rambouillet. Llevaba el sello del lugar de la celebración y la firma de madame Delorme, que había escrito en una letra cuidada el nombre y el apellido del español.
El pulso le temblaba mientras doblaba el papel y lo introducía de nuevo entre las páginas del libro. «Jamás me dejarán entrar», pensó. «Por mucho que tenga esta invitación, soy un simple mayoral».
Cerró los ojos y, en la oscuridad, aparecieron los de Inés, de un azul tan claro como el cielo de verano. Tal vez merecería la pena intentarlo.